Crítica de ‘El hombre de las mil caras’: Cine de espías para retratar a la España del pelotazo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El hombre de las mil caras

 

No parece que sea fruto de la casualidad el hecho de que el mismo mes en que se estrena El hombre de las mil caras, un hombre como Francisco Paesa, que lleva viviendo en la sombra desde su muerte y resurrección hace doce años, aparezca de pronto en la portada de la revista Vanity Fair concediendo una exclusiva entrevista que ha negado durante décadas a todo cuanto periodista ha osado acercarse a él. A sus ochenta años, Paesa, uno de los personajes más enigmáticos y sombríos de la reciente historia de España, vive en París en un presunto anonimato, dedicándose, según cuenta en la citada entrevista, a no menos de veinte asuntos en los que se mezclan los negocios y la diplomacia internacional.

Sobre este ex agente secreto (entre otras muchas ocupaciones) y el ex Director General de la Guardia Civil Luis Roldán, Alberto Rodríguez dirige su séptimo largometraje en la más clásica tradición argumental y estética del cine de espías. Rodeado de los que ya parecen constituidos en su equipo habitual: Rafael Cobos como coguionista, Álex Catalán como director de fotografía y Julio de la Rosa a cargo de la banda sonora, Alberto Rodríguez completa un minucioso relato sobre uno de los más turbios episodios que salpicaron el final del gobierno de Felipe González

Basándose en el libro del periodista Manuel Cerdán “Paesa: el espía de las mil caras”, Rodríguez y Cobos escriben un didáctico guion en el que utilizan el inteligente recurso de crear un personaje ficticio, el piloto de avión Jesús Camoes (un brillante José Coronado) cuya voz en off conduce la narración evitando que el espectador se pierda en la maraña de nombres y antecedentes que salpican la historia de los citados Paesa y Roldán. Durante dos horas, el espectador asiste a la crónica cuasi-documental de cómo se fraguó la caída en desgracia del corrupto Roldán, su huida y su posterior detención/entrega al gobierno español en manos del “superministro” (así le llamaban) Juan Alberto Belloch (muy bien caracterizado e interpretado por Luis Callejo) que no sale muy bien parado del film. 
 
Eduard Fernández interpreta a Paesa con una efectiva sobriedad que le convierte en el antihéroe que toda película de espías que se precie debe tener. Por su trabajo en esta película recibió la Concha de Plata al mejor actor en el reciente Festival de San Sebastián y bien puede valerle su tercer Goya en clara disputa con Antonio de la Torre por Tarde para la ira, los dos mejores trabajos masculinos que llevo vistos en el cine patrio de lo que va de año. Curiosamente dos interpretaciones que se hacen valer desde la contención y la economía de gestos. Completa el triángulo protagonista un irreconocible Carlos Santos caracterizado con las ostentosas barba y calva de Luis Roldán. Entre los personajes femeninos, quizá un poco desdibujados, destaca una Marta Etura adentrándose en una madurez interpretativa muy prometedora. 
 
Tras el gran éxito de su anterior film La isla mínima, Alberto Rodríguez retrata sin hacer juicios de valor a esa España del pelotazo, de las comisiones, del saqueo de los fondos reservados, de la impunidad con la que los cargos públicos creían (y por lo que se ve siguen creyendo) poder disponer a su capricho de lo que está destinado al bien común. No hay discurso, no hay monsergas, no hay moralejas ni maniqueísmos, no trata de convencernos de que esto es un juego de buenos y malos, y en esa limpieza, en esa neutralidad, en ese soberano respeto a la inteligencia del espectador radica quizá el mayor mérito de un film notable al que quizá solo quepa achacarle cierto exceso de metraje.
 
No sé si tendremos que esperar veinte años para ver en pantalla la crónica de los acontecimientos que perturban la vida política y económica de España en estas dos primeras décadas del siglo XXI que tanto se parecen a las dos últimas del XX. Pero no invita más que al pesimismo pensar que no hemos aprendido nada, fuimos, somos y seremos gobernados por corruptos. Tal vez está en nuestro ADN, tal vez, como se dice en un momento del film, el problema de España sea que está llena de españoles. No lo quiero creer. Vivo y trabajo rodeado por buena gente, por gente honrada que cada mañana se levanta con la intención de trabajar y buenamente hacer las cosas lo mejor posible. ¿Se trata sencillamente de que no conozco a nadie que tenga poder, que tenga acceso a meter la mano en la caja de lo que es de todos? ¿o qué lo que está en el ADN de la gente honrada es precisamente la voluntad de huir del poder y evitar la ocasión?

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