Crítica de ‘CODA: Los sonidos del silencio’: Hecha para agradar, misión cumplida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
CODA: Los sonidos del silencio

A pesar de mi cada vez mayor escepticismo con los premios cinematográficos en general, suelo llegar a la ceremonia de los Óscar con los deberes hechos y todas las películas vistas o, al menos, todas aquellas que tienen nominaciones en las categorías principales. Por primera vez en décadas, la gran noche de Hollywood me pilló con varias películas sin ver y, como la tostada siempre cae del lado de la mermelada, una de ellas fue la que finalmente resultó ganadora del Óscar a la mejor película: CODA: Los sonidos del silencio, remake de una película francesa de hace siete años titulada La familia Bélier y que, con algunos cambios de guion para adaptarla a la ambientación estadounidense, ya había resultado triunfadora en el Festival de Sundance y, en las últimas semanas, se había colocado como firme candidata para desbancar a las, a priori, favoritas El poder del Perro, West Side Story, Belfast o Drive my car.

Así que, puesto que muchas salas de cine decidieron reestrenar la película aprovechando el tirón de sus tres Óscar (tras un fugaz estreno y retirada allá por febrero), hemos tenido una segunda oportunidad para ver la película que según algunos medios españoles “nadie había visto”.

Y miren, ¿qué quieren que les diga?, a estas alturas, después de haber asistido durante los últimos años a disparates como el triunfo de la amable Greenbook sobre la maravillosa Roma de Alfonso Cuarón o al despropósito de ver como la aburrida Moonlight le birlaba el Óscar a La La Land, uno ya está curado de espantos y el triunfo de CODA no me sorprende lo más mínimo. Estoy tan convencido de que no es la mejor película del año como de que tiene todos los ingredientes para gustar a una amplia mayoría de espectadores y no desagradar a nadie. La he visto con interés, me he reído cuando se han propuesto que me ría y me he emocionado cuando la película estaba preparada para emocionar. Y eso, en apariencia tan fácil, es mucho más difícil de conseguir de lo que parece.

Aun así, no deja de ser curioso que todo el mundo descartase el triunfo del monumental West Side Story de Spielberg porque les parecía descabellado premiar un remake y finalmente hayan terminado premiando otro. La familia Bélier (Eric Lartigau, 2014) fue uno de los grandes éxitos de taquilla del cine francés en los últimos años y trataba de una entrañable familia en la que todos eran sordos excepto una hija de 16 años que hacía de intérprete de sus padres mientras soñaba con dedicarse a ser cantante y vivir de su preciosa voz, precisamente algo de lo que su familia nunca podría disfrutar.

Lo que allí era una familia de granjeros, aquí lo es de pescadores, donde allí era el medio rural francés, aquí es la costa de Gloucester en Massachusetts y cuando allí sonaban las melódicas canciones del cantante francés Michel Sardou, aquí lo hace una variada selección de temas anglosajones que reservan el momentazo del film a la preciosa “Both sides, now” de Joni Mitchell. Podemos buscar más diferencias entre ambas películas, que las hay. Podemos establecer debates sobre cuál está más lograda, cuál es más divertida o cuál es más emocionante, pero entraríamos en el eterno territorio de los gustos personales y cada uno tiene el suyo.

Yo no tengo ningún inconveniente en dejar bien claro que me gusta más esta versión americana que la francesa. ¿Por qué? Pues porque Marlee Matlin, Troy Kotsur y Daniel Durant son sordos en la vida real y sus interpretaciones son mucho más verosímiles y genuinas que las de sus esforzados homólogos franceses; porque la selección musical de CODA me parece mucho más potente que las bonitas pero un tanto sosas canciones de Michel Sardou y, finalmente, porque la versión americana resulta notablemente más emocionante que la original francesa que tenía cierta tendencia a caer en la parodia.

CODA gira en torno al personaje de Ruby (Emilia Jones), la joven adolescente, única oyente de una familia de sordos que ejerce de sostén familiar en todo lo que se refiere a comunicación con los demás. Emilia Jones, además de tener una voz preciosa y cantar de maravilla, encarna con autenticidad toda esta pesada carga llevada con dignidad y la tormenta interior que le plantea la disyuntiva entre quedarse al lado de su familia o volar por si misma en busca de un futuro que no sea pescar y acarrear pescado en una lonja a cambio de precios irrisorios.

También está francamente bien Troy Kotsur (ganador del Óscar a mejor actor secundario) encarnando al padre de la familia, un hombre divertido y socarrón que parece no tomarse nada en serio, pero con una gran carga de humanidad. Igualmente conmovedor es el trabajo de Marlee Matlin (de quien poco hemos sabido desde su ya lejano Óscar a la mejor actriz por Hijos de un dios menor) o el de Daniel Durant en el papel del hijo mayor, eternamente frustrado por haber perdido el rol de hijo principal en manos de su hermana pequeña. El reparto se completa con el elemento romántico al que da vida el joven Ferdia Walsh-Peelo (uno de los protagonistas de El amor en su lugar de Rodrigo Cortés) y el querible personaje del profesor de música interpretado por Eugenio Derbez.

Con una realización exquisita, la directora (y guionista) Sian Heder, conduce sin titubeos la película por todos los caminos que llevan a conmover mediante una atinada dosificación de las risas y las emociones. Lo dicho, una película concebida para agradar, para ser amable, para lanzar un mensaje integrador pero, en ningún caso, para ganar el Óscar a la mejor película. Unirá su nombre a Lo que el viento se llevó, Qué verde era mi valle, Casablanca, Eva al desnudo, Lawrence de Arabia, El Padrino, Memorias de África, La lista de Schindler… mejor no seguir.


¿Qué te ha parecido la película?

CODA: Los sonidos del silencio

8

Puntuación

8.0/10

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