Teatro | Crítica de ‘Ese ruido es un animal’: La danza que ayuda a sobrevivir

Las críticas teatrales de Laura Zurita:
Ese ruido es un animal

Unos jóvenes acuden a una fiesta musical lejos de sus casas y de sus vidas cotidianas. Cuando están ahí, son confinados por la pandemia. Así que esperan. Mucho más de lo que podían esperar.

La música será su condición diaria. De ella surgirán y se romperán emociones, relaciones e interrogantes sobre el futuro. Hay ecos de la «peste de la danza» un fenómeno que tuvo lugar en diferentes zonas de Europa en la Edad Media y en el Renacimiento: las personas bailaban hasta quedar fuera de sí o perder la conciencia, desfallecer o, en el peor de los casos, morir. La histeria colectiva suele argumentarse como una de las principales causas.

Tras la pandemia de la COVID y con la creciente digitalización de las relaciones, los lugares de encuentro –como las raves o los clubes, en donde los cuerpos se confunden y buscan la catarsis– se han vuelto más raros, pero también más necesarios y/o desesperados. ¿Puede el teatro aspirar a ser uno de ellos? ¿Su fuerza es potencialmente política o son solo un brazo más de la cultura del entretenimiento?

Ese ruido es un animal no emula una rave. Es más bien una historia abreviadísima de la música y de su constante diálogo con los movimientos identitarios y sociales.

María Velasco ha escrito y dirigido Ese ruido es un animal. En su elenco encontramos a Marina Herranz, Álvaro Leiva, Lucía Sánchez, Chelo Valma y Fran Vélez. La obra se estrenó el 7 de mayo de 2026 en la Sala Cuarta Pared y seguirá en cartel hasta el 27 de mayo de 2026.

Danza, teatro y producción audiovisual

Ese ruido es un animal es danza, teatro y producción audiovisual al mismo tiempo. Pero, sobre todo, es un espectáculo que quiere ser una fiesta. Y lo hace además de forma consciente, abierta y sensorial. La obra convierte el escenario en un espacio de celebración, encuentro y catarsis colectiva, donde el cuerpo, la música y la palabra se fusionan de manera orgánica.

El contexto de la obra es una rave que se alarga y densifica debido a la pandemia de la COVID. Poco sabemos de los personajes antes de su llegada, más allá de las expectativas que depositan en esa fiesta interminable. Algunos parecen acercarse a ella desde una mirada casi idealista o incluso mística; otros permanecen atrapados en preocupaciones pequeñas y cotidianas. Algunos solo quieren divertirse. Otros necesitan olvidar.

Y precisamente ese encierro compartido explota y vibra el núcleo de Ese ruido es un animal.

La convivencia da lugar a confesiones, conversaciones y vínculos inesperados. Surgen reflexiones sobre el deseo, la pareja, la infancia, la sociedad o el sentido mismo de la vida. Sobre todo ello aparece además la voz del narrador, que reflexiona constantemente sobre el sonido y la música como símbolos de existencia. Porque aquí la música no funciona como un simple acompañamiento, sino que ocupa el mismo centro de la vida y de la propia obra. El sonido impregna la escena, las emociones y los cuerpos, convirtiéndose en una forma de conexión colectiva, una pulsación constante que define la experiencia escénica.

En escena se entremezclan diálogos, danza y números musicales que funcionan como expresiones físicas de impulsos primarios y emociones difíciles de verbalizar. Las coreografías no buscan únicamente belleza estética, sino también expresar dimensiones distintas de la naturaleza humana: el deseo, el agotamiento, la euforia, la soledad o la necesidad desesperada de contacto.

La obra alterna escenas frenéticas con otras mucho más silenciosas y contemplativas. Hay momentos dominados por la palabra, otros construidos desde la danza y otros donde ambas formas de expresión terminan fusionándose. Y precisamente en esa libertad formal reside buena parte de la personalidad de esta obra.

Ese ruido es un animalMomentos mágicos

La iluminación también desempeña un papel fundamental en la construcción de esa atmósfera tan cambiante. A veces toma un protagonismo absoluto y deslumbra al espectador, convirtiendo la escena en una auténtica explosión sensorial; otras acompaña con enorme discreción, casi de forma invisible, creando pequeños espacios de intimidad, melancolía o suspensión emocional. Pero siempre está presente como un elemento esencial para construir su propio universo y para modular constantemente su temperatura emocional.

Entre todo ello aparecen momentos realmente mágicos. Algunas danzas poseen una dimensión casi hipnótica y reflexiva, como esa danza construida alrededor del «Claro de Luna». También resulta especialmente hermosa la aparición de la poesía y la música de Silvio Rodríguez, que introduce un momento de calma y sensibilidad en el caos de la rave.

No todos los textos tienen la misma fuerza. En ocasiones algunas reflexiones pueden resultar algo vagas o demasiado abstractas, especialmente cuando la obra intenta verbalizar aquello que quizá ya estaba expresando mejor desde el movimiento, la luz o la propia música. Pero incluso en esos momentos permanece intacta una energía profundamente arrebatadora.

Porque Ese ruido es un animal posee algo difícil de explicar, la capacidad de trasladarnos hacia un espacio casi suspendido entre la celebración y la melancolía, entre lo trascendente y lo profundamente físico. Incluso en sus momentos más dolorosos, la obra mantiene una vitalidad contagiosa.

La rave es una fiesta. O quizá no. Pero de lo que no cabe ninguna duda es de que Ese ruido es un animal vibra en una experiencia escénica poderosa, libre y profundamente viva. Un espectáculo que recomiendo encarecidamente.


¿Qué te ha parecido la obra teatral «Ese ruido es un animal»?


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