Crítica de ‘Belfast‘: Kenneth Branagh convierte su infancia en una obra maestra

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Belfast

Sobrepasados los sesenta años, Kenneth Branagh ha dejado por un momento a su querido Shakespeare u otras adaptaciones literarias y la dirección de impersonales películas de éxito para sacar de sí mismo el material con el que hacer su película más honda, más humana y más bonita. Sí, no le tengamos miedo a este adjetivo de resonancias infantiles, Branagh ha filmado una película extraordinariamente bonita.

La honestidad del film empieza en el título mismo, Belfast es, ante todo, una carta de amor y desamor a Belfast, su ciudad, y desde la radiante y contemporánea secuencia de apertura que termina desvaneciéndose en el blanco y negro de agosto del 69, Branagh vuelve su mirada hacia atrás en el tiempo para retratarse a sí mismo como un niño en permanente estado de juego.

Y es esa mirada, la del Kenneth Branagh adulto, la que da inicio al film a través de una cámara subjetiva que se desliza por la calle donde el pequeño Buddy (Jude Hill), espada y escudo en ristre, se dedica a matar dragones imaginarios. A partir de ahí, Branagh involuciona para mostrarnos la vida a través de los ojos de su pequeño alter ego, un niño luminoso y tierno que, en apenas segundos, se agarra al corazón del espectador para no soltarlo durante el resto de la película.

Buddy asiste atribulado a los turbulentos disturbios de unas calles en las que, hasta ese momento, católicos y protestantes habían vivido en paz. Con este iniciático baño de realidad, descubre por primera vez que en la vida hay encrucijadas en las que uno ha de elegir su camino, pero ¿qué camino elegir?, ¿cuál es el bueno y cual el equivocado? Este primer dilema vital se diluye entre su colección de coches en miniatura, los tebeos de Thor y el descubrimiento de un amor tan intenso y lacerante como solo puede serlo el primer amor infantil.

Y alrededor de Buddy orbita el otro elemento nuclear de la película: la familia como ente que trasciende los meros vínculos biológicos para ser el refugio en el que cobijarse y encontrar, por encima de todo, el amor incondicional de su madre (maravillosa Catriona Balfe), la honesta complicidad de su padre (el mejor papel de Jamie Dornan en su carrera) o los consejos sabios y socarrones de sus entrañables abuelos (Ciaran Hinds y Judi Dench).

Todos estos personajes están escritos con mimo en un guion que, a pesar de la carga dramática, no se desprende en ningún momento del humor como ingrediente esencial de una película en la que Branagh, el guionista y el director, vehicula a través de Buddy un continuo homenaje a su educación vital y cultural incluyendo, como no podía ser de otra manera, las primeras semillas de su amor por el teatro y el cine a través de títulos tan icónicos como El hombre que mató a Liberty Valance, Chitty Chitty Bang Bang o Solo ante el peligro cuya inolvidable canción  “Do Not Forsake Me, Oh My Darlin” sirve de acompañamiento sonoro y argumental a un par de secuencias del film.

Branagh dirige ejerciendo una inteligente dialéctica del plano y las secuencias. Detrás de cada encuadre hay una decisión que obedece con la misma disciplina al ideario estético y al narrativo. Esto hace que 98 minutos sean suficientes para filmar su historia, algo muy agradecible en estos tiempos en los que muchos directores han perdido la capacidad de sintetizar y conducir el relato en unos márgenes razonables. En Belfast asistimos a una permanente lección de puesta en escena, planificación cinematográfica y dirección de actores. Todos brillan en un reparto excelso, pero resulta difícil no destacar a Catriona Balfe en una interpretación tan enérgica como conmovedora, personificando el desarraigo como el gran tema de la película; y a un enternecedor y divertidísimo Ciaran Hinds. Lo de Judi Dench es harina de otro costal, no tiene demasiada presencia, pero cada vez que aparece en plano, Belfast se torna mayúscula. En cuanto al niño, Jude Hill, estamos ante la presencia infantil más carismática del cine de los últimos años. Aquí está perfecto, lo que pueda dar de sí como actor en el futuro, el tiempo lo dirá.

Unamos a todo esto la preciosista fotografía en blanco y negro de Haris Zambarloukos y que Branagh ha sazonado su película con una nutrida selección musical de altura entre la que pueden oírse hasta nueve temas de ¿quién si no? Van Morrison, el mismísimo «León de Belfast». Además suenan «Everlasting Love» de Love Affair o «Real Love» de Ruby Murray que contribuyen al tono desenfadado de una película que roza la perfección en cada aspecto de la producción.

Colocar Belfast en el escalafón de la filmografía de su director exige hacer comparaciones tan impertinentes como innecesarias,  algunas de sus adaptaciones de Shakespeare son mayúsculas, especialmente la versión integra de su Hamlet (1996), pero lo que resulta indiscutible es que Belfast es, desde hoy y para siempre, su película, la película con la que Kenneth Branagh entona un canto a la tolerancia para saldar cuentas con su ciudad y rendir homenaje «a los que se quedaron, a los que se fueron y a todos los que se perdieron».


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Belfast

10

Puntuación

10.0/10

2 comentarios en «Crítica de ‘Belfast‘: Kenneth Branagh convierte su infancia en una obra maestra»

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