Las críticas de Laura Zurita:
Incontrolable
Narra la historia real de John Davidson. Diagnosticado con el síndrome de Tourette a los 15 años, señalado como loco por sus compañeros -dos de sus principales síntomas son sus espasmos y su incontinencia con los insultos-, John luchó con una condición que pocos conocían. Ya adulto, hizo campaña en favor de las personas con síndrome de Tourette.
Incontrolable (I Swear) está escrita y dirigida por Kirk Jones, e interpretada por Robert Aramayo, Maxine Peake, Shirley Henderson, Peter Mullan, Scott Ellis Watson. La película se estrena el 10 de abril de 2026 de la mano de Selecta visión.
Incontrolable ha dado mucho que hablar
El título original de esta película, I Swear, complicado de traducir, contiene la clave de la historia. Puede entenderse como dar un juramento, pero también como una pérdida de control verbal. Esa doble lectura conecta directamente con la experiencia del personaje protagonista y la historia real de John Davidson.
Hay películas que tienen un valor que no se puede medir solo en términos de guion, estructura o puesta en escena, e Incontrolable es una de ellas, porque está henchida de la arrolladora intención de contar algo importante. No es solo una historia sino también una forma de explicar una realidad que muchas veces no se entiende. La vida de John Davidson ya ha sido recogida en otras obras, en las que se pierde de vista a la persona. Unas lo muestran como objeto de fascinación, otras se esfuerzan en explicar, pero pocas consiguen verdaderamente escuchar su voz.
Frente a ese historial, llama la atención que el director Kirk Jones haya asumido la película desde un lugar profundamente personal, produciéndola y dirigiéndola él mismo. Incontrolable es, en cierta manera, una obra de corte convencional, pero hay una fuerza en su honestidad y en el impecable trabajo de Aramayo que la convierten en algo singular y valioso.
La película ya ha dado mucho que hablar. Por una parte, Robert Aramayo se llevó el BAFTA como mejor actor este 2026, en contra de las expectativas de muchos y consolidando su interpretación como una de las más celebradas del año. Por otra parte, el John Davidson real y su ímpetu verbal dieron lugar a un incidente que se hizo público en redes y en varios medios, mostrando de manera muy práctica las dificultades a las que se enfrenta día a día una persona con el síndrome de Tourette y cómo esa realidad compleja no siempre se comprende fuera del círculo de quienes la viven.
Robert Aramayo hace un trabajo extraordinario
Incontrolable arranca con una escena que funciona casi como clave de lectura. Vemos a un hombre, aterrorizado, que se considera incapaz de controlar lo que le puede pasar en público. Esa escena no solo abre la historia, sino que la contiene entera. Nos dice hacia dónde va todo y, sobre todo, nos explica el origen del miedo.
Lo que vemos después es el recorrido de un chico que lo tenía todo para encajar y que, de repente, deja de hacerlo. La película describe bien cómo una enfermedad neurológica severa no solo afecta a quien la padece, sino también a cómo los demás lo perciben. Y ahí está una de sus claves, la importancia de que el entorno entienda lo que está pasando. Sin embargo, no se limita a mostrar el síndrome de Tourette. También muestra a la persona que lo padece. Sus cualidades, su carácter, lo que le define más allá de la enfermedad. Eso le da valor al conjunto y evita que el personaje quede reducido a su enfermedad.
El trabajo de Robert Aramayo es extraordinario. El actor se preparó a fondo estudiando a personas con el síndrome, y se nota tanto en cómo encara la parte física como la emocional. El actor tiene que atravesar distintas etapas de la vida de su personaje y lo hace con coherencia, desde una juventud insegura hasta una edad adulta donde transmite calma, madurez y generosidad. Es una interpretación memorable, exigente y bien resuelta.
A pesar de la dureza de la vida del protagonista, Incontrolable también encuentra espacio para momentos más ligeros, incluso dulces. Esa dualidad, la de una vida dura pero en la que también hay espacio para la alegría, ayuda a que el conjunto se perciba como versátil, reflexivo pero no excesivamente pesado. La dirección es eficaz, aunque no siempre fluida. La historia puede parecer por momentos dirigida, incluso predecible, pero eso no le quita valor porque lo importante aquí no es tanto cómo está contada, sino lo que está contando. Otro hecho disruptor son las elipsis, que cubren largos periodos de tiempo y que a veces resultan bruscas, obligando al espectador a reconstruir partes importantes de la historia por su cuenta. No es necesariamente un defecto, pero sí una decisión que puede generar cierta desconexión.
En resumen, Incontrolable funciona y emociona porque pone el foco donde debe. No solo en la enfermedad, sino en las personas y en su necesidad de ser entendidas. Es conmovedora, humana e imprescindible.
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