lunes, septiembre 25, 2023

Ciclo Shôhei Imamura: Crítica de ‘La balada de Narayama’ (1983)

Las críticas de Daniel Farriol:
Ciclo Shôhei Imamura
La balada de Narayama (1983)

La balada de Narayama (Narayama Bushi-ko / The Ballad of Narayama) es un drama japonés que está escrito y dirigido por Shôhei Imamura, adaptando una novela de Shichirô Fukazawa. La historia nos muestra la cruel tradición que dice que al alcanzar los 70 años los ancianos deben abandonar el pueblo para ir a morir a la cima de la montaña Narayama. Orin, la cabeza de familia, está a punto de cumplir esa edad, pero antes de cumplir con la tradición debe encontrar una mujer para su hijo. La película es un remake de Narayama bushiko (Keisuke Kinoshita, 1958). Esta versión está protagonizada por Ken Ogata, Sumiko Sakamoto, Tonpei Hidari, Aki Takejô, Shôichi Ozawa, Fujio Tokita, Mitsuko Baishô, Seiji Kurasaki y Junko Takada.

Cruel sacrificio

La balada de Narayama supuso el espaldarazo definitivo para que Shôhei Imamura fuese reconocido mundialmente más allá de los circuitos críticos especializados. La película se alzó en 1983 con la Palma de Oro en Cannes, una edición compartida con cineastas del calibre de Andrei Tarkovsky, Martin Scorsese, Peter Weir, James Ivory, los españoles Carlos Saura y Víctor Erice, y otros con los que su manera de ver el cine está de alguna forma emparentada, como el naturalista francés Robert Bresson con El dinero (1983), o su compatriota japonés Nagisa Ôshima con Feliz Navidad, Mr. Lawrence (1983). Sin ser la mejor obra del cineasta, la repercusión mediática que le otorgó ese premio, unido al apoyo de críticos estadounidenses de renombre como Steven Schneider y Roger Ebert, la ha convertido en una de las suyas más valoradas siendo nombrada de forma habitual en los listados de mejores películas de la historia del cine.

La novela de Shichirô Fukazawa en que se basa, al igual que la primera adaptación al cine de Keisuke Kinoshita, están centradas en la historia de Orin (Sumiko Sakamoto), esa mujer de 69 años decidida a obedecer la tradición del pueblo que dice que al cumplir los 70 debe ser llevada por su hijo primogénito hasta la cima del monte Narayama para morir allí. Esa costumbre tan cruel es una manera de acelerar el cambio generacional en un lugar sacudido por la miseria para que así las familias pobres tengan que preocuparse de alimentar una boca menos cuando ya no resultan productivas para la familia.

La novela fue escrita en 1956, pero su temática de fondo sigue teniendo vigencia como vemos en el debate actual sobre la falta de sostenibilidad del sistema de pensiones o en la falta de cuidados a nuestros mayores en una sociedad cada vez más desmemoriada e individualizada. De hecho, en 2022, la película Plan 75 de otra directora japonesa, Chie Hayakawa, albergaba una idea parecida en su distopía acerca de unos ancianos forzados al suicidio asistido por parte de las autoridades gubernamentales al cumplir los 75 años.

La balada de Narayama

La vida rural y la vida animal

Sin embargo, la adaptación que hace Imamura de La balada de Narayama abarca muchos otros temas que no estaban en la historia original y que la conectan con las habituales obsesiones de su cine acerca de la sexualidad, el salvajismo de la condición humana o el rol de la mujer en la sociedad japonesa. La mirada etnográfica del director hace un estudio detallado de la vida rural más extrema a través de personajes cuyas emociones les conectan a un primitivismo atávico que el cineasta utiliza para equiparar la vida humana a la vida animal. En muchos momentos, el filme parece más un documental naturalista que una película de ficción, manteniendo un extraño equilibrio entre realismo, lirismo y zafiedad.

Esa comunidad miserable anclada en tradiciones ancestrales está estrechamente relacionada con la parte inicial de La mujer insecto (1963) o con la isla polinésica de El profundo deseo de los dioses (1968), pero el exotismo recalcitrante que desprenden sus imágenes probablemente fuese lo que impactase a los que la vieron en Cannes, especialmente, si no conocían sus trabajos previos. Imamura se muestra aquí más efectista y reiterativo en la comparación hombre-animal insertando constantes planos de animales que realizan acciones parecidas a los personajes humanos como copular o comerse al más débil.

En ese sentido, al principio de la película vemos una rata rodeada por una serpiente y en la parte final el reptil ya ha engullido al roedor. En otra de las primeras escenas, el hijo mayor de Orin, Tatsuhei (Ken Ogata), caza con su escopeta una liebre que le será arrebatada por un ave rapaz antes de que pueda acercarse a recoger la pieza. La ley de la selva, la lucha por la supervivencia. Son dos ejemplos que nos sitúan en un entorno de naturaleza hostil en el que conviven los personajes, sin embargo, lo más peligroso acaba siendo la propia acción de los hombres contra sus semejantes.

La balada de Narayama

Barbarie en imágenes

En una de las secuencias más brutales de La balada de Narayama, veremos a todos los hombres del pueblo ponerse de acuerdo durante la noche para ir a matar a una familia (incluida una mujer embarazada). Es el castigo por haber sido descubiertos robando comida y parte de la cosecha de sus vecinos, así que los llevarán a rastras hasta un agujero previamente cavado donde los sepultarán vivos. Imamura mantiene su cámara fija en un plano general, obligándonos a contemplar la ejecución completa sin cortes, quiere enfrentarnos a lo irracional y primitivo que es el ser humano.

No será ese el único ejemplo de acciones bárbaras efectuadas por estos «santos inocentes japoneses». También al inicio, un bebé recién nacido será lanzado al río y veremos su cadáver flotando en el agua que riega los arrozales. La aldea es un lugar donde la vida y la muerte no importan, son dos caras de una misma existencia. La explicación a esa brutal imagen es que los varones nacidos en familias numerosas solían ser sacrificados al suponer una boca más para alimentar, en cambio, si hubiera nacido niña podrían haberla vendido y sacar un beneficio para el resto de la familia.

La estudiada visión entomológica de Imamura le permite mostrar el proceso de deshumanización de sus humanos-insectos a través de un arraigo exacerbado de la vida en comunidad con el tradicionalismo y las creencias religiosas arcaicas. Es algo de lo que el director suele hablar en todas sus películas para criticar sin tapujos a la sociedad japonesa de posguerra que avanzaba a pasos agigantados en su progreso económico sin dejar atrás un pensamiento conservador que él consideraba obsoleto e hipócrita.

La balada de Narayama

Sexualidad violenta y sarcástica

El sexo vuelve a ser en La balada de Narayama un punto de apoyo para las tesis de Imamura. Nos enseña a hombres asilvestrados incapaces de renunciar a sus instintos más básicos y a mujeres que deben lidiar como pueden con ellos. El hermano apestoso al que todos repudian alivia su libido con el perro de una vecina hasta que consigue que una anciana se preste a acostarse con él en un acto casi misericordioso, mientras que otra mujer del pueblo debe acostarse con los hijos menores de todas las familias del pueblo como último deseo expresado por su incestuoso padre en el lecho de muerte para así liberar a la familia de una presunta maldición (veremos a uno de esos hombres rezando ante las partes púdicas de la mujer como agradecimiento a un ser supremo).

Las escenas de carácter sexual en el cine de Imamura siempre tienen un componente violento o, por contra, asumen un tono sarcástico como suceden en varias de esta película. Era su forma de incidir en la animalidad indisoluble a la debilidad de los hombres y, al mismo tiempo, provocar un sacrificio fortalecedor en sus personajes femeninos. De todas formas, el tratamiento de estas escenas no está exento de cierta polémica por la ambigüedad morbosa con que solía filmarlas.

La balada de Narayama

La subida a la montaña

La balada de Narayama tuvo unas condiciones de rodaje tan extremas como la propia vida rural representada en las imágenes del poblado. Todo el equipo se desplazó hasta un lugar remoto en las montañas en busca de un naturalismo exagerado que tuvo que adaptarse a las dificultades del terreno y las condiciones climáticas (para algunas escenas se esperó a que nevase realmente para filmarlas sin utilizar nieve artificial). En pos de ese cinéma vérité la protagonista Sumiko Sakamoto decidió extraerse cuatro dientes para dotar de mayor realismo a su personaje en la escena que decide romperse su dentadura contra una piedra para demostrarle a todos que es una anciana débil que merece morir al caérseles los dientes. Que Imamura permitiese algo así como director demuestra que prefería defender hasta las últimas consecuencias la consumación de sus ideas por encima del bienestar de los actores con los que trabajaba.

Entre tanta miseria y suciedad moral, la cámara de Imamura encuentra la manera de transmitir la bella brutalidad del paisaje, en especial, durante un impactante último acto en que nos muestra el dificultoso ascenso a la montaña con Tatsuhei llevando a cuestas a su madre para cumplir su deseo de morir allí. Ese fragmento de la película es precisamente el más recordado y elogiado por los críticos, también es la parte más fiel al libro. El director se recrea en la ascensión sin prisas, despojando la acción de diálogos, para consumar una verdadera simbiosis entre hombre y naturaleza en su esencia más espiritual, sin por ello renunciar a la atrocidad de lo que cuenta.

Impresiona mucho ver la llegada a la cima de la montaña convertida en un cementerio de ancianos abandonados donde Orin se despedirá de su hijo y quedará rodeada de esqueletos de aquellos que le precedieron junto a numerosos cuervos que revolotean alrededor esperando su muerte. Sin embargo, un lugar que desprende hedor a muerte transforma la despedida del hijo en algo especialmente emotivo y la caída de la nieve le otorga al momento un lirismo poético de asombroso misticismo que parece contradecir el escepticismo habitual del cine del director. No aparece el Dios de la montaña, pero sí la nieve, tal y como predecía una canción popular que suena con anterioridad.

La balada de Narayama

Afrontar vida y muerte con dignidad

Pero La balada de Narayama es una película de Shôhei Imamura y el director japonés nunca tiene piedad al mostrar la inmundicia humana. Por eso, tras ese instante de afecto maternofilial tenemos otra de las secuencias más salvajes de la película. Durante el descenso que hace Tatsuhei en la montaña se topará con un vecino que ha llevado allí a su padre, también septuagenario, pero la despedida será muy distinta. Ya habíamos visto en momentos anteriores cómo el anciano vivía asustado ante la inminente llegada de su muerte y cómo su hijo lo maltrataba habitualmente, manteniéndolo atado en un rincón de la casa sin apenas alimentarlo. Al resistirse a subir a la cima para morir, el hijo empujará a su padre para que se despeñe y así librarse de él.

Imamura vuelve a mostrárnoslo todo sin apartar la mirada, esta vez, desde el punto de vista de Tatsuhei para contrarrestarlo a la despedida con su madre e hilar así un discurso sobre la necesidad de afrontar la vida y la muerte con dignidad. Él mismo ha estado traumatizado toda su vida por un hecho trágico de su infancia que está relacionado con su padre y la montaña, así que al aceptar el destino de su madre podríamos decir que se redime de sus fantasmas.

La balada de Narayama

Un filme emblemático que recupera temas recurrentes en la filmografía de su director

La balada de Narayama es un filme conscientemente desagradable y tremendista, a veces esperpéntico, en su representación de la vida rural en condiciones de miseria extrema. La idea principal de la película es obligar al espectador a intentar entender a unos personajes alejados de toda civilización para hallar similitudes en su comportamiento con los humanos civilizados, es decir, a través del proceso de deshumanización absoluto que sufren los aldeanos quiere poner en relieve las vergüenzas, el egoísmo y la estupidez también existentes en las sociedades modernas porque son aspectos consustanciales al desarrollo de cualquier persona.

La aparición de la nieve como elemento transformador o catártico, a menudo asociada a la muerte, es algo recurrente en el cine del director como ya pudo verse en Intento de asesinato (1964) o en La venganza es mía (1979). Así pues, el retorcido director recupera temáticas y situaciones ya escenificadas en películas anteriores para insistir en su retrato de hombres tremendamente frágiles al enfrentarse a sus deseos y miedos en contraste con mujeres mucho más fuertes que están tan acostumbradas a sacrificarse en un entorno patriarcal hostil que también son capaces de aceptar su destino con una honestidad que asusta.

La balada de Narayama es una de las películas más emblemáticas de su director, probablemente por la repercusión que tuvo la obtención de la Palma de Oro, pero aún siendo un filme repleto de imágenes impactantes acusa un exceso de reiteración en algunos postulados que el director supo recrear mejor o con mayor sutileza (una palabra poco afín al director) en otras propuestas que alberga su siempre provocadora filmografía.


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La balada de Narayama

8

Puntuación

8.0/10

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