Las crónicas de Laura Zurita:
CutreCon 15
CutreCon es un festival que se dedica a proyectar películas consideradas cutres, es decir, de baja calidad, bizarras o extravagantes. Fundado en 2011, el festival proyecta aquellas películas que, a pesar de sus defectos, resultan entretenidas y divertidas por su rareza o singularidad. El CutreCon ofrece una experiencia cinematográfica diferente, donde el público puede disfrutar y reírse con los errores y peculiaridades de estas películas.
El primer día de No es cine todo lo que reluce en CutreCon 15 ha empezado con dos buenas malas películas, Megaforce (1982) y Deathstalker (2025), y un excelente y muy divertido documental, Making Megaforce (2025).

Megaforce (1982): Explosiones a go-go
La historia de una unidad de defensa de despliegue rápido que entra en acción cada vez que la libertad se ve amenazada.
Hal Needham dirige Megaforce sobre un guion coescrito con James Whittaker, Albert S. Ruddy y André Morgan, a partir de una historia de Robert Kachler. La película está protagonizada por Barry Bostwick, Michael Beck y Persis Khambatta, acompañados por Edward Mulhare, George Furth, Henry Silva, Michael Kulcsar, Ralph Wilcox, Evan C. Kim y Anthony Pena.
Megaforce nació con vocación de superproducción (con enorme presupuesto para la producción y la promoción) y acabó convertida en objeto de de desprecio pero también de culto. Tiene una estética claramente heredera de la serie B, aunque no tan lejana, en espíritu, de referentes populares como La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza (George Lucas, 1977), que, sin embargo, triunfó por todo lo alto. La diferencia es que aquí todo se ve un poco más cutre, artificial y exagerado, lo cual resulta casi milagroso si recordamos que fue una producción carísima. Se produce, entonces, una paradoja fascinante, tanto dinero invertido para conseguir un acabado que parece salido de una feria futurista itinerante.
La ambición de Megaforce era descomunal. Los creadores querían acción, épica, futurismo, romanticismo, propaganda heroica y espectáculo visual al mismo tiempo. El problema es que no parecían ponerse de acuerdo sobre qué película estaban rodando realmente. El guion fue tratado como un elemento secundario, casi ornamental, y eso se nota: la historia es confusa, los objetivos narrativos se diluyen y cuesta creer lo que ocurre en pantalla. No porque falten explosiones, ni mucho menos, sino porque falta coherencia.
Las actuaciones tampoco salen indemnes del caos creativo. Los actores recibían instrucciones contradictorias por parte de los directores y del productor, lo que se traduce en interpretaciones desorientadas: unos actúan como si estuvieran en una epopeya militar solemne, otros como si rodaran una comedia pop, y algunos parecen sencillamente no saber en qué tono hablar. El resultado queda entre el desconcierto y la incredulidad.
El montaje fue otra víctima del desorden. Hubo intentos de construir una estructura más funcional, incluso de acercarse a un montaje dinámico al estilo Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), pero algún montador fue despedido por no seguir unas directrices que, paradójicamente, tampoco eran claras. El resultado final es una película que avanza a trompicones, saltando de escena en escena como si alguien hubiera mezclado carretes de distintas versiones.
En lo visual, Megaforce adopta una filosofía muy concreta: si hay duda, que explote algo. Y si no hay duda, también. Hay un gusto casi obsesivo por las explosiones “porque sí”, usadas como puntuación narrativa y como sustituto de cualquier tensión dramática. Todo está bañado por una estética profundamente camp, exagerada, colorida y sin complejos.
Y, sin embargo, entre tanto exceso hay momentos sorprendentemente bellos en la película. Algunos planos con humos de colores, composiciones abiertas y siluetas recortadas contra el horizonte son genuinamente espectaculares. Durante unos segundos, la película parece recordar que quería ser cine épico visual, y casi lo consigue.
Probablemente el mayor fallo de Megaforce sea su crisis de identidad permanente. A veces parece una comedia involuntaria, otras un romance superficial, otras un desfile de acción sin contexto. Nadie termina de entender qué guerra se está librando, ni por qué, ni qué consecuencias tiene. Cada departamento empuja en una dirección distinta, y la película queda atrapada en medio, intentando serlo todo sin llegar a ser nada concreto.
La gran excepción es la música, que funciona sorprendentemente bien. La banda sonora aporta energía, solemnidad y una épica que la imagen no siempre está preparada para sostener. Es como si la partitura creyera firmemente que está acompañando una gran saga heroica, incluso cuando en pantalla vemos motocicletas futuristas cruzando el desierto entre explosiones cromáticas.
Y pese a todo Megaforce tiene un encanto ingenuo porque no es un fracaso aburrido, sino un fracaso exuberante, lleno de exceso, ingenuidad y entusiasmo mal canalizado. Una película que se toma tan en serio a sí misma que acaba siendo involuntariamente hilarante, pero también extrañamente entrañable.
En el fondo, es el retrato perfecto del Hollywood ochentero más desatado: la fe ciega en el espectáculo, el culto al músculo visual, la creencia de que el volumen sustituye al contenido. Y aunque el resultado sea torpe, confuso y excesivo, también es imposible negar su personalidad. No será una obra maestra, pero sí es una pieza única de arqueología pop, un monumento al delirio creativo y una experiencia ideal para una sesión nocturna, carcajadas colectivas y aplausos irónicos.

Making Megaforce (2025): Amor adolescente
Siendo Megaforce ampliamente considerada como una de las peores películas de los años ochenta… a alguien se le ocurrió realizar un documental sobre lo increíble que es.
Bob Lindenmayer dirige Making Megaforce sobre un guion escrito por él mismo, a partir de una historia basada en su propia obsesión de toda la vida por el filme original. El documental cuenta con las intervenciones de Barry Bostwick y Bob Lindenmayer, acompañados por Michael Beck, Albert S. Ruddy, André Morgan, Hal Needham (en material de archivo), Bobby Bass, así como diversos especialistas y fans de la película original.
Making Megaforce no es un making of al uso; es la carta de amor más sincera y extraña jamás dedicada a una película ampliamente considerada una de las peores de su época. Aquí no se trata de desmontar con saña un fracaso, sino de celebrar el corazón detrás del desastre.
Lo primero que hay que decir es que el documental respeta profundamente su objeto: Megaforce no es ridiculizado con sorna malintencionada, sino que es explorado con curiosidad y afecto por quien lo hizo y por quien lo amó —Bob Lindenmayer, su director, guionista y alma mater del proyecto. Es imposible no sonreír al ver a este cineasta convencido de que su película es arte escondido, con la misma devoción con la que otros defienden a Kubrick o a Scorsese, aunque aquí el amor se exprese entre motos voladoras de plástico, trajes de spandex y trucos de cámara vintage.
El tono general de Making Megaforce camina con ese pie puesto entre la ternura y una admiración heroica. El documental nace como una especie de celebración festiva de aquello que no funcionó en las salas pero sí en el corazón de alguien. Ver cómo Lindenmayer rastrea locaciones, revive anécdotas con Barry Bostwick (el protagonista original) y recorre el desierto con vehículos clásicos de la película, es ver a un hombre persiguiendo un sueño con más fe que sentido común.
Lo más entrañable del documental es que se convierte en una obra sobre la amistad, la nostalgia y el impacto que ciertas películas pueden tener en nuestras vidas —incluso si esas películas fueron consideradas desastres por críticos y público. Esa bidireccionalidad entre cariño e ironía ligera le da al film una textura única: uno ríe con el documental, no de él.
La dirección de Lindenmayer —convencida, apasionada y un poco desbordada— encaja como un guante en la temática: así como la Megaforce original derrochaba entusiasmo sin demasiada cohesión, Making Megaforce vibra con una energía desordenada, emotiva y contagiosa que dice: “sí, fue un desastre, pero no para mí”.
Es interesante ver cómo esta película sobre una película casi olvidada se transforma en algo más que un detrás de las cámaras. Se convierte en un retrato de la obstinación creativa, del amor por el cine imperfecto y de la manera en que incluso los “peores” films pueden formar parte esencial de la vida de alguien. Ese toque humano y emotivo hace que, al terminar de verla, uno no puede evitar sonreír con respeto, casi como cuando se recuerda con cariño a un amigo peculiar que siempre hacía las cosas a su manera.
En suma, Making Megaforce es un documental que mira con respeto y ternura a su material fuente, pero no renuncia a disfrutar de su caos con una sonrisa irónica. Es cine sobre cine que entiende que, a veces, las historias más absurdas y fallidas pueden ser también las más queridas y significativas.
Deathstalker (2025): La magia imperfecta
El reino de Abraxeon está bajo el asedio de los Dreadites, heraldos del hechicero muerto hace mucho tiempo, Nekromemnon. Cuando Deathstalker recupera un amuleto maldito en un campo de batalla sembrado de cadáveres, queda marcado por la magia oscura y es perseguido por asesinos monstruosos. Para sobrevivir, deberá romper la maldición y enfrentarse al mal naciente. ¡La muerte es solo el comienzo… de una gran aventura!
Steven Kostanski escribe y dirige Deathstalker sobre un guion escrito por él mismo, a partir de una historia basada en los personajes creados por Roger Corman. La película está protagonizada por Daniel Bernhardt, Patton Oswalt y Christina Orjalo, acompañados por Paul Lazenby, Nicholas Rice, Nina Bergman, Jon Ambrose, Laurie Field, Conor Sweeney, John Clifford Talbot y Troy James.
Deathstalker nos lleva al territorio de la espada y brujería más primigenia: un guerrero solitario, un mundo hostil lleno de hechiceros sospechosos, criaturas improbables y amenazas que aparecen porque sí, y una sucesión de pruebas que no tanto se explican como se aceptan. La historia avanza a base de episodios encadenados como en un sueño febril: alguien traiciona a alguien, alguien blande una espada, alguien profetiza algo terrible… y todos seguimos adelante sin hacer demasiadas preguntas, que para eso estamos en este tipo de viaje. Y encima, Deathstalker está mucho mejor hecha de lo que uno podría esperar. En lo técnico, se comporta como alguien que ha hecho los deberes… incluso los opcionales.
Deathstalker es una película técnicamente competente, incluso elegante en algunos momentos, pero completamente desinhibida en todo lo demás. El sonido, el montaje y la fotografía cumplen con creces, y hay coreografías que demuestran que alguien sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Ahora bien, ese “alguien” no parecía especialmente preocupado por lo que decían los personajes.
Los muñecos son… regulares. Cumplen su función, aunque no siempre convencen, por decirlo con amabilidad. Las actuaciones, por desgracia, están más o menos a la altura de los muñecos, lo cual genera una curiosa coherencia interna: nadie desentona porque nadie destaca. Los diálogos, por su parte, son la destilación casi química de una esencia de todos los tópicos del género: profecías solemnes, amenazas crípticas, frases que parecen grabadas en piedra desde 1983. No hay subtexto, hay texto… y mucho.
Eso sí, visualmente Deathstalker está llena de fantasía. Todo lo que aparece en pantalla parece haber salido de una ensoñación o de una pesadilla especialmente creativa. Nada responde a una lógica realista, ni falta que hace: aquí manda la lógica del sueño, del suelo pegajoso de las fantasías heroicas, donde una cosa lleva a la otra sin necesidad de explicaciones. Espadas, cuerpos, criaturas, rituales… todo sucede porque tiene que suceder, y punto.
Deathstalker es épica cinematográfica casi seria, y propone un desfile de imágenes camp abrazadas con convicción. Todo a la vez en todas partes, pero siempre lo hace con una sinceridad casi entrañable.
Deathstalker se maravilla y quiere que el público se rinda a ese sentimiento. Y lo hace con una solemnidad exagerada y cierta ternura. Una película que se disfruta mejor dejándose llevar, sonriendo ante sus excesos y agradeciendo que, al menos, el viaje esté bien iluminado y suene estupendamente.

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