Crítica de ‘Nosotros en la noche’: Robert Redford y Jane Fonda. No hace falta más.

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Nosotros en la noche
 

Hace tan solo unos días desayunábamos con la noticia de que, a sus 81 años, Robert Redford había decidido dar por finalizada su carrera como actor. Quizá llevado por la nostalgia caí en la cuenta de que tenía pendiente de ver Nosotros en la noche (Ritesh Batra, 2017) presente desde hace unos meses en el catálogo de Netflix, y que a la espera de la presentación de The old man and the gun (David Lowery, 2018) en el próximo Festival de Toronto, es la más reciente película estrenada de uno de los últimos mitos vivos de Hollywood que, como productor que es de la cinta, quiso antes de retirarse, darse el gusto de hacer una última película con otro mito viviente, su amiga y varias veces compañera en pantalla Jane Fonda.

Juntos, Redford y Fonda, bastan para que resulte atractivo este telefilm de alto standing (nada que ver con los bodrios que nos clavan en la sobremesa las cadenas de televisión patrias) que, a pesar de su condición televisiva, fue estrenada en el pasado Festival de Venecia como complemento al homenaje brindado a ambos intérpretes en el que recibieron el León de Oro por sus carreras.  

El arranque de Nosotros en la noche es sencillamente delicioso, un hombre y una mujer, viudos, ancianos, solos, vecinos desde tiempos inmemoriales, hacen coincidir sus soledades y se dan compañía mutua durante la noche compartiendo cama sin atisbo alguno de deseo sexual. Basta la conversación a medianoche y notar la proximidad de un cuerpo para que ambos se sientan reconfortados. Durante el primer tercio de película no hay más en pantalla que la embriagadora química entre dos gigantes del cine que lo dicen todo con sus miradas silenciosas. Redford habla con sus ojos cada vez que los posa sobre la octogenaria más hermosa que ha visto el cine en mucho tiempo. Fonda devuelve las miradas siempre un paso por delante en el juego de un coqueteo iniciático a pesar de las provectas edades de ambos.

La intimista música de Elliot Goldenthal otorga todavía más delicadeza a este primer tercio de película que, lamentablemente, se diluye en cuanto el guion de Scott Neustadter y Michael H. Weber basado en la novela de Kent Haruf incorpora a más personajes y se adentra en el territorio del (convencional) drama familiar. Supongo que argumentalmente era necesario hacer avanzar la trama introduciendo elementos ajenos a la estricta relación entre los protagonistas; solo Bergman es capaz de crear un film de cámara con dos personajes ancianos (Saraband) y Ritesh Batra (El sentido de un final) está a años luz del maestro sueco.

El caso es que un hijo problemático de ella (Mattias Schoenaerts), un nieto al que cuidar, la desnortada hija de él (Judy Greer) y unos cuantos vecinos chismosos conducen a Nosotros en la noche a caer víctima de los pecados de lo que en esencia es: un telefilm, de gran calidad y sostenido magistralmente por su monumental pareja protagonista, cierto, pero un telefilm al fin y al cabo en el que las cuitas familiares acaban devorando el conmovedor romance otoñal que apuntaba inicialmente; algo así como ver por la mirilla de la cerradura a Paul y Corie Bratter (la inolvidable pareja protagonista de Descalzos por el parque) cincuenta años después. Imagino que el gran Neil Simon, a sus noventa y un años, no esté en condiciones de escribir una continuación de aquella maravillosa pieza teatral convertida en película de culto. Es una lástima.

Tampoco he podido evitar acordarme de otra antigua película (ya les digo que comencé a verla llevado por la nostalgia) aunque no esté Redford en ella, la maravillosa En el estanque dorado (Mark Rydell, 1977). Más que por similitudes argumentales, que no hay ninguna, supongo que la película me ha venido al pensamiento por que era otro film protagonizado por una anciana pareja de mitos vivientes de Hollywood en aquel momento, Henry Fonda y Katherine Hepburn, en la que Jane Fonda daba la cruda réplica a su padre que también despedía su carrera, aunque fuera por enfermedad. 

A menudo me acuerdo de algunos grandes del cine que a pesar de que siguen vivos hace mucho que no se sabe nada de ellos, suelo preguntarme si será porque se han retirado voluntariamente o porque ya nadie les llama para trabajar, porque no hay ningún guion para ellos o porque ninguna productora quiere arriesgar un gran presupuesto para trabajar con alguien que puede enfermar o fallecer durante el rodaje. El cine, que además de un arte es una industria (al menos en EEUU) y un espectáculo, necesita grandes actores y actrices que además de intérpretes sean estrellas, Robert Redford y Jane Fonda lo son. Hollywood, si no quiere morir de desidia necesita cimentar su glamour sobre los grandes. Ese y no otro es el problema de que la audiencia de los Óscar caiga en picado, que los premios ya no los entregan Robert de Niro, Al Pacino, Susan Sarandon, Julia Roberts o Tom Hanks. Los entregan celebrities que han alcanzado la popularidad con dos películas de medio pelo y subiendo fotos a las redes sociales. Y eso aburre a las ovejas.


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Crítica de ‘Nosotros en la noche’: Robert Redford y Jane Fonda. No hace falta más.
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