Crítica de ‘El vicio del poder’: Washington y su teatro de títeres

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”El vicio del poder

«Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes». La frase de Mae West suena divertida y descarada en una rubia explosiva, pero apliquemos lo mismo a un político y nos podemos echar a temblar. El terror de un líder sin límites nos ha llevado a episodios espantosos y vergonzosos en nuestra historia, a villanos con cara que prometemos que no volverán a aparecer. Pero hay otros personajes terroríficos que se mantienen a la sombra, marionetistas de las decisiones políticas de un país. Son los que tiran la piedra y esconden la mano. De uno de ellos, el más hermético de todos, hace un retrato el directo Adam Mckay en El vicio del poder; un biopic político sobre Dick Cheney, quien fue vicepresidente de George W. Bush, y uno de los promotores de la invasión de Irak.

Tras comenzar su carrera con comedias irreverentes como El reportero: La leyenda de Ron Burgundy o Hermanos por pelotas y recibir el testigo en forma de guion de Ant-Man, Adam Mckay decidió pegarle un repaso a la historia contemporánea norteamericana. A la magnífica La gran apuesta, sobre la crisis financiera en la que se hundió Estados Unidos del 2007 al 2010, le sigue ahora El vicio del poder (espantosa traducción del título original); un biopic con toques de sátira política sobre uno de los hombres más poderosos de la política actual norteamericana.

Aunque Dick Cheney no siempre fue tan ambicioso. Criado en Wyoming y casado son su amor de instituto, Cheney podría haber dejado pasar su vida entre borracheras y peleas. Pero las aspiraciones que su esposa tiene para su familia, le llevan a Washington donde Cheney consigue, a lo largo de más de treinta años, escalar la cumbre burocrática hasta llegar a controlar el país a su gusto.

El guion del propio Mckay está dividido en dos partes. La primera cubre el ascenso de Dick Cheney y es un repaso a la alternancia de gobiernos desde los años setenta hasta el día en el que George W. Bush llama a su puerta para ofrecerle la vicepresidencia. La segunda, más interesante si cabe, comienza con el fatídico 11 de septiembre y cubre la invasión de Irak y la caída y deshonra del gabinete de Bush.

Pero McKay, por suerte, no puede/sabe hacer una biografía al uso y, como ya hiciese con La gran apuesta, utiliza como vehículos narrativos metáforas y elementos de la cultura pop. El guion, que estuvo nominado a los Globos de oro y difícilmente escapará de la nominación a los Oscar, es una mezcla de comedia, drama, intriga política y mucha mala leche. Un texto brillante, tan descorazonador como divertido.

McKay asume los movimientos del propio Cheney y no engaña al reconocer que, más allá de la investigación y los testimonios, el retrato está ficcionado. El vicio del poder es una sátira oscura y ácida que cuando arranca una carcajada es a expensas de un villano que llevó a su país a una guerra justificada con mentiras. Un hombre criado al pecho de Donald Rumsfeld que no dudó en romper con cualquier ética política (si es que existe tal cosa) para favorecer sus propios intereses.

No salen mejor parados los secundarios de esta fotografía. Colin Powell es incapaz de ver cómo le hacen la cama, George W. Bush es un títere, Donald Rumsfeld es un vulgar mafioso político. Incluso Sadam Hussein, en imagen de archivo, no es más que un ignorante y viejo reprimido.

Y luego está Lynne Cheney, la marionetista del marionetista. Cuando uno sale del cine se pregunta cuánto es fruto de la ambición de Cheney y cuánto de la de su mujer. Dick Cheney al menos tiene un límite moral: no interponerse en la felicidad de su hija, abiertamente lesbiana, y no opinar sobre el matrimonio homosexual. Lynne ni eso.

El reparto de la película es una banda liderada por el genio interpretativo de Christian Bale quien ha conseguido con su interpretación su segundo Globo de Oro. No sabemos si, como él dijo en su agradecimiento, le debe a Satán el poder interpretar a tal villano, pero lo cierto es que el actor galés desaparece dentro del personaje. Va más allá de los kilos ganados o el genial maquillaje, Bale sabe meterse en ese monstruo silencioso que espera pacientemente su momento. Igualmente soberbia está Amy Adams como Lynne, una Lady Mcbeth más visceral que su marido.

Destacan entre los secundarios un siempre genial Steve Carell como Donald Rumsfeld. No me cansaré de decir que Carell es ahora mismo uno de los actores con más talento y  más polifacéticos de Hollywood y en El vicio del poder interpreta a un villano menos siniestro que el de Foxcatcher, pero mucho más inmoral. Sam Rockwell tiene menos papel como George W. Bush del que cabría esperar, pero ofrece el retrato de un presidente ridículo e ignorante, obsesionado con impresionar a su padre y que termina por bailar al ritmo que le mandan. Sin duda, uno de los elementos más cómicos de la cinta.

El vicio del poder es divertida, divulgativa, triste, desquiciante. Es un drama contado cómicamente con un aliño de intrigas políticas. Es el retrato de un hombre que creó una guerra de la que aún sufrimos las consecuencias. Y lo mejor de todo —o lo peor— es que no sabemos cuánto es verdad, porque Dick Cheney no se ha molestado siquiera en dar su opinión sobre la película. A ver si creéis que a un tipo por encima del bien y del mal le importa una mierda lo que Hollywood, o el mundo, opine de él. 


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