Crítica de ‘Paddington’: aceptamos oso (parlante) como animal de compañía

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Paddington

Creo que los que nos dedicamos por trabajo u afición a escribir de cine dedicamos poco tiempo a hablar en serio sobre cine infantil. No estoy diciendo que consideremos que todo el cine infantil es igual, pero a menudo tengo la sensación de que pasamos por este tipo de películas como si fueran una cuota a pagar, como si tuviéramos asumido que siempre tiene que haber dos o tres películas infantiles en cartelera para que los exhibidores tengan buenas fuentes de ingresos y los progenitores algo que hacer con sus hijos una tarde de lluvia o frío.

Y aquí va la primera de las obviedades que con premeditación y alevosía tengo pensado soltar a lo largo de esta crítica: “no todo el cine infantil es igual”, ni es igual de bueno, ni igual de cursi, ni igual de divertido.Y ahí es precisamente donde radica la injusticia al hacer muchas veces una tabla rasa que equipara las mediocridades con las producciones de calidad y permite que películas que valen la pena pasen desapercibidas en la taquilla si no cuentan con un aparatoso entramado publicitario que las apoye.

En el afán de crear películas que resulten atractivas y divertidas al mismo tiempo para los niños y para los padres (algo en lo que, por ejemplo, la Pixar es absolutamente ejemplar) Paddington aparece como un claro ejemplo de que esto es posible. Una historia con un fondo de ternura sin resultar en ningún momento ñoña, con un protagonista imposible (segunda obviedad, lo siento, la tengo que soltar: “los osos no hablan”) que cae simpático desde el primer momento y se hace querer a lo largo de la película y con un montón de situaciones disparatadamente divertidas que harán reír a los niños, que no lo olvidemos, voy con la tercera obviedad y juro que será la última: “son los principales destinatarios del cine infantil”, aunque a algunos se les haya olvidado.

El oso Paddington es un clásico de la literatura infantil en el Reino Unido que se remonta a 1958 cuando Michael Bond, un operador de cámara de la BBC convertido en escritor publica “Un oso llamado Paddington” el primero de los trece libros de este personaje del que hasta la fecha se han hecho varias series de animación, un musical, una franquicia de tiendas de juguetes y todo un entramado publicitario que ha convertido al oso Paddington en un auténtico icono de la literatura infantil británica.

Lo verdaderamente curioso es que hayan tardado tanto con el cine y para los seguidores incondicionales del personaje (yo apenas sabía de su existencia hasta la fecha, he de reconocerlo), creo que la espera ha valido la pena pues la película de Paul King es una cuidadísima producción con un esmerado pulido de todos los detalles estéticos, un divertido guión y un reparto de auténtico lujo encabezado por el fantástico Hugh Bonneville (el Conde de Grantham de la fantástica serie Downton Abbey) secundado por la siempre sólida Sally Hawkins (Blue Jasmine) en el papel de su esposa y Nicole Kidman creando una villana magnética con un rostro que afortunadamente vuelve a recordar a aquella actriz llamada Nicole Kidman que nos maravilló en Moulin Rouge o Las Horas. Afortunadamente los efectos del Botox no son permanentes y a Nicole Kidman parece que se le ha pasado la tontería. Esperemos que no recaiga. No se puede dejar de hablar del reparto sin citar a Julie Walters o Jim Broadbent , dos clásicos del cine británico que engrandecen unos entrañables personajes secundarios.

Paddington es un oso del “recóndito Perú” que huye a Londres como polizón de un barco después de que un terremoto asolara la casa en lo alto de un árbol  en la que vivía con sus tíos, hablando un perfecto inglés que un explorador británico les había enseñado años antes. Una vez en Londres buscará una familia de acogida que le  proporcione un hogar y a partir de ahí, la película nos ofrece un auténtico paseo turístico por un Londres preciosamente fotografiado y musicalizado (“London is the place for me” y otros agradecibles momentos de la banda Tabago Crusoe tocando en vivo por las esquinas de la ciudad), salpicado de las aventuras y desventuras de este oso y de los miembros de la familia Brown con la que el osito en cuestión va a parar.

Film disfrutable por niños y padres en el que un osito que habla no es un insulto a la inteligencia como otras infumables producciones infantiles con bichos parlanchines (sí, Stuart Little, me refiero a tí) deslenguados  e insoportables.

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