Las críticas de Laura Zurita:
La sombra de mi padre
Un relato semiautobiográfico que transcurre en un solo día en Lagos, la metrópolis nigeriana, durante la crisis electoral de 1993. La historia sigue a un padre, distanciado de sus dos hijos pequeños, mientras viajan por la enorme ciudad mientras la inestabilidad política amenaza su regreso a casa.
La sombra de mi padre está escrita y dirigida por Akinola Davies Jr., quien coescribe el guion Wale Davies. En su reparto encontramos a Sope Dirisu, Chibuike Marvellous Egbo, Godwin Egbo, Akerele David, Owa Orire Jeremiah, Efòn Wini, Olarotimi Fakunle, Tosin Adeyemi, Martha Ehinome y Ayo Lijadu. La película se estrena el 6 de marzo de 2026 de la mano de Mubi.

Película vibrante
La sombra de mi padre es una película vibrante. En ella vemos el mundo a través de los ojos de unos niños que viven mayormente con su madre, que es el centro real de su día a día. Ella sostiene la rutina, la casa, la normalidad. El padre es un padre ausente. Explica que está fuera buena parte del tiempo porque tiene que trabajar para mantener a la familia. Los niños aceptan esa explicación sin cuestionarla, pero la resienten. Desde el principio, la película deja claro que esa ausencia no es solo un hecho cotidiano, sino una grieta emocional que marcará la mirada de los niños.
La película arranca cuando el padre decide llevarse a sus hijos a la capital. Ese viaje va a cambiar muchas concepciones en los niños. La ciudad es retadora, llena de atracciones, pero también agobiante. Es un espacio que deslumbra y descoloca a la vez. Hay ruido, movimiento, rostros desconocidos, promesas. Los niños observan escaparates, autobuses llenos, calles que no se detienen nunca. Para ellos todo es descubrimiento. Para el espectador, pronto se intuye que es algo más.
Hay dos descubrimientos fundamentales en la película. Por una parte, los niños van descubriendo a su padre, que tiene una vida para ellos desconocida. Es conocido, es querido, se mueve con una seguridad distinta. No es el hombre distante que aparece esporádicamente en casa. Tiene relaciones, conversaciones, una identidad que no gira en torno a ellos. Ese descubrimiento ocurre en pequeños gestos: saludos en la calle, miradas de respeto, conversaciones que los niños escuchan sin comprender del todo. Es un descubrimiento silencioso, pero profundo.
Por otra parte, el espectador empieza a conocer la situación de Nigeria en ese momento histórico. Tras varios años de régimen autoritario, muchos empiezan a tener fe en un nuevo partido que ha ganado las elecciones y que representa, para buena parte de la población, un nuevo comienzo. Este contexto político, en el que la esperanza empieza a abrirse paso, se muestra tímidamente. Se filtra en conversaciones, en el ambiente, en pequeños detalles que rodean a los personajes: comentarios al pasar, rostros atentos a las noticias, un clima de expectativa que atraviesa la vida cotidiana. La sombra de mi padre muestra un país que intenta dejar atrás años de autoritarismo y que espera, con incertidumbre y esperanza, un cambio de régimen. Ese proceso se va haciendo evidente para quien mira con detenimiento, más para los espectadores que, de manera consciente, para los niños.
La relación entre el padre y el panorama político se va haciendo cada vez más clara para el espectador de La sombra de mi padre. El padre no es solo un trabajador ausente: es un hombre atravesado por el momento político que vive su país. Sus movimientos en la capital, las personas que lo rodean, la forma en que es tratado adquieren otra dimensión cuando se leen dentro de ese clima de transición y expectativa.
Mirada infantil
Hay una sensibilidad delicada en la forma en que la película capta la mirada infantil. La narrativa respeta la lógica interna de los niños. La cámara se detiene en aquello que capta su atención: un gesto inesperado del padre, una conversación a medias, una escena que no terminan de comprender. El guion de La sombra de mi padre induce a que observemos los detalles sin explicaciones verbales. La transformación que ocurre en los niños, en su relación con el padre y en su percepción del mundo, es profunda, sutil y certera, y eso vuelve la película profundamente conmovedora.
La fotografía de La sombra de mi padre acompaña ese espíritu con colores vivos, una explosión de vida en cada esquina. Las calles, los rostros, la luz del sol en los edificios y la vida vibrante son descubrimientos para niños que siempre han vivido en la aldea. La ciudad aparece llena de energía, de calor humano, de movimiento constante, mientras la playa transmite calma y felicidad.
La construcción de los personajes es igualmente sólida. El padre es un hombre compuesto por contradicciones, con ambiciones, remordimientos y afectos, un hombre al que los niños empiezan a conocer en este viaje. Los niños están fascinados y reaccionan. Uno con curiosidad, el otro con reserva, pero ambos crecen y se desarrollan con relación a él y al mundo que los rodea, hasta que la nueva realidad los hiere en lo más profundo en el final demoledor.
La sombra de mi padre se construye como una experiencia: exige que la veamos con calma y paciencia, que permitamos que su quietud nos inquiete y observemos las pequeñas pistas. Es una historia sobre crecer, sobre ver a los adultos como seres complejos y sobre cómo los acontecimientos sociales y políticos pueden filtrarse en el tejido íntimo de una familia. Al final, lo que permanece es la sensación de haber asistido al instante en que la infancia empieza a comprender que el mundo de los adultos es más complejo, más contradictorio y más frágil de lo que parecía.
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