Crítica de ‘Moonlight’: A la luz de la luna los chicos negros parecen azules

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Moonlight

Hay una primera lectura en Moonlight que no por obvia debe desecharse: aquello que vemos, somos y recibimos en la infancia determina (casi) indefectiblemente qué y cómo vamos a ser de adultos. La segunda película del director Barry Jenkins (tras su ya lejano debut hace ocho años con Medicine for Melancholy) explora esta idea a través de la adaptación de la pieza teatral “In Moonlight Black Boys Look Blue” del dramaturgo estadounidense Tarell Alvin McCraney.

Pero lo que convierte a Moonlight en algo diferente a otra repetición más de una historia que el cine (y la literatura) ha contado miles de veces es su capacidad (la de su director) para acercarse al protagonista, un muchacho llamado Chiron, con la cámara empapada de un sustrato poético (desconozco si estaba ya en el texto dramático de partida) que aleja la película de los manidos recursos a tratar de abrumar al espectador mediante exhibiciones exageradas de aquello con lo que se quiere crear ambiente. No hacen falta planos explícitos de gente inyectándose para saber que Chiron vive en un barrio de Miami en el que todo el mundo se droga, tampoco hacen falta brutales palizas (hay únicamente una) con la pantalla chorreando sangre para conocer la violencia implícita que rodea a Chiron desde su primera aparición cuando, siendo niño, corre a esconderse mientras es perseguido por unos compañeros de clase. Y en cuanto al sexo, la turbación de Chiron, sus dudas, sus miedos, sus inseguridades y sus primeros escarceos son mostradas con una exquisita sutileza.

Con una estructura narrativa que evidencia su origen teatral, Moonlight está contada en tres actos a través de los cuales obtenemos tres instantáneas de tres momentos claves de la vida de Chiron: infancia, adolescencia y primera juventud. Tres actores diferentes, por tanto, interpretan al Chiron niño, adolescente y joven: Alex Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes; una fantástica composición con tres fragmentos del rostro de cada uno de ellos ilustra el cartel de esta película que obtuvo el Globo de Oro a mejor película dramática y en el momento de escribir estas líneas, tiene ocho nominaciones a los Óscar, cuatro a los BAFTA y ha sido incluida en el top ten de mejores películas del año por todos los círculos de críticos que se precien.

Consigo implicarme especialmente en el primer acto, cuando el tímido y retraído Chiron interpretado por ese niño de ojos enormes llamado Alex Hibbert, vive completamente a la deriva sin un padre del que nada se sabe y una madre sumergida en el submundo de la droga y cuyo personaje, a pesar de la notable interpretación de Naomie Harris, me parece el peor definido en el guion. Pero la fuerza de este primer acto radica quizá en dos personajes que, a pesar de su poco peso durante el resto del film, suponen sin lugar a dudas lo mejor de la película. Juan y Teresa, una pareja de cubanos afincados en Miami que supondrán el único refugio de Chiron. Juan, es un hombre sumido en abrumadoras contradicciones por el que su intérprete, Mahershala Ali ha sido nominado al Óscar a mejor actor de reparto, algunas de sus secuencias con el pequeño Chiron son, sin duda, lo mejor de la película y Teresa (gran descubrimiento el de la faceta de actriz de la cantante Janelle Monáe a la que ya vimos este mismo año en Figuras ocultas) es probablemente la única persona inequívocamente buena de todo el film y lamentablemente su personaje queda desaprovechado a lo largo de la historia.

El segundo acto, el del despertar sexual como corresponde a la tormentosa edad de la que se ocupa, alterna secuencias brillantes con otras que recorren el camino trillado por cientos de películas, el bullying en un instituto en el que no se ve ni a un alumno blanco, el matón arquetípico, la marginación en el comedor o el estallido de la violencia son tan previsibles como evidentes los deseos de Barry Jenkins de dejar su impronta en el modo de rodarlas, como si fueran un requisito indeseado e imprescindible para adentrarse en el tercer acto, en el que Jenkins vuelve de nuevo a la carga con el lirismo y sumerge a Chiron en una intimidad en la que se siente mucho más cómodo filmando. Mi problema como espectador es que la elipsis entre el segundo y tercer acto es enorme, me falta tanta información (admito que es innecesaria pero la echo de menos) que me cuesta entrar a comprender las razones por las que aquel adolescente al que dejamos atormentado se ha convertido en un remedo de Juan, el único referente de su infancia. Volvemos al punto de partida, la infancia nos determina.

Moonlight es, sin duda, una película brillante aunque como he dicho, más en sus formas que en el fondo de una historia poco original. A pesar de llevar la (simplista) etiqueta de ser una película “de negros” (ya saben la afición de los cinéfilos a poner etiquetas), no creo que el conflicto racial sea tan relevante en lo que vive su protagonista como su introspección, su gusto por la soledad, el ambiente marginal en el que crece y, especialmente, su inseguridad sexual.

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Moonlight’: A la luz de la luna los chicos negros parecen azules

  • el 28 febrero, 2017 a las 5:36 pm
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    Una película vital, divertida, como ya no se hacen los musicales… Emma Stone está grandiosa… Y la música de Hurwitz es memorable… (espera, que igual no estoy en la entrada correcta… ¿Warren?)

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