Las críticas de Laura Zurita:
La misteriosa mirada del flamenco
A principios de los 80, en el desierto chileno, Lidia, de once años, crece en el seno de una amorosa familia queer empujada al borde de un desagradable y polvoriento pueblo minero. Se les culpa de una misteriosa enfermedad que está empezando a propagarse, que se dice que se transmite a través de una sola mirada, cuando un hombre se enamora de otro. En este western moderno, Lidia lidera una búsqueda de venganza, enfrentándose a la violencia, el miedo y el odio, donde la familia es su único refugio y el amor podría ser el verdadero peligro.
Diego Céspedes escribe y dirige La misteriosa mirada del flamenco. La película está protagonizada por Tamara Cortes y Matías Catalán, acompañados por Paula Dinamarca, Pedro Muñoz, Luis Dubó, Vicente Caballero, Bruna Ramírez, Sirena González, Alexa Quijano y Francisco Día Z. La película se estrena el 16 de enero de 2026 de la mano de BTeam Pictures.

Propuesta delicada
La misteriosa mirada del flamenco es una propuesta delicada, de tempo pausado y vocación sensorial, una película que se sitúa en un territorio limítrofe entre el relato íntimo y la observación antropológica. La narración avanza de forma fragmentaria, casi suspendida en el tiempo, apoyándose en silencios y miradas más que en la acción directa.
Los conflictos se intuyen, se desarrollan y gestionan de manera poco clara, influidos por circunstancias que se nos antojan extrañas. Los personajes de La misteriosa mirada del flamenco parecen habitar su contexto más que actuar sobre él, como si el relato prefiriera sugerir estados de ánimo antes que construir un desarrollo dramático tradicional. La película a veces parece a punto de entrar en un terreno más incómodo o revelador, pero acaba quedándose en el umbral. El mundo queer a veces aparece como plenamente aceptado, en otras rechazado frontalmente, y la transición entre una cosa y otra es abrupta y casi circunstancial.
La misteriosa mirada del flamenco genera una experiencia irregular: momentos de intensidad y belleza sorprendentes conviven con otros en los que no sucede nada relevante, rompiendo en ocasiones el pacto de atención con el espectador.
La cantina de la película es un mundo aparte, un refugio para personas que viven al margen y buscan una forma de libertad. Fue, en el pasado, un espacio cálido y acogedor, muy visitado, especialmente por los mineros. En una escena de recuerdo se nos muestra como un lugar lleno de vida, en contraste con el presente, donde aparece decadente y marcado por el abandono. El cambio físico de las personas antes y después de la plaga es especialmente impactante y contribuye a reforzar la idea de un mundo erosionado por el miedo y el encierro.
En pocos trazos La misteriosa mirada del flamenco construye una historia de miedo, aprensión y desolación. El desolado entorno produce una sensación de aislamiento que pesa sobre los personajes y condiciona sus relaciones. Resulta especialmente interesante el contraste entre la idiosincrasia de la población local, con sus supersticiones y creencias, y la mirada más terrenal y racional de quienes llegan desde Santiago con explicaciones basadas en una lógica completamente distinta. El propio director parece subrayar que, pese al paso del tiempo, no hemos superado del todo la era de las supersticiones.
El guion de La misteriosa mirada del flamenco aborda las tristezas y los traumas de los personajes con respeto y contención, evitando el exceso expresivo y la postal emocional. Sin embargo, esa voluntad de sugerir más que de contar acaba pesando sobre el conjunto, ya que muchos conflictos quedan apenas esbozados y no terminan de adquirir densidad dramática.
El día como espacio peligroso
La irregularidad narrativa es uno de los rasgos más evidentes de La misteriosa mirada del flamenco: escenas llenas de poesía y potencia visual conviven con pasajes planos, en los que la historia parece detenerse. En algunos momentos, esta falta de avance rompe incluso la credibilidad del relato. Se intuye una buena base, pero también la necesidad de una mayor concentración en lo narrativo. Diego Céspedes es un director joven, y esta película deja entrever una sensibilidad interesante que podría desarrollarse con más solidez en el futuro si el relato adquiere mayor claridad y tensión dramática.
La fotografía de La misteriosa mirada del flamenco es tosca y algo difuminada durante el día, reforzando la sensación de peligro y aspereza del entorno. En contraste, la noche transforma los espacios: la cantina, iluminada con luz cálida, se vuelve acogedora y protectora. El club funciona como un hogar para los personajes, un lugar de pertenencia frente a la hostilidad exterior. La banda sonora se complace en una atmósfera nostálgica, emocional, con un punto de anhelo existencial. Flamenco y la copla son la materia de un cuento, la comunión perfecta de forma y contenido.
La misteriosa mirada del flamenco explora de forma explícita una estética de western: un pueblo diminuto en los márgenes de la civilización, donde el enemigo no se enfrenta en un duelo físico, sino en un juego metafórico de miradas. Esta elección visual refuerza la idea de amenaza latente y tensión contenida.
La mayor parte del reparto de La misteriosa mirada del flamenco está compuesto por actores no profesionales, lo que aporta interpretaciones descarnadas y de una fisicidad muy marcada. Entre todos destaca Flamenco (Matías Catalán), un personaje fascinante y magnético, cuya intensidad explica la fascinación que ejerce sobre quienes le rodean. Mama Boa (Paula Dinamarca), es un personaje que deja huella y aporta, quizá, la única nota de esperanza dentro de un conjunto marcado por la desolación. Las interpretaciones, en general, refuerzan la sensación de distancia emocional, y a veces es difícil comprender plenamente las contradicciones o quiebres internos de los personajes. Falta que el conflicto entre ellos y su entorno se dibuje con mayor contundencia e intensidad emocional, algo que quizá habría sido posible si el aislamiento extremo del pueblo y su desconexión con el resto del país se hubieran explicitado con más claridad.
La misteriosa mirada del flamenco habla de soledad, aislamiento y resignación, apelando más a la contemplación de la belleza que a una implicación emocional profunda. Es una película sugerente, cuidada y poética en muchos momentos, pero de desarrollo muy irregular, con lo que el conjunto se resiente por una narración fragmentaria y una falta de tensión dramática sostenida. Una obra que apunta sensibilidad y mirada propia, pero que se queda, deliberadamente o no, a medio camino entre la atmósfera y el relato.
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