Crítica de ‘El amor en su lugar‘: Amor, teatro y vida para una película magistral de Rodrigo Cortés

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
El amor en su lugar

El amor en su lugar (Love gets a room) se abre con un plano del cielo. La cámara desciende y nos muestra un muro que divide la ciudad de Varsovia en dos, a un lado pasa el tren, al otro, la gente se arremolina mientras corre no se sabe muy bien hacia donde. Estamos en el gueto donde los nazis confinaron a principios de 1942 a unos 400.000 judíos polacos. Una joven aparece en plano y se sube en un “taxi” a pedales al que pide que la lleve al Teatro Femina. Durante los siguientes once minutos, Rodrigo Cortés filma un prodigioso plano secuencia mediante el cual sitúa al espectador en contexto, presenta a los personajes y, una vez que la joven protagonista llega al teatro, da inicio a la trama argumental de una película excepcional y, sin que sirva de desdoro a sus obras anteriores, su mejor largometraje hasta la fecha.

El propio Cortés firma un guion coescrito junto al célebre novelista alemán David Safier que saltó a la fama en 2007 con «Maldito Karma». Ambos se basan en la obra del escritor polaco Jerzy Jurandot que vivió en el gueto de Varsovia y fue una de las afortunadas 50.000 personas que logró salvar la vida al evitar ser deportado a los infaustos campos de exterminio que tan bien conocemos gracias a los documentales, la literatura y el cine.

Todo el largometraje se desarrolla en una noche de enero de 1942 durante la cual una modesta compañía teatral pone en escena la obra El amor en su lugar en el Teatro Femina de Varsovia, un teatro que estaba dentro del gueto y del que, en la vida real, Jerzy Jurandot fue director artístico y literario. Al frente de la compañía se encuentra el autor de la obra Patryk (Mark Ryder) que tiene un plan para huir del gueto junto a Stefcia (Clara Rugaard) de quien sigue enamorado a pesar de haber roto la relación y que ella esté, a su vez, enamorada de Edmund (Ferdia Walsh-Peelo), otro de los actores de la compañía.

El film pone el amor como tema central situándolo en un contexto en el que todos sus determinantes están condicionados por el peligro, por la dificultad de amar cuando lo que amenaza es el hambre, el frío, la enfermedad y, en última instancia, la muerte. Es decir, no estamos ante una exaltación del amor como sentimiento primario tantas veces idealizado por la música, la literatura y el cine. Lo que Cortés y Safier proponen (Jurandot mediante) es un tratado sobre el «amor como lucha» frente al «amor como sacrificio» cuya máxima expresión es la renuncia al ser amado para salvar su vida. De fondo figura la eterna disyuntiva sobre qué es más importante ¿amar o ser amado?

A partir del comienzo de la función, el profundo drama de la vida real se mezcla con el argumento de la obra representada que, en contraposición, es una alegre comedia musical de tono romántico pero con una ácida crítica a la inoperancia del funcionariado judío y, por supuesto, a la dura situación de la Varsovia ocupada. Vida y teatro se van fundiendo en un todo armónico gracias a la precisión de un guion impecable y, especialmente, a la portentosa dirección de un Rodrigo Cortés cuya cámara, en permanente movimiento, gobierna el transcurrir de la narración y vehicula las emociones hasta un clímax argumental y emocional muy potente.

El montaje, también obra del propio Cortés, establece ese permanente diálogo entre vida y teatro al que no es ajeno la hermosa banda sonora de Víctor Reyes, una partitura que se completa con una decena de (muy bonitas) canciones compuestas por el propio Víctor Reyes y Jerzy Jurandot. La fotografía de Rafael García se desdobla entra la frialdad de los exteriores y la calidez del escenario iluminando excepcionalmente todo lo que ocurre en la penumbra de las bambalinas, que no es poco.

Todo el reparto funciona a la perfección ensamblados como una auténtica compañía teatral en la que, a pesar del carácter coral de la película, destaca la joven Clara Rugaard cuyo rostro llena la pantalla cada vez que está en plano.  El resto son intérpretes poco conocidos salvo Henry Goodman y Magnus Krepper.

El amor en su lugar está, sin duda alguna, entre lo mejor del cine español de este 2021 a punto de terminar, sin embargo, ha sido inexplicablemente apartada de las nominaciones a los principales premios patrios, ni los Goya (salvo en alguna categoría artística) ni los Forqué la han tenido en cuenta. Al menos los Feroz han reconocido la dirección de Rodrigo Cortés, el guion de Cortés y Safier y la música de Víctor Reyes. Cierto es que las (tardías) fechas de estreno no han ayudado, pero ver su ausencia y algunas presencias provoca, cuando menos, sonrojo.


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El amor en su lugar

9

Puntuación

9.0/10

3 comentarios en «Crítica de ‘El amor en su lugar‘: Amor, teatro y vida para una película magistral de Rodrigo Cortés»

  • el 6 diciembre, 2021 a las 23:29
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    Sin duda, no sólo la mejor película del año, si no de los últimos años en España. Vergonzoso la actitud de críticos y académicos que siempre van al sol que más calienta…La cosecha del cine español este año y los anteriores raya entre lo corriente y lo vulgar. Sin lugar a la duda, está película podría competir por los Oscar por todo y no fijarlo todo al apellido Bardem… Así nos va.

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  • el 8 diciembre, 2021 a las 12:32
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    No tenía ni idea de su existencia, la veo sí o sí

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  • el 12 diciembre, 2021 a las 14:04
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    La he visto, fantástica en la forma, desoladora en el fondo. Durante toda la película me asaltaba la pregunta de por qué los judíos permitieron que les hicieran algo así, creo que Hannah Arendt en algún momento contestó con mucha controversia está cuestión.

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