Las críticas teatrales de Laura Zurita:
El barrio
Darío recibe la noticia de la muerte repentina de un antiguo amigo del grupo con el que compartió su adolescencia y, después de varios años sin regresar, decide volver al barrio. Allí se reencuentra con Daniel, su mejor amigo de entonces, con quien mantuvo una relación intensa y ambigua, y con Adrián, un amor que pudo ser y que nunca se atrevió a vivir. El encuentro obliga a los tres a enfrentarse a las heridas que quedaron abiertas y a preguntarse cuánto de aquellos adolescentes permanece en los hombres que son ahora.
El barrio está escrita y dirigida por Diego Da Costa, quien también se encarga del diseño de audiovisuales. En el reparto encontramos a Pablo Blanco como Darío, Rober Pascual como Daniel y Diego Sánchez como Adrián. La obra llega a la Sala AZarte de Madrid dentro de la celebración del quinto aniversario de la compañía y esta supone su última temporada en Madrid.
Ser todavía joven
Cumplir los 30 puede ser un problema. Es esa edad en la que todavía se es joven, pero ya no se es joven a secas. Una edad en la que la vida parece empezar a encauzarse en una dirección, aunque después pueda cambiar, y en la que la persona que somos empieza a sentirse más consolidada. En esa edad están los personajes de El barrio, que años atrás estudiaban en el mismo instituto y compartían las relaciones propias de la adolescencia, entre el juego, la amistad y los primeros descubrimientos.
Todos conocemos las reuniones de antiguos alumnos en las que, al reencontrarnos, tenemos la sensación de que todos los demás han envejecido menos nosotros. La de El barrio es especialmente complicada porque tiene lugar después de la muerte de uno de ellos. El reencuentro deja así de ser una celebración y se convierte en una confrontación con las personas que fueron y con las relaciones que mantuvieron.
Una dimensión especialmente importante de El barrio tiene que ver con la sexualidad de los personajes, que durante aquella etapa empezaba a descubrirse y a definirse. Hacerlo no era necesariamente sencillo. El barrio había definido sus adolescencias y funcionaba también como un espacio que los condicionaba, estableciendo unas expectativas sobre cómo debían comportarse, qué podían mostrar y qué debían ocultar. Por eso el barrio es mucho más que un lugar físico. Es también una metáfora de un ambiente, de una forma de entender las relaciones y de unas normas sociales que pueden marcar profundamente a quienes crecen dentro de ellas.
Tolerancia y postureo
El barrio recuerda así que la tolerancia hacia la diversidad sexual no existe siempre ni en todos los ambientes. Y también plantea una cuestión que sigue siendo muy actual: hay espacios que se presentan como tolerantes y abiertos, pero cuya aceptación puede quedarse en la superficie, en el postureo, mientras determinadas diferencias siguen resultando incómodas cuando dejan de ser una cuestión estética y afectan a las personas de verdad.
Los hombres se reúnen muchos años después y tienen que descubrir cómo aquello que vivieron ha influido en quienes son y en la forma en que se relacionan entre ellos. El interés de la obra está en que no convierte el encuentro en una interminable discusión sobre las culpas. Lo que plantea es la posibilidad de asumir responsabilidades, comprender las consecuencias de las propias decisiones y aprender de ellas.
El barrio habla así de crecer, pero no solo de cumplir años. También es revisar las expectativas con las que hemos crecido y decidir cuáles queremos conservar y cuáles necesitamos dejar atrás. Marcharse de un lugar no significa necesariamente escapar de todo lo que representa. La verdadera libertad quizá consista en poder reconocer cuánto nos ha construido y decidir qué hacemos con ello.

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