Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Yunan
Sin tener una trayectoria demasiado trascendente, el director Ameer Fakher Eldin, de origen sirio y nacionalidad ucraniana, consiguió que su segunda película, Yunan, estuviera presente en la sección oficial del Festival de Berlín de 2025. El film, coproducido por una serie de países tan variopintos como Alemania, Canadá, Italia, Palestina, Catar y Jordania, se centra argumentalmente en Munir (Georges Khabbaz), un escritor árabe exiliado en Hamburgo, sumido en una crisis existencial y anímica provocada por la grave enfermedad de su madre, un bloqueo creativo y una opresiva sensación de vacío y desarraigo motivada por la soledad y la añoranza que provoca el exilio.
Dos o tres pinceladas argumentales (unos estudios médicos que no arrojan ningún diagnóstico orgánico o una llamada de teléfono a su hermana que desemboca en una deslavazada conversación con su madre) sitúan al espectador frente a la situación de Munir sin que se llegue a saber cuáles son las razones concretas de su exilio o dónde radica el origen de su atribulado estado de ánimo, permanentemente sumido en la tristeza y al borde de las lágrimas.
El caso es que Munir decide acentuar su soledad en Hamburgo con un segundo exilio viajando a la remota isla de Langeneß, que forma parte de las Halligen en el Mar del Norte, una zona de pequeñas islas del norte de Alemania que frecuentemente se inundan por la mareas cuando hay temporales. La sensación de pérdida del sentido de hogar, de aislamiento y de desplazamiento emocional propia del exilio, es subrayada aquí por la grandiosidad de una naturaleza casi desértica que Fakher Eldin filma con un estilo visual muy poderoso que supedita en todo momento la narración a la carga poética y al carácter decididamente contemplativo de la mayoría de las secuencias. Esta decidida apuesta visual del film encuentra su mayor mérito en una dirección de fotografía majestuosa a cargo del canadiense Ronald Plante.
No es difícil apreciar el sentido de las metáforas de estas islas tan vulnerables por la climatología con la precariedad emocional del personaje o el aislamiento físico de un entorno natural inhóspito a pesar de su belleza con el aislamiento psicológico de un hombre rematadamente solo que continuamente afronta sus recuerdos, el duelo, la culpa o las ganas de acabar con todo.
Una vez allí, con la aparente intención de poner fin a su vida, Munir comienza a interaccionar con una serie de personajes que lentamente (muy lentamente) irán moldeando su búsqueda de la identidad y configurando cierto sentido de pertenencia al tiempo que confronta su memoria con un pasado que parece evaporarse en sus recuerdos.

De entre estos personajes, el fundamental será una mujer mayor llamada Valeska interpretada por la mítica actriz alemana Hanna Schygulla que encarna una sabiduría silenciosa y con quien establece un curioso vínculo a caballo entre lo afectivo y lo existencial (las mejores cosas de la vida son gratis).
Hay una segunda línea narrativa, también muy hermosa visualmente pero fallida en cuanto a su ensamblaje en el largometraje, sobre un pastor maldito que no puede hablar porque no tiene boca, nariz ni oídos y únicamente tiene un rebaño de ovejas y una esposa muy hermosa (Sibel Kekilli). La carga lírica de este relato se diluye en el tiempo presente que ocupa la mayor parte del metraje para cobrar fuerza hacia la conclusión del film en unos diez minutos marcadamente poéticos con unos versos dolorosamente hermosos sobre el olvido y el anhelo de trascendencia.
No cabe duda de que Yunan es una película estimable, de corte existencialista y marcado carácter poético, ingredientes todos ellos que, junto al premioso estilo de su director, la harán indigesta para los espectadores menos acostumbrados a la contemplación y más ávidos de acción. Es, para entendernos, una película cuyo hábitat natural son más los festivales que las carteleras convencionales. Sus 124 minutos tampoco ayudan a hacerla más digerible. Sin embargo, hará las delicias de quien busque encontrarse en metáforas paisajísticas o sumergirse durante dos horas en cuestiones existenciales filmadas con una decidida apuesta estética y barnizadas por un sentido tono poético.
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