Crítica de ‘La religiosa’: Un canto a la libertad para elegir nuestro destino

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La religiosa

No se me ocurren muchas formas de existencia que impliquen un mayor grado de renuncia a la vida terrenal que enclaustrarse en una institución religiosa y dedicarse a la oración viviendo en una comunidad aislada de la sociedad. Tomar una decisión así, requiere como mínimo de una buena dosis de fe y otra de ese concepto tan intangible como a menudo burdamente utilizado llamado vocación. Pero no creo que fe y vocación sean suficientes, hay un tercer ingrediente fundamental para que el hecho de ingresar en un convento sea respetable, y ese ingrediente es el libre albedrío de la persona que toma la decisión de hacerlo.

El escritor y filósofo francés Denis Diderot escribió hace casi dos siglos y medio “La Religiosa”, una novela que aunque escrita en 1780 no fue publicada hasta 1796 tras la muerte de su autor. En ella, Diderot ejerce una acerada denuncia contra la práctica, habitual en la época, de forzar a jovencitas a ingresar en conventos en contra de su voluntad, especialmente cuando sus familias no conseguían casarlas de forma “provechosa”. 
Llega ahora a la cartelera española con dos años de retraso el film La Religiosa dirigido en 2013 por Guillaume Nicloux, director que ya tiene dos películas posteriores estrenadas en Francia. La Religiosa supone una nueva adaptación al cine de la citada novela homónima de Diderot. Previamente, el cine ya se había ocupado de esta obra en 1966 de la mano de Jacques Rivette que, con Anna Karina (una de las actrices recurrentes de la Nouvelle Vague) como protagonista, había llevado a la pantalla la historia de la joven Suzanne Simonin, la menor de tres hermanas que es obligada a ingresar en un convento en contra de su voluntad. 
Aquí, en la película que nos ocupa, Suzanne Simonin es interpretada con gran talento por la joven actriz Pauline Etienne en un trabajo que le supuso una nominación al César a la mejor actriz revelación hace un par de años. Su dulce rostro transmite el sobrecogimiento que siente al entregar su vida a un destino que no desea, al sentir como ha de sacrificar para siempre su voluntad y, como se encargan de repetirle, no tener en su corazón otro amor que el de Jesucristo. 
Guillaume Nicloux (que junto a Jérôme Beaujour) coescribe el guion basado en la novela de Diderot, pone el acento en la dureza de las instituciones religiosas de la época al ejercer un obligado aislamiento de sus miembros del resto de la humanidad y como ese aislamiento supone una grave contradicción con el espíritu de lo que debería ser el cristianismo al conducir a la naturaleza humana a la degradación producida por la ociosidad, la falta de ocupaciones que no sea la propia oración y la abolición de los sentimientos y las sensaciones fisiológicas. 
La historia de la joven Suzanne es narrada a través de una especie de diario y de las cartas que ésta escribió a escondidas para pedir ayuda al mundo exterior y que alguien le ayudara a renunciar a sus votos. La fuerza del personaje radica en que Suzanne es profundamente creyente, el suyo no es un problema de falta de fe si no de vocación para vivir en un convento y Pauline Etienne apoya su interpretación en el ansia de libertad y en esa lucha por ser dueña de sus decisiones. Cuando una nueva e inhumana madre superiora descubre que escribe a escondidas, comienza el verdadero calvario para Suzanne, su aislamiento se verá multiplicado al ser confinada a una celda de castigo, ya no sólo no tendrá contacto con el mundo exterior, ni siquiera con sus compañeras, la humillación, la marginación y el sufrimiento psicológico son plasmados por la joven actriz con desgarradora sensibilidad. 
La película es narrada en ocasiones mediante la voz en off de Suzanne a través de la lectura que de su diario y de sus cartas hace un joven noble que las encuentra casualmente. El resto de la historia no debe ser contado, pero ocurren muchas más cosas en La Religiosa, incluido un cambio de convento que llevará a la aparición de una nueva madre superiora interpretada por Isabelle Huppert, que hace el mismo personaje de mujer atormentada y reprimida que tantas veces ha hecho en su carrera. 
A pesar de ser una película árida y seca, la narración fluye con ritmo gracias al buen hacer de su director y resulta un film propio de otra época, académico en su concepción y con un gran acabado formal que en su conjunto supone un hermoso canto a la libertad, una exaltación del libre albedrío que todos deberíamos tener para elegir nuestro destino y una denuncia a la religión mal entendida que tanto daño ha hecho a las genuinas creencias religiosas que uno puede (o no) tener en su interior.

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