Las críticas de Laura Zurita:
La risa y la navaja
Sergio viaja a una metrópolis de África Occidental para trabajar como ingeniero ambiental en la construcción de una carretera que unirá el desierto y la selva. Allí entabla una relación estrecha, aunque un tanto desequilibrada, con dos habitantes de la ciudad, Diara y Gui. Pronto descubre que un ingeniero italiano, al que le han asignado la misma misión que a él unos meses antes, ha desaparecido misteriosamente.
La risa y la navaja está dirigida por Pedro Pinho sobre un argumento coescrito con Miguel Seabra Lopes, Luísa Homem, Marta Lança, José Filipe Costa, Miguel Carmo, Tiago Hespanha, Leonor Noivo, Luís Miguel Correia y Paul Choquet. Está protagonizada por Sérgio Coragem, Cleo Diára, Jonathan Guilherme, Jorge Biague, Binta Rosadore, Nastio Mosquito, Giovanni Maucieri y Marçalina Djibril. La película se estrenó en España el 24 de abril de 2026 de la mano de Vitrine Filmes.
Retrato sin progresión dramática
La risa y la navaja ignora cualquier lógica de progresión dramática convencional. Lo que propone no es una historia, sino un retrato de Guinea-Bisáu como territorio físico y, sobre todo, simbólico, llena de tensiones entre las inercias del colonialismo, las promesas del desarrollo y la fragilidad de cualquier identidad contemporánea.
Sérgio, ingeniero ambiental portugués, llega a Guinea y empieza a interesarse por el país y su gente. Sérgio somos nosotros, el público, que llegamos al lugar sin conocerlo. La historia muestra sus ideas, su ignorancia, y muestra cómo se enfrenta (a veces casi colisiona) con una realidad que lo elude, antes de empezar a entender que, en el fondo, es un extraño.
La película insiste en mirar a Sérgio como extranjero: alguien que no encaja, que destaca, a quien se le recuerda continuamente —con mayor o menor sutileza— que no pertenece a ese lugar. A veces desde el rechazo, otras desde una intimidación más soterrada. Su presencia no es neutra, ni inocente, ni integrable. Es una figura incómoda, también para el espectador que se proyecta en él.
La palabra como imposición
La risa y la navaja se presenta con el lenguaje del naturalismo, pero contiene textos muy trabajados. Las conversaciones se alargan, se hacen monólogos interminablemente verbosos, a veces claramente didácticos. Las palabras dominan las escenas por delante de las imágenes. El director habla a través de sus personajes, comunicando directamente sus ideas, su visión del mundo, sin apenas mediación.
En otros momentos, la película se acerca a una forma casi documental: grupos de personas, conversaciones colectivas, desplazamientos por carretera que funcionan como excusa para mostrar distintas comunidades, distintas etnias, distintas realidades. Es un intento muy explícito de querer abarcarlo todo, en una interminable exposición de ideas muy contemporáneas, de mostrar todo de la forma más completa y correcta posible. Pero esa voluntad de totalidad se convierte en saturación.
Se somete al espectador a una pelicula de duración larguísima (cercana a las tres horas y media) con una vocación autoral muy marcada. La risa y la navaja reclama su tiempo para expresarse, pero también parece utilizarlo como herramienta de desgaste, para sumergirnos, abrumarnos, incluso cansarnos. Como si esperara que el cansancio y el aburrimiento nos colocaran en un estado de conciencia determinado, más receptivo o más vulnerable.
Pedro Pinho habla de cultura, de dominación, de historia, de aculturación, de identidad, de raza… La acumulación de temas termina por diluir el conjunto. Llega un punto en que el exceso abruma tanto que se pierde el foco, aparece el cansancio y, honestamente, el fastidio.
La forma expositiva no es la más adecuada para el cine, y desde luego no durante tanto tiempo. Lo que al principio puede parecer interesante, incluso necesario, termina adquiriendo un tono casi aplastante, por más que simpaticemos con lo que se plantea. El resultado es una experiencia exigente, a veces hipnótica, a veces exasperante. Hay secuencias que capturan algo difícil de nombrar, una sensación de realidad viva, de presente en conflicto. Y otras que se hunden en su propia densidad. Se trata de una película que no busca ser comprendida en un sentido clásico, ni mucho menos agradar al espectador. Quiere ser, y estar, en sí misma, y lo consigue.
En resumen, La risa y la navaja es una película radical, excesiva y profundamente consciente de sí misma. Su ambición es indudable, como también lo es su tendencia al desbordamiento. Entre la lucidez y la saturación, entre el análisis y el discurso, construye una obra que hace preguntas, pero también agota. No es una película cómoda ni equilibrada, pero tampoco pretende serlo. En su insistencia, en su exceso y en su falta de concesiones, encuentra tanto su mayor valor como su principal límite.
¿Qué te ha parecido ‘La risa y la navaja‘?
Descubre más desde No es cine todo lo que reluce
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.





























