58 SEMINCI. Sección Oficial. ‘Papusza’: Maldición y alma de una raza

Las críticas de Carlos Cuesta en la 58 Seminci: Papusza

Cuesta mirar al pueblo gitano sin recibir de vuelta una imagen colectiva aunque se busque una visión individual. Se trata de una raza hermética, independiente, sometida a prejuicios que me empujan a sojuzgar a todos por un mismo patrón; también a estereotipos que acaban no siéndolo y resultan ser incontestables verdades. Papusza aborda esa tarea complicada, la de observar la cultura romaní para extraer al mismo tiempo una idea objetiva de un colectivo y de una de sus figuras más notables, Papusza, gitana polaca que aprendió a leer y a escribir (cosa peculiar entre los gitanos de su país en los años 20) y que expresó el sentir de la nómada existencia de su gente en varios libros de poemas.

El comienzo de la película ya nos muestra a esta mujer (Jowita Budnik) como alguien llamada a ser distinta entre los suyos. A través de las idas y venidas en el tiempo (saltando entre su infancia, su madurez y su vejez) se nos muestra lo que ella tiene de distinto, de particular, para comprender la generalidad. El poeta Jerzy Ficowski (Antoni Pawlicki) convivió con una caravana nómada huyendo de un contencioso con la justicia y fue quien animó a Papusza a que escribiera y expresara sus hondas, emocionadas y sencillas reflexiones sobre una raza siempre en movimiento, sin destino ni memoria. La obra de Ficowski sobre los gitanos y los poemas que ella editó a través del autor le valieron a la mujer el ostracismo y el destierro, acusada de haber desvelado los secretos de su gente.

De Papusza me gusta la forma en que retrata a este conjunto de personas alegres, osadas, machistas. libres, al margen de la ley, cerrados, orgullosos y afianzados a su cultura porque no cae en la crítica inútil ni se ladea para satisfacer a los gitanos que pudieran ver la película. Se nos ofrece una imagen seguramente imparcial de una raza en una recreación sensacional, verosímil, viva y auténtica. Cabe lamentar que la anomalía literaria de la protagonista se diluye en la intensa experiencia de la vida libre, en el testimonio de un tiempo y de un pueblo diferente.
Los poemas de Papusza susurran en algunas escenas, su mente no puede parar de crear ni de sacar al exterior sus reflexiones. Por eso cuando su actitud se convierte en destierro, la necesidad del silencio enfrentada a su ansia de expresarse se torna locura. Sus hermosos poemas mezclan el victimismo romaní con esa noción de maldición y orgullo por horadar la tierra con sus pasos. La letra del tema musical que cierra la película llega a las entrañas.
Pero si estoy de acuerdo con el testimonio, con el fondo y con la manera de dirigir a los actores por parte de Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze, no lo estoy tanto con la presentación de la imagen. Los fabulosos escenarios al aire libre y los lugares donde los personajes desarrollan sus vivencias son fotografías planas. Parece una obviedad decirlo porque la fotografía siempre es plana y el cine, salvo gafas de dos colores, es bidimensional, pero la sensación de tener a actores interpretando frente a trampantojos teatrales es continua. Llegué a tener la sensación de pasar las hojas de un álbum de fotos cuyos personajes estuvieran en movimiento.
Es comprensible la cantidad de vistas generales y panorámicas que hay en la película para transmitirnos esa sensación de libertad, de apertura, de inmensidad, pero la intensidad del relato se nos escapa en el espacio y en la duración de los planos, como si encendiéramos la calefacción y si se nos fuera el calor al abrir las ventanas. Los planos amplios, colectivos, son un reflejo de lo que hablaba antes, de ese sacrificio de lo individual. Como consecuencia creo que a la película le falta ritmo, saltar de un plano a otro antes de que se le agote la vida, para acercarnos al detalle del sentimiento o buscar una correspondencia más próxima de los gestos. Lo colectivo, lo general, lo inmenso, devora lo concreto, lo particular, lo pequeño.
En Papusza se echa en falta un poco de Papusza; no terminamos de digerir ni la cantidad ni la calidad de todo lo que escribió porque la película lo convierte casi en anécdota. Vamos y venimos en el tiempo a lo largo del metraje con la sensación de que la mujer se ha convertido en una secundaria de su propia historia y que la conclusión de la película la deja un tanto al margen, como si sólo hubiera sido una piedra en el camino de la historia gitana en vez de una figura excepcional.

La historia de esta mujer me atrapa y la interpretación de Jowita Budnik me enternece y me ayuda a creer más en lo que cuenta la película, pero el montaje me pierde y me hace dudar de cuál es el propósito de la película, cuál es su tesis. No podemos dudar sin embargo del valor casi documental de Papusza, el cariño y la profesionalidad con la que se nos ofrece. Creo que sólo falta concretar un poco el propósito, amarrar su espíritu nómada.

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