Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
Turno de guardia
La directora suiza Petra Volpe ha escrito y dirigido un film modélico cuyo título original, Heldin (que, en alemán, significa heroína), ha sido sustituido en España por Turno de guardia. Y eso es precisamente lo que refleja la película: un turno de tarde de una enfermera en la planta de cirugía de un hospital suizo, desde que llega para dar el cambio a los compañeros que han estado por la mañana hasta que es relevada por los que harán el turno de noche. Varias horas de trabajo extenuante que la directora filma como una “declaración de amor al personal de enfermería” a través de una “heroína”, de nombre Floria (Leonie Benesch).
Y lo primero que se encuentra Floria, nada más llegar, es que falta una compañera y el trabajo que habitualmente realizan entre tres habrán de hacerlo entre dos con la única compañía de una estudiante de enfermería a la que, en lugar de enseñar, tendrán que pedir que les ayude asumiendo tareas por encima de su capacitación. A partir de aquí, Floria irá ejecutando todas sus labores con meticulosa profesionalidad y desplegando una empatía fuera de lo común con cada paciente que, tratándose de una planta de cirugía con muchos pacientes oncológicos, es fácil imaginar que tendrán una vulnerabilidad física y emocional aún mayor de la habitual durante un ingreso hospitalario.

De todas formas, a pesar de estar filmada con una mirada casi documental, Turno de guardia va mucho más allá de la descripción del trabajo de una enfermera. Es, además, un sentido homenaje a la profesión y un film denuncia de las limitaciones con las que, cada vez más a menudo, tienen que desarrollar su trabajo. El guion, firmado por la propia Volpe, está basado en un ensayo de la enfermera alemana Madeline Calvelage “Nuestra profesión no es el problema, son las condiciones” y pone el acento, precisamente, en las duras circunstancias que una enfermera tiene que soportar con veintiséis pacientes ingresados a su cargo y las continuas demandas (unas justificada y otras no) de cada uno de ellos.
Lo que ocurre, y aquí es donde radica el único aspecto de la película que no acaba de encajar, es que entre las múltiples tareas de Floria, multiplicadas por la ausencia de una compañera, se encuentran algunas que no son propias de una enfermera. No parece muy creíble que sea ella quien deba trasladar a un paciente a quirófano empujando la camilla por pasillos y ascensores (para eso están los celadores) o asear y cambiar el pañal a una anciana, funciones propias de las auxiliares de enfermería. Esto, que para algunos espectadores puede pasar desapercibido, resta cierta verosimilitud a un film que, por lo demás, refleja muy bien la realidad del día a día de una enfermera que, además de todos sus quehaceres profesionales, tiene que atender las necesidades de pacientes y familiares. Y, todo esto, hacerlo sin perder el gesto amable, el tono empático y la palabra oportuna.
Y sería una lástima que este lunar desdibuje el verdadero foco del film que es el de poner el acento en la dureza de las condiciones en las que tiene que trabajar esta enfermera. Cualquiera que haya trabajado en el ámbito sanitario puede identificarse con esa sucesión de continuas interrupciones en las que pequeñas o grandes urgencias desvían continuamente la atención de lo que se está haciendo en cada momento. Y así, es muy difícil no cometer errores.
Leonie Benesch, la inolvidable protagonista de Sala de profesores, da vida a esta enfermera modélica cuyo cansancio vamos sintiendo progresivamente a lo largo de la película. Y lo hace desde una contención interpretativa ejemplar, acumulando progresivamente la tensión sin descomponer el rostro, sin aspavientos interpretativos y transmitiendo la impotencia, la tristeza, la compasión, el enfado contenido y la fatiga al tiempo que maneja infusores, vías, medicaciones, tensiómetros y termómetros con una veracidad asombrosa.

La concepción de la película coloca al espectador como un invitado privilegiado. Filmada a base de planos cortos e intensos planos secuencia por los pasillos del hospital, con la cámara, a menudo, pegada a la espalda o al rostro de Floria; y montada con un ritmo trepidante, los 92 minutos de Turno de guardia transcurren, como si de un thriller se tratase, en un auténtico suspiro. Y sin embargo, a pesar de tanta tensión, Volpe encuentra también momentos para poner el foco en la humanidad a la que da un tono emotivo (no exento de humor) que, en ningún momento, cae en la sensiblería.
Al emotivo final que transcurre al ritmo de la canción “Hope There´s Someone” de Antony and the Johnsons, le siguen unos rótulos que ponen los pelos de punta con datos sobre la escasez de enfermeras en Suiza que son extrapolables a todo el mundo. La OMS estima que para 2030 faltarán en el mundo alrededor de 13 millones de enfermeras y enfermeros, necesidad que se une a la también conocida falta de médicos. No parece que haciéndoles trabajar en condiciones deficientes sea la mejor manera de estimular que nuevos profesionales de enfermería sigan formándose para dar sustento a las crecientes necesidades de cuidados de una población cada vez más envejecida.
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