Crítica de ‘Los Exiliados Románticos’: Imprescindible subir a la furgoneta

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Los Exiliados Románticos


Fui a ver Los Exiliados Románticos, sin haber leído nada sobre ella, con el agradable recuerdo que me dejó Todas las canciones hablan de mí, el debut de Jonás Trueba en la dirección de largometrajes. Después de sacar la entrada, mientras curioseaba los carteles del cine haciendo tiempo hasta que comenzara la sesión, la señora que iba detrás de mí en la cola de la taquilla se me acercó amablemente para decirme que cambiase la entrada por otra película, que era malísima y no valía nada. El taquillero (y dueño del cine) que lo oyó, terció en la conversación y reprendió (suavemente) a la importuna, iniciando lo que, de no ser por la inminencia del comienzo de las sesiones, podría haber sido un debate interesantísimo acerca de la subjetividad de los gustos y las opiniones.
El caso es que para mí fue un buen presagio pues la señora en cuestión (muy educada por otra parte) me daba el aspecto de ser mi antítesis en cuanto a gustos cinematográficos. Después de ver la película, me di cuenta de que tenía razón sólo a medias, y aunque a mí la película me gustó mucho, comprendí a la señora. Los Exiliados Románticos es de esas películas que se escapan a los “gustos” u “opiniones”. Se trata de entrar o no entrar en la película. Yo entré. La señora no entró. Todo aclarado.
Los Exiliados Románticos dura 70 minutos. Es cierto que por el formato y características de la película, haberla alargado más sería arriesgado (la señora importuna habría sufrido un seguro colapso nervioso), pero a mí se me ha hecho corta. Me quedo con muchas ganas de saber más acerca de las personas (en esta película no se puede hablar de personajes, los protagonistas son personas) que viven en el guion firmado (que no escrito) y dirigido por Jonás Trueba
Tres amigos que sobrepasan la treintena, realizan un viaje de esos que habitualmente se hace más a los veintitantos que a los treinta y tantos. Salen de Madrid con una preciosa furgoneta retro y se encaminan rumbo a Francia aparentemente sin dirección establecida, aunque las etapas del viaje, Toulouse, París y Annecy están destinadas al reencuentro con amores inciertos, de una calculada ambigüedad temporal, y en al menos uno de los tres, conmovedoramente platónico. 
Jonás Trueba no emplea un solo minuto en presentarnos a los personajes (perdón, personas) antes del viaje y directamente invita al espectador a subirse en la furgoneta y acompañar a Vito, Francesco y Luis rumbo a Francia. Subido en la furgoneta, uno siente a menudo la frustración (maldita realidad la de la butaca) de no poder participar en sus conversaciones, añadir algún que otro chiste a las risas del viaje o comerse con ellos uno de esos bocadillos de estación de servicio de autovía (malos y caros) antes de proseguir viaje. 
En lugar de una convencional presentación de personajes, Jonás Trueba comienza su película con una declaración de intenciones a través de una cita sobre el romanticismo de Edward Hallett Carr de uno de cuyos libros (The Romantic Exiles: a Nineteenth Century Portrait Gallery)  toma prestado el título del film. 
A partir de la llegada a Toulouse, primera de las paradas del viaje, se desarrolla el núcleo central de la historia condensado fundamentalmente en dos escenas memorables: la tensa e inteligente conversación durante la cena en casa del hospitalario inglés que regularmente invita a decenas de desconocidos para que se conozcan y hablen de lo divino y lo humano, y la enternecedora declaración de amor en un francés imposible que tiene lugar en los parisinos Jardines de Luxemburgo. Aunque sólo fuera por vivir estas dos maravillosas experiencias vitales ya habría valido subirse a la furgoneta de Jonás Trueba, pero además, nos llevamos de recuerdo las poéticas canciones de Tulsa cuya “Oda al amor efímero” supone un auténtico leitmotiv que impregna Los Exiliados Románticos de la cadenciosa voz de su solista Miren Iza y su alentadora  letra (“podría pasarme la vida lamiéndome las heridas y aún no cicatrizarían, mejor me levanto y salgo de este estéril letargo y vuelvo a empezar a empezar a creer que hay alguna opción de ganar…”).
La identificación personal que cada uno pueda sentir con las personas o las situaciones de la película o el impacto que las citas literarias o filosóficas cause en cada espectador se salen del marco de la crítica cinematográfica, pero en películas como esta, es incuestionable que determina, como dije al principio, que uno suba a la furgoneta y entre en la película de Jonás Trueba o la contemple con distanciamiento y retraimiento emocional. 
Con sólo tres películas a sus espaldas, Jonás Trueba ha conseguido convertir en un lugar común la sentencia de que es el más francés de los directores españoles, y aunque no lo sé a ciencia cierta, supongo que no se sienta particularmente incómodo con esa etiqueta (el aliento de Eric Rohmer se puede hasta respirar en muchos de los planos y secuencias de su película) ni creo que le reste libertad para romper con ella si un día le da la gana hacerlo. 
Jonás Trueba derrocha inteligencia y cultura en cada uno de sus proyectos (hay hasta quien le acusa de ser demasiado culto, madre mía, lo que hay que oír y leer, el atrevimiento de los ignorantes es cada día mayor) y Los Exiliados Románticos desde su sencillez conceptual, desde su economía de medios, y desde su incuestionable sinceridad supone un auténtico puñetazo en la mesa de un cine español que (excepciones aparte) necesita una urgente renovación de formas y fondos. 
A la salida del cine, no pude ver a la señora que me había advertido de la inconveniencia de ver esta película, la suya (no sé cuál era) era notablemente más larga y no pude esperarla para intentar convencerla de que volviera a verla, se subiera a la furgoneta con Vito, Francesco y Luis y no se quedara en Madrid. Otra vez será.

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