miércoles, febrero 11, 2026

El meditador, un cortometraje de Alejandro Palacios

El meditador plantea algo tan simple como incómodo: una figura inmóvil en mitad de la calle, un cuerpo en quietud que funciona como espejo y como detonante. Desde la ventana de su dormitorio, Laurel observa cómo ese hombre —convertido en presencia obstinada— interrumpe el flujo cotidiano del barrio, y con él se abre una grieta en la rutina: la prisa, el juicio fácil, la necesidad de etiquetar lo que no encaja. Lo interesante es que el cortometraje no se instala en la postal exótica del budismo ni en el discurso de autoayuda, sino en algo mucho más reconocible: la manera en que una conciencia se despierta cuando deja de obedecer el guion social que la mantenía contenida.

El corto, escrito y dirigido por Alejandro Palacios, avanza con un pulso narrativo claro: la curiosidad inicial se vuelve obsesión, y la obsesión se transforma en pregunta íntima. En paralelo, la figura del novio, Pablo, sirve como contrapeso: su ironía (“es un zumbado… como un mimo”) y su desprecio (“es un puto vago”) no son solo comentarios, sino la voz de un mundo que necesita reducir lo extraño a caricatura para no tener que mirarse. Aquí aparece una de las virtudes más limpias del guion: el conflicto no depende de grandes giros ni de artificios, sino del roce constante entre una mirada que se abre y otra que se defiende atacando.

El meditador, un cortometraje de Alejandro Palacios

Alejandro acierta especialmente cuando traduce ideas budistas a un lenguaje laico y cercano, sin solemnidad. Laurel lee fragmentos que funcionan como pequeñas brújulas (“si alguien escupe al cielo…”) y, poco a poco, esas frases dejan de ser cita para convertirse en acción. El corto entiende que la meditación, más que un tema, puede ser una forma de narrar.

En ese sentido, El meditador no trata tanto sobre aprender a sentarse quieto como sobre romper una obediencia interior. Laurel empieza mirando desde arriba, protegida por el cristal, y termina atravesando el marco: baja a la calle, lleva sopa, lleva té, se sienta, se expone. El gesto podría leerse como compasión, pero el corto lo plantea también como afirmación personal: un desafío a la condescendencia, al control, al papel que otros le asignan. La escena en la que ella le enumera a Pablo sus mecanismos de superioridad moral es directa y algo áspera, pero necesaria: no busca quedar bien, busca cortar una cuerda.

Donde la obra brilla con una belleza inesperada es en la escena de la playa. Ahí, por fin, la historia abandona el encierro de la ventana y se vuelve espacio abierto: mar, noche, silencio compartido. El diálogo que se escucha allí condensa el corazón del cortometraje con una claridad casi zen.

Ahora bien, también es cierto que por momentos se percibe el ADN de cortometraje de escuela: algunas transiciones son un poco literales, ciertos subrayados emocionales podrían respirar más, y la puesta en escena a veces se apoya demasiado en la idea para sostener la tensión. El meditador se siente como una primera declaración de intenciones, una pieza que se atreve a proponer un tono —entre lo cotidiano y lo espiritual— y a jugar con el tiempo narrativo sin miedo al silencio. Tiene puntos a pulir en ritmo y sutileza, pero también una voz que ya asoma con personalidad.

De cara a lo que viene, Alejandro Palacios prepara para 2026 un nuevo cortometraje titulado Tara, centrado en cómo tres generaciones de mujeres se cuidan ante una herida, bajo la inspiración de una figura clave del feminismo budista. La intención es comenzar el rodaje antes de verano y hacerlo a través de una nueva productora alicantina, Seimei Studio: un siguiente paso que, si mantiene esta mezcla de riesgo conceptual, de sensibilidad terrenal, y mejora en el plano técnico, puede consolidar lo que aquí se anuncia como promesa.


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