Las críticas de Laura Zurita:
Zona 3
París, 2045. La población de la capital está controlada por una inteligencia artificial llamada Alma, y dividida en tres zonas. Cada zona agrupa a la misma clase social. Un día, el creador de la IA es asesinado. La investigación se confía a Salia, una mujer policía de la zona 2, y a Zem, un policía de la zona 3.
Zona 3 (Chien 51) está dirigida por Cédric Jimenez sobre un guion coescrito con Olivier Demangel, basado en la novela «Chien 51» de Laurent Gaudé. En su reparto encontramos a Gilles Lellouche, Adèle Exarchopoulos, Louis Garrel, Romain Duris y Valeria Bruni Tedeschi. La película se estrena en España el 24 de abril de 2026 de la mano de Flins y Pinículas.

El futuro como prolongación del presente
Zona 3 pertenece a ese tipo de ciencia ficción que, más que anticipar el futuro, proyecta el presente. Su París de 2045 es una intensificación de la ciudad y de sus tendencias contemporáneas. La ciudad, dividida en zonas que corresponden a clases sociales (simplemente una definición física de lo que ya ocurre hoy día con otros mecanismos), vigilada por una inteligencia artificial omnipresente (casi déjà vu), plantea una advertencia.
En ese marco, la película relata una historia de cine negro clásico, con un asesinato, un detective cansado y una conspiración, que sirve como excusa para recorrer un mundo futurista donde el control impregna la convivencia y la predicción se impone al libre albedrío.
El eje narrativo de Zona 3 recae en la alianza entre Salia y Zem: dos policías de zonas distintas y dos formas de vivir. Ella encarna la integración funcional que casi sustituye la personalidad, y se rodea de orden y ambientes impecables; él sufre el desgaste que empieza a mezclarse con la rebelión, en un ambiente que solo su disciplina aleja de lo cochambroso. Figuras fascinantes y muy bien interpretadas (impecables Gilles Lellouche y Adèle Exarchopoulos), que, sin embargo, sufren porque el ritmo acelerado sacrifica profundidad en favor de la acción, vaciando en buena parte de contenido a unos personajes con un potencial extraordinario.
El tempo y la espectacularidad de la película no dejan espacio a la introspección ni al dibujo de las estructuras y el contexto que nos vaya dando indicios y detalles, que haga que el final sea una parte orgánica del relato y no solo una explicación que cierra el caso. No sabemos lo suficiente ni de los protocolos de vigilancia, ni de la autonomía de los brazos ejecutores, ni de ALMA, como para comprender del todo las claves y los giros de guion.
Visuales brillantes
La construcción visual de Zona 3 es brillante y su belleza nos mantiene pegados a la pantalla. París se convierte en varias ciudades: la zona 1 lujosa, la 2 bien acomodada, la zona 3 un refugio de supervivientes, sucio y depauperado. Toda la ciudad está controlada hasta el extremo, con drones, pulseras electrónicas que registran el ahora y algoritmos que vigilan el futuro.
Hay referencias a otras distopías cinematográficas reconocibles, por ejemplo, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), en la estética, o Minority Report (Steven Spielberg, 2002), en la mentalidad), todas ellas bien imbricadas en el conjunto, sin pedantería.
Las escenas de acción están rodadas con cuidado por el detalle y el ritmo, y con un agudo sentido de la belleza y el equilibrio. Las persecuciones, las confrontaciones, la presentación de espacios y personajes son lúcidas y detalladas, y el diseño de sonido y la banda sonora envuelven y exaltan las imágenes, creando ambiente y emoción.
La película aspira claramente a competir con el modelo estadounidense de superproducción, en músculo y en lenguaje reconocible. No es casualidad que sea el director Cédric Jimenez quien haya recibido el encargo, ya que sabe manejar el lenguaje del espectáculo sin perder una cierta mirada autoral.
En resumen, Zona 3 propone una distopía reconocible y cercana, más preocupada por intensificar el presente que por imaginar el futuro. Funciona con solvencia como thriller y destaca por su potencia visual y ritmo, pero ese mismo impulso termina limitando su alcance. Queda así como una obra eficaz y atractiva, pero que no termina de explotar todo el potencial que su propio mundo sugiere.
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