Crítica de ‘Christopher Robin’: No hacer nada conduce al mejor de los algos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Christopher Robin
 

En su denodado empeño de adaptar sus clásicos de animación a películas de acción real con mejores (El libro de la selva, Cenicienta, Maléfica) o peores (Pedro y el dragón, La bella y la bestia) resultados, Disney se ocupa ahora de Winnie the Pooh, el osito de peluche nacido en 1926 de la pluma del escritor británico Alan Alexander Milne cuando decidió escribir una serie de cuentos para su hijo Christopher Robin Milne con quien, como era costumbre en la clase acomodada posteduardiana, pasaba muy poco tiempo.

Winnie de Pooh y sus amigos Eeyore (Igor), Tigger, Piglet, Buho, Conejo, Kanga y Roo eran en realidad los miembros de la colección de peluches del pequeño Christopher a quien su padre convirtió en protagonista de una serie de cuentos de la que, años más tarde Walt Disney comprará los derechos para realizar desde 1966 algo más de una docena de películas de dibujos animados. De este sustrato de cuentos y películas animadas se valen los guionistas Thomas McCarthy, Alex Ross Perry y Allison Schroeder para escribir un complaciente guion al más puro estilo Disney utilizando al personaje de Christopher Robin como eje para contar una historia de buenas intenciones que a pesar de no ser un biopic (de eso se ocupó Simon Curtis el año pasado con su Adiós, Christopher Robin protagonizada por Domhnall Gleeson y Margot Robbie) tiene ecos más que evidentes de su propia vida familiar.

Un Christopher Robin adulto interpretado por Ewan McGregor vive con su esposa Evelyn (Haley Atwell) y su hija Madeline (Bronte Carmichael). Aturdido tras haber luchado en la Segunda Guerra Mundial, vive obsesionado por su trabajo en una fábrica de maletas al borde de la ruina por la crisis de postguerra en la que casi nadie va de vacaciones, lo cual apenas le deja tiempo que compartir con su hija que echa de menos un papá que juegue y le lea cuentos (si no les suena relean el final del primer párrafo de este escrito).

En este estado de las cosas aparecerán los personajes de su infancia para poner un poquito de orden en las prioridades vitales de Christopher y enseñarle (o recordarle) que “a veces no hacer nada conduce al mejor de los algos”, traducción literal que pierde casi todo el sentido en castellano pero viene a significar una especie de Carpe Diem de bajo coste para dejar de obsesionarnos con aprovechar el tiempo en cosas presuntamente útiles y prácticas mientras nos perdemos otras que tras su aparente intrascendencia esconden la verdadera felicidad. Y no crean que es poco decir en estos tiempos nuestros de niños aturullados por tantas actividades extraescolares que no tienen tiempo de tirarse un ratito en el suelo de su cuarto a desplegar su colección de juguetes.

La trama se complicará lo suficiente para que los personajes animados cobren cierto protagonismo e impriman cierto ritmo a un largometraje al que le cuesta arrancar y que, por compararlo con otra película de obvios elementos comunes, nunca alcanza el ritmo, la diversión y el gamberrismo de Paddington en cualquiera de sus dos partes (2014 y 2017). Filmada en Londres y alrededores, y dirigida por Marc Forster (Descubriendo Nunca Jamás, 2004), Christopher Robin es técnicamente irreprochable y se acompaña de una melancólica dirección de fotografía y una hermosa banda sonora en la que se echan de menos algunos números musicales que insuflarían vida a la película aunque los odiadores de los musicales Disney se quedasen sin bilis.

El reparto es incuestionablemente eficaz pero demasiado anodino, Ewan McGregor no pasa de pulcro, Haley Atwell (la primera novia del Capitán América) resulta demasiado inexpresiva y desaprovecha una oportunidad más de dar el salto a ser algo más que la partenaire del prota y en cuanto a la niña Bronte Carmichael ni resulta antipática como muchos niños de cine en películas similares ni es lo suficientemente carismática para conquistar el corazón del espectador. Respecto al resto del elenco no hay nada particularmente reseñable entre los secundarios salvo en las voces de los personajes animados donde, siempre que se pueda disfrutar de la versión original, podemos encontrar a Jim Cummings desdoblándose en Winnie the Pooh y Tigger, Sophie Okonedo como Kangu, Nick Mohammed como Piglet o Toby Jones como Buho. La versión doblada al castellano, que lamentablemente es la que me vi obligado a ver, presenta una versión bastante plana y desganada de una película a la que teniendo en cuenta sus ingredientes y su público diana le sobra melancolía y le faltan ganas de divertir. 


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6.0/10

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