viernes, enero 30, 2026

Crítica de ‘Aída y vuelta’: Divertida, inteligente y nada inofensiva

Las críticas de Laura Zurita:
Aída y vuelta

Aída y vuelta aborda el rodaje de un capítulo de la serie con tramas que transcurren tanto dentro de la ficción con los personajes de «Aída» como fuera de ella con los propios actores y sus relaciones, que dan pie a reflexionar sobre temas como los límites del humor, del trabajo del cómico y la fama.

Paco León dirige Aída y vuelta sobre un guion coescrito con Fer Pérez, a partir de una historia de Henar Álvarez. La película está protagonizada por Carmen Machi, Miren Ibarguren y Paco León, acompañados por Mariano Peña, Eduardo Casanova, Adrián Gordillo, Mari Paz Sayago, Secun de la Rosa, Canco Rodríguez, David Castillo y Melani Olivares. La película se estrena el 30 de enero de 2026 en España de la mano de Sony Pictures Releasing de España.

No pasó, pero podía haber pasado

Aída fue una de las comedias de situación más populares de la televisión española. Emitida entre 2005 y 2014 en Telecinco y creada por Nacho García Velilla, la serie nació como un spin-off de 7 vidas y acabó construyendo su propio universo: el barrio de Esperanza Sur. Durante casi una década, Aída se convirtió en un retrato costumbrista pasado por el filtro del humor popular, donde la precariedad, las relaciones familiares, la picaresca y el absurdo cotidiano eran el motor narrativo. La serie consolidó un lenguaje propio, unos códigos humorísticos muy claros y un reparto que terminó funcionando casi como una familia televisiva para varias generaciones de espectadores.

Cuando surgió entre los intérpretes de la serie la idea de hacer una película sobre la serie, el equipo estaba entregado y lleno de ilusión. La dificultad era la forma, hacer algo que mereciera la pena llegar a la gran pantalla y que comunicara con los espectadores. Tras mucho pensarlo, encontraron una forma original y arriesgada, pero que funciona. Aída y vuelta no se plantea como una continuación convencional ni como un simple episodio largo, sino como una comedia de metacine y celebración del trabajo en equipo. Esta redactora nunca ha visto ni un solo capítulo de la serie original, pero Aída y vuelta me ha sorprendido y deleitado a partes iguales.

Un juego de espejos entre ficción y realidad

La película arranca con una lectura de guion: el equipo está reunido, cómodo, cómplice, conocedor del material y de sí mismo. Desde ese primer gesto, queda claro que estamos ante un elenco privilegiado, inspirado y entusiasta, entrando en un juego de espejos entre ficción y realidad.

Aída y vuelta se sitúa en una especie de mundo alternativo donde Aída ha seguido funcionando como si los años no hubieran pasado. El barrio, los personajes, el humor y las dinámicas siguen intactos, mientras que el mundo exterior ha cambiado radicalmente. Es como si alguien se hubiera dormido en 2005 y despertara hoy: el entorno es otro, pero ellos permanecen atrapados en su propia cápsula temporal. La película deja claro que nada de lo que cuenta pasó, pero todo podía haber pasado.

Aída y vuelta explora ese choque entre acomodo y resistencia al cambio, entre la nostalgia y la necesidad de adaptarse. También empuja los límites del humor, no solo para provocar risa, sino para cuestionar qué cosas ya no encajan igual. Resulta especialmente interesante ver los rodajes de la serie dentro de la propia película, ese “detrás del decorado” que contrasta con la idealización sentimental que muchos espectadores tienen de los universos audiovisuales.

Sobre el oficio de actor

Uno de los aspectos más interesantes de Aída y vuelta está en cómo se sitúa, dentro de una tradición de metacine que reflexiona sobre el oficio del actor, pero desde un lugar completamente opuesto al de otras películas más solemnes. Basta compararla con Noche de estreno (John Cassavetes, 1977) o Valor sentimental (Joachim Trier, 2024) para entender el contraste. En ambas obras, el intérprete aparece rodeado de una aura casi sagrada: la actuación se presenta como herida, como crisis interior, como proceso emocional profundo que exige recogimiento, sufrimiento y conflicto psicológico.

Aída y vuelta, en cambio, hace todo lo contrario. Aquí los actores entran y salen de sus personajes con una facilidad pasmosa, cambian de registro y de “persona” como quien respira. El rodaje no se presenta como un templo creativo, sino como un espacio cotidiano, funcional, casi doméstico. Ese gesto resulta cómico, pero también profundamente revelador: rompe con la idea romántica del artista inspirado y muestra la interpretación como oficio repetido, como rutina industrial, como trabajo mecánico dentro de una maquinaria televisiva.

Este contraste no es casual. Forma parte del discurso de la película sobre el acomodo, la repetición y el paso del tiempo. Mientras el mundo exterior ha cambiado, el universo de Aída permanece congelado, atrapado en sus propias dinámicas. Y esa forma de representar al actor (sin épica, sin liturgia creativa) rima con ese estancamiento: el personaje no evoluciona, pero tampoco el sistema que lo sostiene.

Así, Aída y vuelta no solo homenajea a una serie, sino que, de manera inesperada, se convierte también en una reflexión irónica sobre el espectáculo, el trabajo actoral y la distancia entre el mito del arte y su realidad cotidiana.

En las entrañas de los decorados

Paco León demuestra de nuevo su inteligencia creativa. Aída y vuelta podría haber terminado convertido en una comedia perezosa o en un “a modo de” telefilme nostálgico, pero la dirección y el guion apuestan por una propuesta mucho más consciente y elaborada. Su película no solo busca entretener, sino también lanzar una mirada crítica sobre los modos actuales de relacionarnos, el funcionamiento del mundo del espectáculo y su dependencia de la prensa y la exposición mediática.

El espacio físico de Aída y vuelta también tiene un papel clave: la película se mueve por la trastienda del decorado, por la parte trasera del plató, ese lugar invisible para el espectador pero fundamental para los personajes. Es su hogar laboral, el sitio donde pasan más horas del día, donde viven, conviven y envejecen. Desde ahí se lanzan dardos claros, siempre envueltos en humor, contra los micromachismos, la tolerancia ambigua hacia ciertas conductas abusivas, la teatralización de la victimización, los contratos con mucha letra pequeña y la maquinaria de la industria audiovisual.

Y, finalmente, sobrevuela una idea central y algo melancólica: el paso del tiempo como proceso inevitable, tanto para las personas como para las ficciones. Aída y vuelta nos habla de que nada permanece igual, por mucho cariño que se le tenga al pasado.

En resumen, Aída y vuelta sorprende al ir mucho más allá del simple ejercicio nostálgico. Concebida como homenaje, la película se convierte en un juego metacinematográfico que reflexiona sobre el oficio actoral, el acomodo y el paso del tiempo. Paco León logra equilibrar humor e inteligencia, evitando el tono de telefilme fácil. El uso del “detrás del decorado” permite lanzar dardos al mundo del espectáculo, la prensa, los micromachismos y la maquinaria mediática, mientras la película expone cómo una ficción puede quedar congelada en un mundo que ya ha cambiado


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Aída y vuelta

7.4

Puntuación

7.4/10

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