Las críticas teatrales de Laura Zurita:
La culpa
La culpa incita al espectador a adentrarse en un mundo de disociación y surrealismo, una estética de parálisis del sueño donde el cuerpo, la imagen y la emoción conviven en un mismo plano. La pieza propone un viaje sensorial y pictórico que despierta curiosidad y conexión desde lo intuitivo, sin exigir códigos previos ni lecturas cerradas.
En escena, tres bailarinas construyen un paisaje emocional fragmentado, con máscaras, presencias híbridas y estados físicos que oscilan entre lo real y lo onírico. El movimiento y la palabra generan imágenes directas, más cercanas a la sensación que a la explicación.
La culpa no busca ser comprendida, sino experimentada: una invitación a sumergirse en la oscuridad de una emoción compartida y observarla desde un lugar nuevo.
Elena Puchol Sola crea el concepto, la dirección y la coreografía de La culpa, que está interpretada por Olivia Grassot, Júlia Estalella y Carla Glez. La obra se representó del 20 y el 21 de febrero de 2026 en la Sala Cuarta Pared.

Entre la carne y el código
La culpa no es una historia, ni siquiera un relato. Se trata más bien de una sucesión de imágenes escénicas, cuatro episodios que se encadenan como estados emocionales, no como escenas narrativas. Desde el inicio aparecen unos seres extraños, entre la carne y el código, casi sin identidad social ni vínculos claros, como si existieran inocentes por falta de cualquier estructura colectiva. Y ahí se instala la idea central: la culpa no nace en el interior de una persona, sino en la relación con los demás, en la mirada social que nos define.
La obra explora una emoción incómoda y profundamente humana a través de un paisaje escénico fragmentado. Tres bailarinas, máscaras y presencias híbridas construyen un universo visual muy potente que responde, más que a una narración, a una necesidad personal y artística de mirar de frente La culpa.
La obra trabaja desde la ausencia de palabra y de argumento. Apenas hay texto, y cuando aparece funciona más como presentación y discurso que como explicación. No hay una historia que seguir, sino una atmósfera que atravesar. Lo que se comunica son tensiones, impulsos, vínculos invisibles entre los cuerpos. El espectador responde desde la emoción.

Difícil de traducir en palabras
La dirección de arte de La culpa es uno de los grandes logros del montaje. No existe un escenario como tal: el espacio se construye con el vestuario, el maquillaje y la caracterización de las intérpretes. Las máscaras y los elementos simbólicos convierten a las bailarinas en figuras de un blanco etéreo, al tiempo carnales y simbólicas, generando una estética de gran riqueza visual. El espacio vacío se transforma así en un territorio de resonancia emocional. Al principio la música y la danza son minimalistas, pero el ritmo interior va creciendo hasta llegar a una última parte, una ceremonia de una espectacularidad visual, musical y emocional tan impactante como catártica.
Lo más interesante es que La culpa aparece aquí no como una sombra oscura ni como vergüenza. Aparece más bien definida como algo que surge del contacto con otros. Cuando surge el dramatismo, lo hace como una exploración de la interacción. Se instalan las preguntas sobre cómo nos afectan las miradas, las expectativas, la presencia de los demás. Y las figuras, siempre blancas, inmaculadas, enigmáticas, retan a nuestro concepto de La culpa sin redención.
En resumen, La culpa es un espectáculo que comunica mucho y, al mismo tiempo, resulta difícil de traducir en palabras. Su impacto es sensorial antes que intelectual. Lo que permanece es una experiencia intensa y visualmente poderosa: la sensación de haber asistido a una reflexión escénica sobre una emoción que, aunque íntima, pertenece en realidad al territorio de lo social.
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