Crítica de ‘La danza de la realidad’: Fantasía onírica delirante

Las críticas de Óscar M.: La danza de la realidad
Es arduo y complejo acercarse a una figura como la de Jodorowsky (director, actor, guionista, escritor, dibujante, psicoterapeuta, mago…) a la altura de su séptima película, donde el director quiere con La danza de la realidad rememorar su infancia o plasmar los recuerdos que tiene de ella, adaptando así su propia novela homónima.
Pero la memoria es mala narradora la mayoría de las veces, tiende a ser selectiva, corruptible y, en casi todos los casos, tergiversa la realidad a antojo del sujeto. La danza de la realidad no está exenta de estas características y ofrece un espectáculo fantasioso y onírico, complicado y difícil de asumir para un espectador que no sea el propio Jodorowsky, alguien de su entorno familiar o un seguidor acérrimo.

Atormentado por un padre antirreligioso y profundamente militante y adorado por una madre que (en la ficción) sólo habla cantando ópera, el joven Jodorowsky pasa diez años en el pequeño pueblo de Tocopilla (situado en mitad del desierto de Chile), un lugar donde las aventuras no cesan y donde se mezclan la madurez del protagonista, fantasmas, personajes extraños, mutilados, un dictador fascista, parafilias sexuales, desnudos integrales, magia sanadora y secuestros políticos.
Todo este batiburrillos de ideas, recuerdos, fantasías e historias cercanas a la locura arrastran al espectador por una trama incoherente y densa durante más de dos horas, donde las interpretaciones de estilo teatral se acercan peligrosamente al ridículo, se desdibuja constantemente la figura del protagonista y el hilo conductor se pierde como si estuviéramos desenredando una madeja de lana con innumerables cabos sueltos.
Jodorowsky se sitúa con La danza de la realidad en un inclasificable grupo donde también podrían estar Lynch (contra el que luchó por llevar al cine la novela “Dune”) o Buñuel, autores particulares, que representan historias complejas, surrealistas y poco aptas para todos los públicos, relatos extraños cercanos a los sueños o que modifican la realidad a su antojo y por ello son incomprendidos, con obras que no son valoradas hasta que no han pasado décadas desde su realización.
La película es excesivamente personal, obsesivamente familiar, fantásticamente autobiográfica (el autor afirma que todos los personajes e historias son reales) y difícilmente comprensible, a menos que se sea un miembro del clan Jodorowsky (en la película hay familiares haciendo de actores, productores, componiendo la música y encargándose del vestuario) o se acuda a la visualización de la película con un interés más plástico, bucólico o soñador que con una intención de coherencia narrativa cinematográfica.
La danza de la realidad no es fácil de ver ni cómoda de aceptar y se acerca más a un compendio de los leves recuerdos mañaneros que han dejado en la memoria las pesadillas soñadas tras una sobredosis de somníferos que a una película propiamente dicha.
Los seguidores del director y escritor ya estarán a estas alturas del texto con las manos en la cabeza pensando que atento contra el cine de autor o la personalidad del “genio” y que tengo preferencia por los efectos especiales o las historias escritas con formato americano, pero, como la trama de la película, nada está más lejos de la realidad.

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