Crítica de ‘Águilas de El Cairo’: El poder sobre todo

Las críticas de Laura Zurita:
Águilas de El Cairo

George Fahmy es el actor más querido de Egipto. Su rostro es conocido por todos y su prestigio lo ha convertido en una figura casi intocable dentro de la industria cinematográfica del país. Pero esa posición privilegiada se vuelve frágil cuando las autoridades le presionan para protagonizar una gran producción impulsada desde las más altas esferas del poder. Aceptar ese papel significa entrar en el círculo de quienes realmente gobiernan el país. Y también implica un peligroso juego de relaciones, secretos y seducciones cuando inicia un romance con la esposa del general encargado de supervisar la película.

Águilas de El Cairo está escrita y dirigida por Tarik Saleh e interpretada por Fares Fares, Lyna Khoudri, Zineb Triki, Amr Waked y Cherien Dabis. La película se estrena en España el 13 de marzo de 2026 de la mano de Bteam Pictures.

Apuestas y cine

Águilas de El Cairo se sitúa en el Egipto contemporáneo, en un sistema político marcado por un fuerte control estatal desde la llegada al poder del presidente Abdel Fattah el-Sisi, que gobierna el país tras el golpe de Estado de 2013 que depuso al presidente electo Mohamed Morsi. En este contexto, el poder político mantiene una estrecha relación con el ejército y ejerce una influencia significativa sobre los medios y la industria cultural. La película utiliza el mundo del cine para mostrar cómo el aparato del Estado puede instrumentalizar la cultura como herramienta de propaganda. Aunque el argumento es ficticio, se inspira claramente en dinámicas reales de la política egipcia reciente: presión sobre artistas, control del discurso público y la utilización de figuras populares para reforzar la imagen del régimen.

El  inicio de la película es un grupo de personas apostando a carreras de galgos, aunque no sabemos quién corre. Inmediatamente, Águilas de El Cairo tiene un momento muy revelador y profundamente cinematográfico. Una escena rodada con el estilo del cine clásico, con una puesta en escena que parece sacada de otro tiempo y se siente falsa. Pero pronto descubrimos que lo que vemos es, en realidad, cine dentro del cine. Una película dentro de la película. Ese juego nos muestra un tiempo pasado y una manera de hacer cine que hoy puede parecer anticuada, aunque en su momento era exactamente así. Así, en dos cortas escenas, se nos plantean temas centrales de la película, el de ganar y perder y el poder del cine.

Nuestro protagonista, George, tiene un nombre extranjero, pero es una estrella absoluta en su país. Lo tiene todo: un hijo adulto, una exmujer de la que vive separado y una novia joven y deslumbrante. Además es cristiano copto, lo que introduce pequeños detalles culturales reveladores: la prohibición del alcohol pesa sobre los musulmanes, pero no sobre los cristianos coptos, algo que Águilas de El Cairo muestra con naturalidad y que contribuye a dibujar un Egipto bellísimo, abigarrado y elegante y, sobre todo lleno de matices. Mujeres con pañuelo conviven con mujeres sin él; vestidos de noche conviven con signos de religiosidad visible. La imagen pública del país y la vida real no siempre coinciden.

La vida de George empieza a complicarse poco a poco. Primero en lo íntimo: su relación con su hijo, con su novia, con su pasado. Después aparecen presiones más visibles, personas que le piden que se defina políticamente, que tome partido. Y finalmente llegan los mecanismos del poder. La presión para participar en una película que glorifica al régimen se convierte en una trampa de la que es difícil escapar.

La película muestra cómo el poder de un gobierno autoritario permea toda la sociedad. No se trata solo de decisiones políticas, sino de un clima de vigilancia constante. Se introducen pequeños detalles políticos que resultan inquietantes: la censura cinematográfica que decide qué historias pueden contarse y cuáles deben desaparecer; la conciencia de que determinadas orientaciones sexuales pueden convertir a una persona en objetivo del Estado; la sensación de que la ley puede aplicarse de forma arbitraria según convenga al poder. Son pinceladas discretas, pero generan un miedo muy real. En cierto sentido recuerda a la reciente El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025), aunque aquí la mirada se centra en la élite cultural y en el mundo del espectáculo. La intriga no ocurre en los márgenes del sistema, sino en su interior.

El horror que describe Águilas de El Cairo no es el de la violencia explícita, sino el de una vida en la que todo se mueve entre secretos, silencios y lealtades ambiguas. Es un juego peligroso en el que parece que alguien ha apostado por todos los galgos a la vez, para asegurarse la victoria ocurra lo que ocurra.

Narración subjetiva

Ahora bien, siendo una historia fascinante en su planteamiento, el tono narrativo de Águilas de El Cairo presenta fallos evidentes. Los conflictos de George se plantean, pero la película no siempre se detiene a explorarlos con la profundidad que merecen. Algo parecido ocurre con el propio contexto político: intuimos su gravedad, sentimos su amenaza, pero muchas de sus implicaciones, para él y para otros, no se desarrollan. El resultado es una narración en la que algunas líneas dramáticas se quedan a medio camino.

La trama política, que podría ser el gran motor, pero a menudo no se entiende del todo. Paradójicamente, esa misma limitación la convierte en una experiencia inmersiva. Nosotros vemos la historia desde el punto de vista de George, lo que nos permite descubrir los detalles al mismo tiempo que él. Estamos tan perdidos como el personaje. De hecho, la película es más interesante como experiencia subjetiva que como relato político plenamente articulado.

Aun con esas debilidades, Águilas de El Cairo plantea un interesante desarrollo de personajes. George pasa de ser un actor mimado por la industria a convertirse en un hombre que corre el riesgo de perderlo todo. Su trayectoria va desde la cómoda seguridad de la fama hasta la indefensión absoluta. El personaje adquiere carne y humanidad. No es solo el cliché de una estrella de cine, sino una persona atrapada entre su conciencia, sus ambiciones y su miedo.

En un país donde el poder es prácticamente total, nadie está realmente a salvo. El cine, en lugar de ser un espacio de imaginación, aparece como un instrumento para consolidar el poder. Y esa es, quizá, la idea más inquietante que deja la película, que incluso quienes parecen vivir en la cúspide del sistema pueden descubrir, demasiado tarde, que también ellos están sometidos a su sombra. Por eso mismo, es una experiencia tan inquietante como inmersiva.


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Águilas de El Cairo

7

Puntuación

7.0/10

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