Crítica de ‘Pompeya’: Épico y vacío desastre argumental

Las críticas de Óscar M.: Pompeya
Cuando Hollywood se queda sin ideas, vuelve la vista atrás y recuerda qué le daba dinero en el pasado. Y ¿qué mejor que recuperar las películas de desastres (naturales o artificiales) de los años setenta plagadas de caras conocidas?. Añorando taquillazos de crítica y público como El coloso en llamas, Terremoto o la saga Aeropuerto, Pompeya llega para desempolvar a las viejas glorias.
El problema es que sin una historia interesante detrás, por muchos rostros famosos que haya en pantalla o mucho efecto digital que se use, la película seguirá siendo un conjunto vacío de explosiones y famosos fingiendo perder la vida en el desastre, y el máximo exponente de estos vacuos casos es la última película de Paul W. Anderson.

Dejando de lado una producción que se ha prolongado durante más de cinco años y que incluye el abandono de Roman Polanski como director, la historia se basa en la novela de Robert Harris, donde un esclavo aspira a conseguir su libertad y casarse con la hija de un poderoso señor de Pompeya, el cual está en negociaciones para ampliar la ciudad con un alto mando romano.
Sí, habéis leído bien, el argumento es una mezcla pobre de Spartacus (para todos los públicos, porque la sangre escasea) y Volcano, todo salpicado con las máximas del cine de Roland Emmerich (del cual se puede escapar de cualquier desastre si el personaje corre lo suficiente), lo que ha dado lugar a un guión manido, lleno de escenas aburridas y horriblemente previsibles (el típico personaje que deja de correr para salvar a una niña, mientras su madre grita desconsolada lo pueden copiar y pegar hasta la saciedad), pero lo peor es que la película en su conjunto es poco interesante.
Siendo muy benevolentes se podrían salvar sólo los últimos 20 minutos de metraje (cuando comienza la erupción del Vesubio), pero sólo por los efectos especiales, porque las incoherencias argumentales campan a sus anchas (el protagonista tarda 5 minutos en atravesar a pie la ciudad llena de gente, pero luego 15 minutos a caballo con la ciudad vacía) y el final es tan histriónico y delirante (esas carcajadas…) como poco creíble.
A nivel interpretativo tampoco es que la película pueda salvarse, por mucho que estén secundarios como Kiefer Sutherland (en un papel absurdo y poco justificado), Carrie-Anne Moss (que casi hace una aparición estelar) o Adewale Akinnuoye-Agbaje (al que debieron venderle que su personaje era el Doctore de Spartacus), los personajes protagonistas no consiguen llegar al espectador ni que el asistente sienta lástima por ellos (ni siquiera por los trabajados abdominales del espécimen masculino).
Y (como en la película) lo mejor para el final: para el departamento de peluquería Pompeya debería ser un punto y aparte: para no volver a repetir lo que han hecho jamás. No alcanzo a comprender cómo a alguien se le ocurrió que el peinado de Kit Harington (con una oreja a la vista) o el de Emily Browning (con ambas orejas al aire) podían resultar favorecedores. Uno se pasa más tiempo preocupándose por las orejas de los susodichos que por la erupción volcánica.

Por último, que nadie se extrañe si la música de Pompeya le resulta familiar (porque han usado parte de la banda sonora de la serie Spartacus), así que ni en la música es original. Es mucho más recomendable la miniserie Pompeya: El último día para ver una buena argumentación del desastre volcánico.

Un comentario en «Crítica de ‘Pompeya’: Épico y vacío desastre argumental»

Deja un comentario (si estás conforme con nuestra Política de Privacidad)

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: