Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
53 domingos
El cine de Cesc Gay gira fundamentalmente en torno a sus personajes. En todas sus películas lo más importante son las personas y sus lazos afectivos. Y son estas relaciones humanas, ya sea en su vertiente familiar, de pareja o de amistad las que dan sustento a unas tramas que siempre pivotan sobre cuestiones emocionales y cotidianas. No es tan importante lo que ocurre como la forma en la que los personajes lo viven, lo sienten y se relacionan a partir de eso que (les) ocurre.
En 53 domingos, como ya hiciera en otras películas, parte de un texto con una indisimulable naturaleza teatral, de hecho se basa en una obra propia, y lo filma con una estructura narrativa también marcadamente teatral en tres actos con cuatro personajes, uno de los cuales, Carol (Alexandra Jiménez) se desdobla en el papel de narradora omnisciente y en el de pareja de Julián (Javier Cámara), el menor de tres hermanos que a instancias de una de ellos, Natalia (Carmen Machi) y con la conformidad del tercero, Víctor (Javier Gutiérrez) han decidido reunirse para tomar una decisión acerca de qué deben hacer con su anciano padre que lleva ya un tiempo dando muestras de que no puede vivir sólo.
A partir de este detonante argumental tan sencillo y tan reconocible, Gay construye un relato a base de diálogos fluidos y realistas impregnados de un humor sutil y a menudo incómodo que conforman las conversaciones entre los hermanos, primero dos a dos y finalmente los tres juntos, que van revelando tantos sus propias capas psicológicas como las opiniones soterradas que alimentarán el conflicto.
La película funciona a pesar de ciertos clichés en la construcción de los personajes: uno es un triunfador gracias a un matrimonio con una chica rica (lo que toda la vida se ha llamado un braguetazo), otra una mujer responsable, respetable y sometida a los convencionalismos y el otro un eterno aspirante actor que no termina de encontrar su lugar en el mundo. Lo que ocurre es que estos clichés de partida se diluyen enseguida gracias al trabajo actoral de tres intérpretes mayúsculos, Gutiérrez, Machi y Cámara respectivamente, que conducen sus interpretaciones en un equilibrado medio camino entre lo teatral y lo cinematográfico. Los tres, particularmente Cámara que probablemente sea el que tiene las mejores frases, utilizan el sarcasmo con una naturalidad absoluta, sin enfatizar la prosodia del lenguaje pero, al mismo tiempo, sin desaprovechar ni un ápice de toda la comicidad subyacente en las situaciones, en los diálogos y en un auténtico MacGuffin argumental en forma de novela titulada “53 domingos”.
No es un trabajo menor el de Alexandra Jiménez aunque aparentemente tenga menor lucimiento, está fantástica tanto en su papel de narradora rompiendo la cuarta pared y apelando directamente al espectador como en su personaje que siempre está en el momento y lugar oportuno para desatascar la situación cuando amenaza con enfangarse.
A todo esto ayuda la excelente dirección de actores de Cesc Gay y su impecable puesta en escena, de apariencia invisible, pero que hace que el mecanismo de la comedia funcione con la precisión de un reloj suizo, con ritmo, cadencia y gracia sin que interfiera en absoluto el dispositivo cinematográfico.
Es imposible no creerse a estos personajes tan irresistiblemente imperfectos, no encontrarlos risibles y, sin embargo, no empatizar con ellos en algunos momentos. Cesc Gay ha filmado una película de apariencia sencilla que se ve en un suspiro (78 agradecibles minutos), tan divertida como profundamente humana y en perfecta sintonía con su filmografía.
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