Crítica de ‘El último acto’: Shakespeare crepuscular

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El último acto
 

Hay cosas que nunca dejarán de sorprenderme (y cabrearme) sobre la distribución cinematográfica en España. Cada viernes acostumbro a estar al tanto de los estrenos de la semana para decidir aquellas películas que quiero ir a ver a una sala de cine, en pantalla grande y, a poder ser, en versión original subtitulada. Hay épocas del año en que encuentro varios títulos que me interesan y otros en que la cartelera está poblada de títulos que me despiertan poco o ningún interés. Esto es evidentemente una cuestión de gusto personal y jamás pretenderé hacer coincidir mis gustos personales con los estándares de excelencia. No tendría nada en contra de que se estrenasen películas de dudosa calidad que, incuestionablemente tienen su público, sino quedasen sin distribuirse películas como la que acabo de ver en el salón de mi casa, gracias a una de las múltiples plataformas digitales, porque su distribuidora no ha tenido a bien estrenarla en cines desde hace ¡dos años!

Y pensarán ustedes que probablemente me estoy refiriendo a algo minoritario y marginal como la ópera prima de un prometedor realizador vietnamita que versa sobre la violencia racial en un barrio de Hanoi o un documental albanés sobre la flora y la fauna autóctonas. No. Me estoy refiriendo a El último acto, la más reciente película estrenada por Kenneth Branagh sobre los últimos años de la vida de William Shakespeare y con un reparto que incluye a Judi Dench y a Ian McKellen además de al propio Branagh interpretando al mismísimo genio de Stratford.

¿En serio?, ¿de verdad señores distribuidores no han encontrado ustedes un momento a lo largo de dos años para estrenar esta película mientras nos han obsequiado con un montón de simplezas insufribles?, ¿tan venenosa para la taquilla les pareció una película sobre Shakespeare dirigida por Kenneth Branagh y con los nombres citados en el reparto? Miren, no estamos ante la obra maestra de Kenneth Branagh, pero El último acto (All is true es su título original) es muchísimo mejor que un montón de films estrenados en 2019 (no voy a dar títulos para no polemizar gratuitamente) y el público diana (target lo llaman los finolis) merece la misma consideración que el público consumidor de subproductos de terror o falsas comedias producidas en serie.

Pocos cineastas tienen la habilidad de Kenneth Branagh de alternar la dirección de películas personales, fundamentalmente adaptaciones de Shakespeare, con productos alimenticios dirigiendo sagas comerciales como Thor, Jack Ryan: Operación sombra o la versión en acción real de Cenicienta para la Disney. Sus trabajos sobre obras de Shakespeare durante los últimos años han frecuentado más los escenarios teatrales londinenses que las pantallas de cine y hacía tiempo que no se ocupaba en una película del escritor sobre el que ha cimentado todo su prestigio como director teatral y cinematográfico.

Pero no se ocupa en este caso de una de sus obras sino de la propia vida del escritor que es bastante dada a ser llevada a la pantalla como demuestra la existencia de varias películas entre las cuales la más célebre es la oscarizada Shakespeare enamorado (John Madden, 1998). Un excelente guion del célebre escritor londinense Ben Elton recrea hechos conocidos y documentados de la vida del escritor con otros que son puras hipótesis o especulaciones (como su tan traída y llevada homosexualidad) para centrarnos en sus últimos años de vida cuando el incendio de su Globe Theatre londinense le llevó a recluirse en su localidad natal y volver a la vida familiar con su esposa Anne (Judi Dench) y sus hijas Susanna (Lydia Wilson) ya casada con el presuntuoso doctor John Hall (Hadley Fraser) y Judith (Kathryn Wilder).  

Después de haber representado, en cine y en teatro, tantos personajes shakesperianos a lo largo de su carrera, Branagh no desaprovecha la ocasión de convertirse finalmente en el propio dramaturgo. Tanto desde la dirección como desde la actuación, se le nota en cada plano la admiración y el amor al personaje que representa y se siente a gusto dentro de una extraordinaria caracterización física para dar vida a un Shakespeare crepuscular, sumido en la nostalgia de sus días de gloria y atormentado por los sentimientos de culpa por haber sido un esposo y padre ausente. Shakespeare vive, con casi veinte años de retraso, el duelo por la pérdida de su único hijo varón, Hamnet, a quien consideraba heredero de su talento a juzgar por los poemas que había leído y creía suyos.

Judi Dench está perfecta en un papel que le viene como anillo al dedo con una de esas interpretaciones cascarrabias y desabridas que la han hecho célebre, como ella, Anne Hathaway (no confundir con la actriz del mismo nombre) es ya anciana y conjuga su poso de resentimiento con un amor, tal vez, demasiado edulcorado para lo que debió ser la vida real. La breve intervención de Ian McKellen como Henry Wriothesley, el conde de Southampton, con quien algunos biógrafos apuntan un romance, sirve para que Branagh filme una de las secuencias más poéticas de todo el film.

La dirección artística es soberbia y aunque la puesta en escena resulta en algunos momentos demasiado teatral ¿quién puede acusar de eso a Branagh siendo él quien es y tratándose del material que maneja? La partitura de su compositor de cabecera, Patrick Doyle, barniza la película con una delicadísima melancolía y Zac Nicholson ejerce una preciosista dirección de fotografía en exteriores y hace auténticos milagros de iluminación en unos interiores que habría pintado el mismísimo Rembrandt.

Todos estos elementos artísticos se aúnan para convertir El último acto en una película reposada, de insólita belleza, donde la tristeza y la poesía se funden para recrear los años crepusculares del más grande autor teatral de todos los tiempos. Que esta película, a pesar de sus imperfecciones, no se haya visto en los cines de nuestro país es una auténtica ignominia.


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7.5

Puntuación

7.5/10

Un comentario en “Crítica de ‘El último acto’: Shakespeare crepuscular

  • el 7 junio, 2020 a las 19:17
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    Más razón que un santo. No hay derecho que algunas películas en opinión de sus distribuidores (y vaya opinión de miércoles…) no sean dignas de estrenarse entre el mar de basura que semana tras semana se estrena, lo cual está claro en la baja estima que tienen a los espectadores.

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