Crítica de ‘Dragon ball Z: La batalla de los dioses’: Secuela poco conclusiva de la serie

Las críticas de Óscar M.: Dragon ball Z: La batalla de los dioses
Veía Bola de dragón desde que fue censurada en televisión (por ser considerada el summum de la violencia), desde que se cambiaban cromos y tarjetas compradas en los kioskos a la salida del colegio y me considero fiel seguidor (que no experto) de la serie, así que el estreno de una nueva película y continuación la serie sólo me transmitía temor y reticencia.
Más después de haber visto cómo Papá Toriyama abandonaba el barco a tiempo, cuando pasó a llamarse Dragon ball GT y comenzó a redundar y “reciclar” argumentos y villanos, o cómo la serie se “rellenaba” con capítulos insufribles que la hacían eterna (la serie casi alcanzó al manga) o se inventaban mini-tramas autoconclusivas (incluid aquí las historias de Garlick Jr.).

Además, porque el protagonista había alcanzado un poder (casi siempre del mismo modo: entrenando y con un evento que le hace pasar al siguiente nivel) inigualable al de cualquier enemigo, por mucho que presumieran. Pero ahora llega Akira 17 años después, obvia las tramas de GT y las películas (¡gracias! No hubiera soportado volver a ver a Goku como Super guerrero-Pantera rosa), participa en el guión y en el trasfondo de un nuevo personaje que es superior a todos los villanos que hemos conocido en la serie.
Y aunque el propio Toriyama era un experto en reciclar historias y villanos (porque es evidente que Célula es Freezer 2.0, con sus transformaciones incluidas, y que Boo es una mezcla de ambos, también con varias transformaciones y absorciones de otros personajes), ahora que aparezca un gato-hombre morado que se autodenomina “Dios de la destrucción” (poco pretencioso él) no apetece nada.
El resultado es una secuela directa de la serie, más cómica que las últimas sagas y más cercana a los inicios (cuando las bromas y el tono infantil reinaba por encima de los niveles de Super guerrero), con guiños y referencias a muchos personajes y situaciones anteriores, y que mezcla el dibujo artesanal de la serie con texturas hechas por ordenador (la combinación no queda muy bien, aunque no es molesta y sólo se ha reservado para el agua o las rocas, y en contadas ocasiones para la animación).
Sin embargo, la trama se queda algo corta, el final es excesivamente abierto y el enemigo (que no villano) se queda a medio camino, centrándose más en el apetito de Bill (copia-plagio de las aventuras de Boo convirtiendo a la población mundial en galletas) que en la batalla contra Goku y sus amigos, y dejando muchas cosas en el tintero sin explicación (como el ayudante de Bill, la fuerza de Vegeta, el origen del poder final de Goku, o porqué Bill no conoce a Boo pero sí a Freezer), ¿ya pensando en la secuela amigos de Toei?.
Las aportaciones musicales son un tanto extrañas, por un lado contiene la típica música instrumental similar a la que se usaba en la serie, pero también hay un par de canciones excesivamente parecidas a otras producciones de anime, que desentonan con el estilo general de la serie.

Pero obviando estos detalles, Dragon ball Z: La batalla de los dioses es entretenida, divertida (lástima que no llegue al nivel de la parodia española “Dragon fall”) y superior argumentalmente a otras películas de la serie que se centraban en batallas interminables (elevaciones de poder incluidas) contra familiares o allegados como villanos de turno (y de pacotilla) que caían frente al todopoderoso Goku.

Por último, recomiendo a los espectadores que se queden en la sala durante los títulos de crédito finales, no sólo por poder oír la versión original de la canción de la cabecera de la saga Bola de dragón Z, si no porque son un auténtico homenaje a los seguidores de los cómics.

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