sábado, febrero 24, 2024

Centenario Alain Resnais: Crítica de ‘Hiroshima, mon amour‘ (1959)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Hiroshima, mon amour

El plano de apertura tras los títulos de crédito es toda una declaración de intenciones. Dos cuerpos desnudos, entrelazados, se abrazan con suavidad, sin aspavientos, con movimientos tan lentos como leves que, sin embargo, empañan la pantalla de una pasión que parece más emparentada con el amor como sentimiento que con el sexo como pulsión a pesar del sudor que los empapa.

A este cerrado plano le siguen las siete palabras que componen la célebre frase sobre la que gravita, acaso, todo el film: “Tú no has visto nada en Hiroshima”. La música subraya con sutileza la gravedad de las imágenes mientras volvemos a los cuerpos desnudos para que la voz en off de ella nos acompañe por todo aquello que cree haber visto, el hospital, el museo, los supervivientes provisionales, las reconstrucciones a falta de otra cosa, las explicaciones a falta de otra cosa.

«Tú no has visto nada en Hiroshima» replica una y otra vez la voz de él ante la pausada insistencia de ella relatando, con la musicalidad de las palabras de Marguerite Duras, el horror de lo visto. Lo que parece un monólogo es, en realidad, un frontón dialéctico. Al relato de ella se opone con su insistente negación la voz de él que una y otra vez repite su mantra: «Tú no has visto nada en Hiroshima». Y así transcurren los primeros quince minutos de Hiroshima Mon Amour, como si se tratase un cortometraje documental con entidad propia sobre la ciudad devastada por la bomba atómica, en el que el plano de los cuerpos abrazados funciona como un signo de puntuación poética dentro del montaje cinematográfico engarzando, con imágenes y voz, uno de los más hermosos alegatos antibelicistas que nos ha regalado el cine en toda su historia.

Es a partir de ese minuto quince cuando descubrimos por primera vez el rostro que llevamos escuchando en off desde el inicio, el de una maravillosa e inolvidable Emmanuelle Riva, ella, abrazada a Eiji Okada, él. Ellos son. No tienen otros nombres aunque finalmente terminarán siendo Nevers (ella) e Hiroshima (él).

A partir de aquí, la película de Alain Resnais y Marguerite Duras (pocos casos se me ocurren en toda la historia del cine en que la autoría deba ser tan flagrantemente compartida entre director y guionista), se disgrega en sus dos líneas narrativas fundamentales; por un lado el difícil entendimiento entre olvido y memoria que se apoya en la tesis, contradictoria solo en apariencia, de la necesidad de recordar, a poder ser verbalizando («la historia era narrable») para poder olvidar.

Emmanuelle Riva deja de ser sencillamente ella y se transforma en Nevers a través de su relato ahogado en alcohol, necesita beber casi a cada frase para regresar a aquel primer amor de juventud que la convirtió en una proscrita, cuánto dolor, cuánta incomprensión en el horror de un sótano frío de paredes de piedra salada por el incomprensible pecado de enamorarse de su enemigo, un soldado alemán. El encierro, el pelo rapado, la soledad, el silencio y finalmente el grito como liberación que conduce a un olvido que alivia y mortifica al mismo tiempo, al desvanecimiento de la memoria, ahora recuperada a golpe de tragos de cerveza, para que la sombra sea menos alargada.

Por otro lado, la segunda línea argumental insiste en la necesidad de ver para entender. «A fuerza de mirar bien, creo que uno aprende» dirá cuando atisba a comprender que tal vez sea cierto que no haya visto nada en Hiroshima más que fotografías como vestigio de lo que ya no existe. Pero ¿cómo entender la obscena ambivalencia de un momento dramático en el que una ciudad se desvanece en destrucción mientras en otra, a miles de kilómetros la gente se abraza extasiados de felicidad celebrando el fin de la guerra?

Duras desliza sus palabras y Resnais su cámara en reposados travellings. Los planos y las palabras se abrazan como los cuerpos de ella y de él, de Nevers y de Hiroshima, en una noche que tal vez no debería acabar nunca clavada en esas dieciséis horas que quedan para que parta el avión en el que ella, actriz francesa, una vez terminada su película sobre la paz, regrese a París. Ambos, guionista y director, marcan el ritmo de la película con métrica musical. Emmanuelle Riva y Eiji Okada son complices necesarios de tanta poesía, de tanta belleza en medio de la destrucción. Juntos encarnan el amor y el miedo, el espanto y la indiferencia, la memoria y el olvido en un encadenado de dualidades que alcanza su cénit con el “me matas, me das placer” que ella susurra atribulada por el sexo aun reciente.

Ver para comprender, comprender para olvidar, olvidar para sobrevivir: “Hay que evitar pensar en las dificultades que a veces presenta el mundo, porque si no, sería completamente irrespirable” dirá ella con la mirada perdida ante él, empeñado en asirse a lo inevitable, a esa soledad dolorosa, a esa incapacidad de ella para regresar a la habitación de hotel donde todo, apenas unas horas antes comenzó, con los cuerpos desnudos, abrazados, rebozados en cenizas.

Hiroshima, mon amour supuso el debut en el largometraje de Alain Resnais tras sus celebrados cortometrajes. Presentada en el histórico Festival de Cannes de 1959 junto a otros títulos míticos como Los cuatrocientos golpes de François Truffaut o La Aventura de Michelangelo Antonioni, Resnais fue ignorado por el jurado oficial y por el público aunque recibió el Premio de la Crítica. A pesar del desdén con que se recibió en Cannes, la película alcanzó reconocimiento internacional y Marguerite Duras fue nominada al Óscar a mejor guion original en unos años en los que las nominaciones a mujeres o a películas extranjeras en categorías principales no eran tan frecuentes como ahora.

El paso del tiempo ha convertido a Hiroshima, mon amour en un clásico inmortal, paradigma de un cine que no entiende de convencionalismos narrativos ni visuales. Resnais pertenece a esa extirpe de cineastas (como el propio Truffaut con su mencionada ópera prima) en los que la mejor película de su filmografía, su obra maestra, es la primera. Tras Hiroshima, mon amour dirigió otras películas memorables, algunas de ellas mucho más exitosas y (relativamente) populares, pero nunca como en Hiroshima, mon amour alcanzó tanta hondura, tanta autenticidad y tanta poesía.


Hiroshima mon amour está disponible en España gracias a una magnífica edición en Bluray editada por A Contracorriente. Además de la película, incluye una pequeña entrevista con Emmanuelle Riva en la que recuerda el rodaje de la película.

Hiroshima mon amour

9

Puntuación

9.0/10

2 COMENTARIOS

  1. He intentado verla muchas veces pero nunca lo he conseguido, quizás por esos primeros quince minutos…a pesar de que siempre me ha gustado la Duras, su literatura, su persona, su historia, su intelecto…»tú me tues, tu me fais du bien»…lo intentaré de nuevo ya que tengo el DVD

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