Las críticas teatrales de Laura Zurita:
Lo que sueña un perro
En un claro de un bosque, Cerilla, acompañado por su leal perro, intenta advertir a sus vecinos sobre el peligro inminente de la llegada de la guerra, enfrentándose a su indiferencia y hostilidad.
Mientras, Rabiosa, luchando con sus propias angustias y deseos, considera abandonar a su familia para perseguir su sueño de unirse al circo; y Pequeño, el hijo menor de la familia más poderosa del lugar, intenta suicidarse incapaz de enfrentar su vida en el pueblo.
Estos personajes explorarán sus deseos y temores, enfrentarán decisiones difíciles y revelaciones sorprendentes. La relación especial entre Cerilla y su perro, así como las visiones proféticas del animal, dotarán de un halo de misterio a su lucha por encontrar su lugar en un mundo mutable y hostil.
La autora de Lo que sueña un perro es Marina Seresesky. La obra está dirigida por Álvaro Lavín e interpretada por Elvira Cuadrupani, Iván Villanueva y Rafael Reyí. La obra, una producción de Meridional Producciones, se representa en la Sala Cuarta Pared del 5 al 14 de febrero, de jueves a sábado a las 20h30.

Personajes al margen
Lo que sueña un perro sitúa su acción en un bosque, no muy lejos de un pueblo indefinido, como si ese espacio natural funcionara a la vez como refugio y frontera. Allí se reúnen personajes solitarios, que parecen vivir en los márgenes de un mundo siempre a punto de estallar.
Cerilla es uno de ellos: un hombre de pocas luces, o quizá de una lucidez distinta, que ha aprendido el oficio de herrero y posee una facultad extraordinaria, la de hablar con su señor Perro. Este perro, soñador y sabio, ha vivido una existencia larga e inusual, marcada por la observación silenciosa de los hombres y sus violencias, y por eso la obra se llama Lo que sueña un perro. Junto a ellos aparece una mujer que soñó con una vida circense y ha tenido otra muy distinta, una vida truncada por decisiones ajenas o por la inercia del tiempo. Más tarde llega Pequeño, el hijo menor de una buena familia, que huye en busca de algo íntimo como su propio nombre.
Desde el inicio de la obra sabemos que se aproxima una guerra, lo que no es una novedad. En ese pueblo ha habido muchas antes, algunas no tan lejanas. Lo que sueña un perro recuerda, con inquietante claridad, que cuando no hay enemigos externos, la muerte puede venir del propio vecino. Hay guerras grandes y pequeñas: guerras entre Estados, guerras civiles y, sobre todo, esas violencias cotidianas cuyos extremos más terribles apenas se insinúan, pero lo impregnan todo.
Lo que sueña un perro aborda las decisiones personales ligadas a la identidad, a la necesidad de elegir quién se es cuando el mundo empuja a ser otra cosa. La guerra, sin embargo, es una ocasión para que los personajes organicen un plan para marcharse, y de alguna manera empezar a vivir. Quieren partir juntos, con los sueños que los sostienen, aunque alguno de ellos sea apenas un sueño modesto.
Lenguaje de resonancias antiguas
El trabajo visual de Lo que sueña un perro acompaña con inteligencia la evolución de los personajes. Todo es gris al principio, una gama apagada de colores para ilustrar vidas desvaídas. Poco a poco, de manera casi imperceptible, aparecen el blanco de una pureza anhelada y un único elemento de color, cargado de simbolismo, que irrumpe como una promesa o una herida abierta en medio de la penumbra.
Uno de los mayores aciertos de Lo que sueña un perro es su lenguaje, un lenguaje de resonancias antiguas, clásico, rico y arcaico, que posee sabor y ritmo de otra época. Es un texto bello, que los intérpretes dicen con paciencia y técnica, recordando a los actores clásicos para quienes la pronunciación era un arte y cada palabra debía ser sostenida con respeto. En varios momentos, la escritura se convierte en una prosa poética cargada de significados, que exige escucha y entrega por parte del espectador.
Lo que sueña un perro mira la guerra desde quienes huyen, desde quienes sueñan incluso cuando todo parece perdido. Es, en última instancia, una reflexión sobre la dignidad y la necesidad, siempre, de imaginar un futuro.
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