Centenario Alain Resnais: Crítica de ‘Noche y niebla‘ (1956)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Noche y niebla

Aunque sus 32 minutos sobrepasan la duración canónica del cortometraje y, siendo rigurosos, habría que hablar de mediometraje, la realidad es que Noche y niebla es sistemáticamente incluida entre la obra corta de Alain Resnais. En cualquier caso, Noche y niebla, a pesar de su escueta duración es considerada de forma unánime como una de las grandes obras maestras del director francés y su influencia sobre obras cinematográficas posteriores es difícilmente cuestionable.

Tras sus cortometrajes sobre temas pictóricos en los que se adentraba de un modo casi psicoanalista en las biografías de sus protagonistas y en los contextos históricos en los que estos desarrollaron sus obras, Resnais se unió al escritor Jean Cayrol (que años después será también el coguionista de Muriel) para llevar a cabo la que fue la primera obra cinematográfica que abordaba de frente el tema de los campos de exterminio nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Vista con los ojos de un siglo XXI ya avanzado en dos décadas, habrá quien afirme que estamos curados de espantos y que el tema ha sido tratado posteriormente con mayor o menor explicitud por sucesivas obras literarias y cinematográficas. Precisamente por eso resulta imprescindible situarnos en 1956, tan solo once años escasos tras el fin de la II Guerra Mundial, para apreciar en toda su magnitud la trascendencia de Noche y niebla, la obra cinematográfica que mostró por primera vez imágenes procedentes del archivo visual filmado por los propios nazis.

Resnais y Cayrol desarrollan su narración en dos líneas temporales diferentes que se van abrazando a lo largo del relato a través del montaje. Por un lado, la reconstrucción del pasado desde los prolegómenos de la guerra con el auge del nazismo hasta el fin de la misma con la liberación de (lo que quedaba de) los campos y una breve alusión a los juicios de Núremberg con los que se apunta a la cuestión de la responsabilidad individual y colectiva; por otro, el tiempo presente (el de 1956) en el que fuerzan la mirada del espectador hacia el pasado exponiéndole a la paradoja de que lo que un día fue el escenario del horror, hoy se aparezca como un apacible paisaje en el que la hierba ha vuelto a crecer sobre las vías por las que circulaban los fatídicos trenes de la muerte que conducían a los deportados a su inexorable final.

Una voz en off (la del actor Michel Bouquet) conduce el relato durante todo un metraje que se desdobla, paralelamente a las dos líneas narrativas, en sus correspondientes líneas visuales: por un lado, las crudísimas imágenes de archivo, en blanco y negro, que con naturaleza documental muestran la brutal cotidianidad de los campos de trabajo deteniéndose en todas las atrocidades que se cometían con absoluta impunidad: las experimentaciones con personas incluyendo mutilaciones, las cámaras de gas, los crematorios y el vil aprovechamiento de restos humanos y sus ropas y enseres apilados en infames montañas como auténticos monumentos a lo más abyecto del régimen nazi. En la segunda línea visual, la fotografía vira al color para mostrarnos a través de lentos travellings esos mismos lugares retratados con la distancia que da el paso del tiempo, aunque sea poco más de una década, la hierba, auténtica protagonista de estas imágenes ha crecido como símbolo de un pasado que no debe ser olvidado.

Y es aquí, en esta dicotomía entre pasado y presente, en la que Resnais sitúa la que acaso fue su primera aproximación explícita al tema de la memoria, de la lucha contra el irrefrenable olvido que, aunque necesario para sobrevivir, no puede barnizar de impunidad aquellas atrocidades que nunca debieron ocurrir y nunca deben volver a repetirse. Por mucho que la hierba haya crecido, que los edificios hayan perdido su función y que los turistas se fotografíen en Auschwitz, Mauthausen o Dachau como si lo hicieran delante de la Torre Eiffel o el Big Ben.

“En este momento en que les hablo, el agua fría de las marismas llena los huecos de los osarios, un agua fría y opaca como nuestra mala memoria”

Noche y niebla hace un sucinto pero implacable recorrido por las vidas de estas personas que, ajenas a su infausto destino “a miles de kilómetros, sin saberlo, ya tenían un lugar asignado en estos campos de exterminio«. Las redadas en los barrios judíos de las ciudades, los trenes del horror, cerrados a cal y canto en “los que la muerte hace su primera selección”, la segunda será al llegar, de noche y con niebla, en la oscuridad que proponía el Decreto Nacht und Nebel (Noche y niebla) del que el film toma su título, un decreto firmado en 1941 por las autoridades del Tercer Reich para la represión y exterminio de los adversarios del régimen nazi en los territorios ocupados y, al mismo tiempo, la frase con la que las autoridades nazis marcaban los cuerpos de los prisioneros señalados para su eliminación a corto plazo, con las iniciales N.N.

Imprescindible obra de Resnais (y Jean Cayrol) para comprender algunos de sus primeros largometrajes, fundamentalmente Hiroshima, mon amour y Muriel en los que respectivamente se ocupará de la bomba atómica que cayó sobre la ciudad japonesa y (más tangencialmente) de la guerra de Argelia, auténtico drama anidado en la sociedad francesa contemporánea que ni supo ni quiso asumir el declive de su pasado colonial.


Además de estar disponible en la plataforma Filmin, existe una excelente edición española en DVD y Bluray de Noche y niebla, lanzada al mercado en 2016 por A Contracorriente, que incluye como extra el documental Frente a los fantasmas de Sylvie Lindeperg y Jean-Louis Comolli (2009), en el cual la historiadora Sylvie Lindeperg expone el proceso creativo de su libro «Nuit et Brouillard: un film dans l’histoire» (2007) con una profunda investigación sobre Noche y niebla.

Noche y niebla

8.5

Puntuación

8.5/10

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