Crítica de ‘Jackie’: Retrato íntimo de una viuda

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Jackie

Todos conocemos esa imagen. En un día soleado en Dallas, una mujer vestida con un Chanel rosa, se abalanza sobre el cuerpo de su marido que acaba de ser asesinado con un tiro en la cabeza. Es la muerte del presidente Kennedy, uno de los momentos históricos más importantes del siglo XX y uno de los que más teorías ha suscitado. El cine y la televisión ya lo ha tratado infinidad de veces en títulos como JKF, Acción ejecutiva, la serie de 1983 Kennedy o la de 2011 sobre el clan al completo. El foco siempre iluminando a la figura presidencial, desde una perspectiva política o desde las distintas teorías de conspiración. El papel de Jackie Kennedy, la joven viuda de 34 años, quedaba siempre relegado a un segundo plano casi decorativo en el magnicidio. Sin embargo, Jackie es un retrato intimista de la primera dama en sus tres primeros días como la viuda de América.

Con el nombre de Jackie y la premisa de su argumento, nos vienen a la mente fiascos cinematográficos como Diana o Grace de Mónaco, los dos biopics más recientes sobre reinas del papel cuché casadas con altos mandatarios (no, no he olvidado que Grace Kelly fue actriz antes que princesa), pero que eso no os empuje a un juicio preconcebido porque Jackie es el antibiopic.  

Pensada para la dirección de Darren Aronofsky que contaba con la actriz Rachel Weisz en el papel protagonista, el proyecto quedó en el limbo de la preproducción hasta que se optó por Pablo Larrain como el hombre de la batuta cuando, voluntariamente, Aronofsky se relegó al papel de productor. Un director chileno, con tan solo nueve películas en su filmografía, se haría cargo del retrato de una mujer más americana que la Coca Cola en un género en el que es difícil la libertad creativa. En Post Mortem, Larrain dirigía un drama que transcurría en los últimos días de Salvador Allende y en Neruda convertía un episodio de la vida del poeta en un thriller policiaco, pero Jackie era un retrato de la Primera Dama más famosa del siglo XX y él un extranjero poco amigo del biopic. Sin embargo, Jackie no es una biografía al uso, sino que relata tan solo tres días en la vida de la viuda de Kennedy, aquellos que transcurren entre el asesinato de su marido y el funeral de estado y, en lugar de centrarse en la inestabilidad política y el miedo en un país recién recuperado de la tensión de la crisis de los misiles, el foco la ilumina tan solo a ella, a su pérdida y su congoja. El resultado es una película de una intimidad anecdótica dentro de este género.

El guion de Noah Oppenheim (La serie Divergente: Leal, El corredor del laberinto) abre una ventana de tiempo específica dando por sentado que ya sabemos del personaje principal todo aquello que debemos saber. No hay flashbacks hacia la infancia de Jackie Kennedy, ni una gran historia de amor con su marido, eso sería buscar trampas en la simpatía del espectador, y no es lo que se pretende. Esta no es una oda a la protagonista, sino un vistazo a su dolor y a sus miedos. Porque Jackie se pasea entre la pena de una viuda y las aspiraciones de una Primera Dama preocupada por el legado de su marido y no sabemos qué papel pesa más en ella. Ese desorden emocional se refleja en la propia narración fragmentada del guion que salta de día en día, tan pronto estamos en Dallas como en el cementerio de Arlington o en el programa que la Primera Dama grabó para abrir y enseñar La Casa Blanca a los estadounidenses. Ese es el modo de enmarcar a esta mujer obsesionada con la huella que su apellido dejaría en la historia, con una visión caleidoscópica de ella que transforma la frialdad con la que orquesta el funeral de su marido con la histeria ante la perspectiva de quedarse sola.

Fue el propio Larrain quien propuso a Natalie Portman para el papel en un tiempo asignado a Rachel Weisz. La elección supone uno de los mejores trabajos en la filmografía de Portman. Rodeada por un elenco magnífico, comedido y que sabe delegar toda la fuerza en ella sin despreocupar sus papeles, Peter Sarsgaard, Greta Gerwig, Billy Crudup o el mismísimo John Hurt en uno de sus últimos trabajos, saben estar a la altura en las breves escenas que comparten con la protagonista, pero en todo momento permanecen difuminados, son solo el acompañamiento del instrumento principal. Y es que Natalie Portman no construye un personaje, sino que logra personificar a Jackie Kennedy de un modo casi camaleónico. Son sus andares, es su caída de ojos y, sobre todo, es esa voz tan peculiar, casi jadeante de la Primera Dama. Tras ver la película, merece la pena perder unos minutos viendo a la propia Jackie en su tour por la Casa Blanca para entender a qué me refiero. No se trata de una actriz siendo buena actriz, al fin y al cabo es lo mínimo que se ha de exigir de ella, es un trabajo de investigación y mimetización fascinante que no ha pasado desapercibido a la Academia que ha premiado a Portman con su tercera nominación a los Oscar.

Pero tal vez aquello que más aleja Jackie del biopic al uso es una factura técnica de delicadeza intensa. El francés Stéphane Fontaine se hace cargo de una fotografía que profundiza en los sentimientos de la protagonista, centrándose únicamente en ella, abundando los primeros planos en búsqueda de una sensación claustrofóbica que combine con la constricción de una mujer que aún se debe a un país y siente los ojos de la opinión pública fijados en ella. Completa esa profundidad en el personaje la impresionante banda sonora compuesta Mica Levy (Under the Skin), hechizante y extraña que acompaña la pena de la protagonista en la pieza introductoria con sus notas que descienden como suspiros y sabe expresar el choque entre la tristeza íntima y el personaje público en temas como Autopsia, donde la melancolía de la cuerda se interrumpe con redobles de tambor súbitos.

La mejor baza de Jackie es su falta de convencionalismos cinematográficos, ante la tentación de retratar a la gran mujer detrás del gran hombre que ha trillado el cine, Pablo Larrain opta por la imperfección humana, el miedo, la angustia y la confusión de una viuda que resulta ser además Primera Dama de los Estados Unidos, y es en esa falta de loa es donde se dibuja la verdadera heroína trágica.

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