Crítica de ‘El sentido de un final’: La elegante prosa de Julian Barnes hecha cine

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El sentido de un final
 

De entre todos los retos que entraña adaptar una novela al cine hay dos que me parecen especialmente interesantes, uno, quizá el más obvio, es ser capaz de contar, con mayor o menor grado de fidelidad, la historia que se cuenta en la obra literaria. El otro, indudablemente más difícil, es ser capaz de capturar el estilo literario del autor y hacerlo notar en la obra fílmica. El primero de los asuntos, el argumental, recae fundamentalmente en las espaldas del guionista adaptador que puede (o no) ser el propio escritor; en cuanto al segundo de los retos, el relativo a trasladar el estilo literario a la forma en que la historia es contada en material cinematográfico, es labor fundamentalmente del director de la película aunque, por supuesto, sean imprescindibles los trabajos del director de fotografía, el compositor de la banda sonora, el montador, el director artístico y todo el elenco de actores.

Ambas cuestiones en cualquier caso son opcionales, existen numerosas adaptaciones literarias en las que guionista y director (o ambas cosas el mismo) han utilizado la novela en cuestión como material de partida sobre la que luego elaborar una película que termina diferenciándose de la novela hasta resultar prácticamente inidentificable. Pero si he hecho aquí esta digresión que tal vez pueda parecer inoportuna es porque me ha llevado a ello la película El sentido de un final en la que su director Ritesh Batra (The Lunchbox, 2013) concediéndose algunas licencias (menores) argumentales, adapta la novela homónima del escritor inglés Julian Barnes (Leicester, 1946) dotando a sus imágenes de la erudición, profundidad e introspección que caracterizan la obra de Barnes en general y esta novela en particular.

Tony Webster (Jim Broadbent) es un hombre jubilado y divorciado que ha conseguido desarrollar una existencia plácida y cómoda sumergido en su soledad y su hosca personalidad a pesar de las cuales mantiene una cordial, afectuosa incluso, relación con su ex esposa (Harriet Walter) y su embarazada hija (Michelle Dockery) a la que acompaña a los cursos de preparación al parto. Cuando la llegada de una carta inesperada (¿quién espera hoy día una carta?) le confronta con su pasado, habrá de hacer frente a los retos que supone ahondar en la memoria e ir recuperando fragmentos, a veces inconexos, de una vida tan lejana en el tiempo que no parece propia. La muerte de la madre de una antigua novia y el extraño legado de un diario escrito por uno de sus mejores amigos de juventud pondrá a Tony en contacto con un tiempo que creía perdido y con aquella antigua novia, Verónica, a la que no contaba con volver a ver (Freya Mavor en el pasado y Charlotte Rampling en el tiempo presente).

Ese diario servirá como un genuino macguffin para que más que utilizando flashbacks, Ritesh Batra realice en realidad dos películas que se entrecruzan con majestuoso acierto. Los recuerdos del pasado asaltan a Tony hasta el punto de aturdirle, de confundirle y de impedirle diferenciar lo que sucedió en realidad de la versión, indudablemente más cómoda, que él ha guardado en su memoria. Las tenues diferencias argumentales entre película y novela se centran especialmente en el mayor peso que la película otorga a la hija del protagonista (la novela simplemente da cuenta de su existencia) y sus diferentes circunstancias vitales, así como a la manera en la que se producen algunos encuentros y desencuentros.

En cualquier caso, tanto una como otra película, el más luminoso tiempo pasado de despreocupada juventud como el frío y gris Londres donde transcurre el presente, son filmados con el mismo sentido del ritmo, con la misma cadencia y con la misma profundidad psicológica e intelectual con la que Julian Barnes escribe su breve y elegante novela. No son ajenas a esta captura del estilo de Barnes la delicada banda sonora de Max Richter y la virtuosa fotografía de Christopher Ross. En cuanto al reparto, Jim Broadbent encarna magníficamente a este hombre crepuscular asaltado por la nostalgia y devorado por la curiosidad de porqué los fantasmas del pasado han decidido visitarle precisamente cuando ya se creía de vuelta de todo. Fantásticas también Harriet Walter, la eterna Charlotte Rampling, Freya Mavor y Michelle Dockery (la Lady Mary de Downton Abbey).

El sentido de un final es una dignísima adaptación de la novela de Barnes ganadora del Premio Booker hace unos años, una película deliciosa para degustar con placidez por un público que quiera huir del cine de ruido y furia que invade habitualmente la cartelera.

También te puede interesar

Deja un comentario