Crítica de ‘La Grazia’: ¿De quién son nuestros días?

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
La Grazia

Si me permiten empezar con un (flojo, lo admito) chascarrillo, lo primero que se me ocurre decir de La Grazia es que Paolo Sorrentino se ha adentrado, por primera vez, en el género de la Ciencia Ficción. Sólo así puede uno creerse la existencia, en pleno siglo XXI, de un político honesto, íntegro y, mayormente, buena persona.

Pues esto es lo que es básicamente el presidente Mariano de Santis (Toni Servillo), una buena persona que tras siete años presidiendo la República de Italia afronta los seis últimos meses de su mandato con el estado de ánimo un tanto atribulado entre el cansancio por el peso de la responsabilidad y la zozobra por las decisiones que aun le quedan por tomar, entre ellas, aprobar (o no) una Ley de Eutanasia y atender, haciendo uso de sus atribuciones como presidente, dos peticiones de indulto: la de una mujer víctima de maltrato que asesinó a su marido mientras dormía y la de un anciano que mató a su esposa, enferma avanzada de Alzheimer, para liberarla de su sufrimiento.

Servillo (qué magnífico actor) hace una querible recreación de este improbable presidente, un hombre mayor, viudo, afligido y solitario que pasa su tiempo libre recordando a su mujer a la que añora profundamente mientras fuma a escondidas de su hija Dorotea (Anna Ferzetti) que es, además, una eminente jurista y su principal asesora.

Sobre este personaje fundamental y con estas (y otras) cuestiones éticas como motor argumental, Sorrentino escribe y dirige una película de gran hondura intelectual y filosófica sin renunciar a sus señas de identidad como director, tanto en la sofisticada puesta en escena como en su estilo visual basado en una compleja composición de los planos. No faltan las secuencias disruptivas (ese camino bajo la lluvia del presidente portugués), las imágenes de incuestionable belleza plástica (la fallida comunicación con el astronauta) o su eclecticismo musical en el que música clásica y contemporánea (aquí será el rap) se den la mano para definir el tono emocional de muchas escenas.

Pero de todas sus películas, quizá sea La Grazia en la que el dispositivo cinematográfico se amanse más para ceder el protagonismo a aquello que se quiere contar, no tanto desde la perspectiva argumental como de la temática. Y aquí, Sorrentino abunda en su particular investigación sobre el vacío existencial, la búsqueda de sentido, el vértigo del poder, la construcción de la identidad, el insostenible peso del pasado y, fundamentalmente, la duda como ingrediente esencial de las decisiones. “La Grazia es la belleza de la duda” como reza el leit-motiv existencial del personaje.

Temas de enjundia que el director italiano trata mezclando inteligente elocuencia con metáforas sutiles y todo ello barnizado con su característico sentido del humor, más atemperado que en otras películas, pero que aun así proporciona momentos impagables para reivindicar, sin panfletos ni soflamas, una política basada en principios éticos, en decisiones tomadas con rigor y ajenas al oportunismo o a sectarismos ideológicos.

Y aunque el protagonismo de Mariano de Santis es incuestionable, La Grazia está plagada de memorables personajes que lejos de ser accesorios de guion cobran entidad gracias a la brillante estructura del film. Además de la ya mencionada hija interpretada por una equilibrada Anna Ferzetti, tenemos el contrapunto excesivo en el personaje de Coco Valori (Milvia Marigliano), amiga de la infancia de De Santis, una mujer verborreica y sin filtros que podría vivir en casi cualquier película de Sorrentino. O el Coronel Massimo Labaro (Orlando Cinque) jefe de los Corazzieri (la unidad de élite italiana encargada de la guardia de honor del Presidente de la República), auténtico escudero fiel del presidente que pide permiso, con sobria elegancia, tanto para el elogio como para el reproche.

Estamos pues ante una extraordinaria película a la altura de las mejores de la filmografía de Sorrentino aunque haya sido ninguneada por los otorgadores de premios más allá de la Copa Volpi al mejor actor a Toni Servillo en el pasado Festival de Venecia. Ni siquiera fue seleccionada por la academia italiana para concurrir al Óscar a la mejor película internacional, algo que se me hace difícilmente comprensible. Es cierto que las películas de Sorrentino, por su marcado carácter autoral, despiertan opiniones muy encontradas y, a menudo, extremas. Yo me encuentro entre los fervientes admiradores pero, como ya he dicho alguna vez, jamás discutiría con un detractor pues me resulta fácil entender que haya quien no conecte con un director tan proclive a los excesos.

La Grazia

9

Puntuación

9.0/10

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