Crítica de ‘Ana de día’: La vida es un cabaret

Las críticas de Daniel Farriol:
Ana de día

Ana de día es un drama psicológico español con elementos fantásticos que está escrito y dirigido por Andrea Jaurrieta. La historia sigue el trayecto vital de Ana, una joven formal y educada en una familia tradicional que un día descubre que tiene una doble idéntica que ha ocupado su lugar. Entonces, decide desaparecer e iniciar una nueva vida con el nombre de Nina. Está protagonizada por Ingrid García Jonsson (Veneciafrenia, Explota, Explota), Mona Martínez (Las niñas de cristal, La maniobra de la tortuga), Fernando Albizu (El buen patrón, Rumbos), Álvaro Ogalla, Iñaki Ardanaz, Mamen Godoy, Iván Luis y María José Alfonso. La película estuvo a competición en la Sección Oficial del 21 Festival de Málaga y se estrenó en salas comerciales el día 9 de Noviembre de 2018. Ahora puedes verla dentro del catálogo de Netflix desde el 13 de Mayo de 2022.

4 años después

Ana de día es un interesante drama psicológico que utiliza el elemento fantástico como parte de una alegoría que se interroga sobre la búsqueda de la identidad en la sociedad actual. Esta película realizada en 2018 se convirtió en el sorprendente debut de la pamplonesa Andrea Jaurrieta tras 8 años de intentar sacar adelante el proyecto mientras despuntaba con diversos trabajos en el mundo del cortometraje. Su puesta de largo (nunca mejor dicho) tuvo lugar durante la edición 21ª del Festival de Cine de Málaga donde tuve la suerte de presenciar esa primera proyección y sentir, de inmediato, que detrás de la cámara había una mirada autoral seductora que había que seguir explorando en sus siguientes trabajos. Por desgracia, han transcurrido más de 4 años y la directora aún no ha podido presentar el que será su siguiente trabajo, aunque es bien sabido que lleva varios años preparando Nina, un particular wéstern feminista que si todo va bien podrá rodar a finales de este año.

Ahora que su ópera prima ha recalado dentro de la vorágine de contenidos de Netflix he tenido tiempo de rescatarla para revisitarla de nuevo desde mi casa y puedo asegurar que he sentido emociones bastante parecidas a las que me asaltaron cuando la vi por primera vez junto a un público malagueño que en su momento creo no terminó de comprender la propuesta del todo. Está claro que se trata de una obra imperfecta, a veces incluso errática, pero también es justo valorar su capacidad de arriesgar y ese tono inconformista que está repleto de ideas aprovechables tanto en la visual puesta en escena como en el enfoque de una historia introspectiva que profundiza en la dualidad suburbana de las emociones humanas.

De la insatisfacción al deseo

Ana de día es un apasionado ejercicio cinéfilo que a menudo sucumbe ante su propia ambición narrativa, inversamente proporcional a un presupuesto reducido que se completó mediante crowfunding ante la negativa de televisiones y varios estamentos públicos a invertir en el proyecto. La trama nos presenta a Ana (Ingrid García Jonsson), una chica normal con una vida normal. Está a punto de terminar su doctorado en derecho, la vemos realizar una entrevista laboral para entrar a formar parte de una empresa y también sabemos que tiene planes de boda para el año siguiente. Entonces, ¿qué problema tiene? No es feliz y no se siente realizada en su vida. Ana es parte del estereotipo medio que muestra la insatisfacción imperante en una generación cuyos objetivos no encajan con lo políticamente establecido por la maquinaria social que ya tiene marcado cuál debe ser nuestro destino.

Todo se complica y desmorona el día en que Ana descubre la existencia de una doble exacta a ella que ha ocupado su lugar sin que nadie de su entorno familiar se haya dado cuenta. Lejos de intentar reestablecer la situación, lo asume como una oportunidad única para desaparecer del mapa y reinventarse a sí misma bajo el nombre de Nina. Para ello se alojará en una pensión lejos de los suyos donde iniciará una nueva vida junto a otros huéspedes que huyen de sus propios demonios y empezará a trabajar como bailarina en un cabaret de mala fama donde explorará el lado oscuro de la noche y el deseo.

El desdoblamiento como acto de reconocimiento

Hay cierta indefinición temática en Ana de día al apuntarse diversas situaciones estimulantes que no acaban por concretarse a través de los personajes secundarios que, en muchos casos, poseen bastante más enjundia que la propia protagonista. Me refiero, por ejemplo, a Sole (Mona Martínez), la dueña de la pensión, a El Maestro (Fernando Albizu) o a Madame Lacroix (María José Alfonso), todos ellos son testigos de una vida en decadencia donde los sueños perdidos ya ni siquiera forman parte de los recuerdos. El filme prefiere decantarse por la incertidumbre que siente Ana/Nina para hablarnos del desdoblamiento de la personalidad como una forma explícita de examinar nuestro lado oculto o, si se prefiere, salvaje. Es un viaje de autoreconocimiento y aceptación sobre cuál es nuestro verdadero yo teniendo que escarbar bajo las distintas capas de mugre moralista con las que desde pequeños nos han ido cubriendo el pensamiento para obligar a autocensurarnos.

La película se inicia con el misterioso descubrimiento del doppelgänger en una especie de variación de la fabulosa Enemy (Denis Villeneuve, 2013), pero pronto se abandona la intriga de lo irreal para centrarse en aspectos más íntimos, aunque la magistral secuencia final pone en orden ambos estudios del personaje: el realista y el metafísico. Jaurrieta nos muestra con detenimiento como se tambalea el mundo (im)perfecto de la protagonista, interpretada con sobriedad por Ingrid García-Jonsson (de la que siempre digo le sientan mejor los papeles dramáticos que los cómicos). La directora no ofrece demasiadas explicaciones sobre cuáles son las motivaciones que llevan al personaje a cambiar drásticamente de rumbo, prefiere que sea el público quién llene los huecos del pasado para comprender esa precipitada huida hacia ninguna parte.

Ensayo y error

Uno de los aspectos más sugerentes de Ana de día es asistir a ese descenso a los infiernos de los bajos fondos de la gran ciudad para encontrarnos un submundo nocturno, contradictorio y desacomplejado en el que habitan almas solitarias, escapistas y otros animales mágicos sin collar. Jaurrieta huye de forma consciente de los pasajes más sórdidos y observa a sus personajes desde el cariño, otorgándoles suficiente dignidad para que se expresen a partir de una libertad decadente que queda perfectamente escenificada en el interior de la pensión de barrio y, en especial, en las bambalinas de un teatro de variedades como espectáculo en proceso de extinción. El teatro siempre es una útil y hermosa metáfora de la vida con la contraposición de lo que sucede dentro y fuera del escenario. «La vida es un cabaret» cantaba Liza Minnelli en aquella inolvidable película de Bob Fosse.

Se podría decir que toda esta parte está plagada con elementos «de ensayo y error», no echando toda la carne en el asador en la deriva emocional de la fracturada protagonista. Sin embargo, la película desprende un magnetismo incierto que te obliga a seguir observando la pantalla con la misma mirada voyeurista que poseen los clientes que acuden al cabaret. Los referentes estéticos de Ana de día son claros y la mayor influencia que podemos encontrar es la enigmática Belle de Jour (Luis Buñuel, 1967), aunque también hay detalles escénicos que pertenecen al universo de David Lynch, al cine cupletero español de los años 50-60 o al cine indie español en la órbita de Carlos Vermut o Pablo Hernando.


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Ana de día

7

Puntuación

7.0/10

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