viernes, mayo 24, 2024

Crítica de ‘El mal no existe’: Un viaje hipnótico por la belleza y el sentido de la vida

Las críticas de Laura Zurita:
El mal no existe

Takumi y su hija, Hana, viven en un pueblo cercano a Tokio. Su vida se verá profundamente afectada cuando descubren que cerca de su casa se va a construir un glamuroso camping para que los habitantes de la ciudad hagan escapadas cómodas a la naturaleza.

El mal no existe está escrita y dirigida por Ryûsuke Hamaguchi. En el reparto encontramos a Hitoshi Omika, Ryô Nishikawa, Ryûji Kosaka, Ayaka Shibutani, Hazuki Kikuchi, Hiroyuki Miura, Yoshinori Miyata, Taijirô Tamura y Yûto Torii. La película se estrena en España el 1 de mayo de 2024 de la mano de Caramel Films.

Crítica de ‘El mal no existe’: Un viaje hipnótico por la belleza y el sentido de la vida

Mirada contemplativa y reflexiva

Ryûsuke Hamaguchi es un director japonés que ya nos ha cautivado con su talento en sus obras más recientes, el estupendo doblete de La ruleta de la fortuna y la fantasía (2021) y Drive My Car (2021). Cinéfilo confeso, se declara un rendido admirador de Tarantino, Wong Kar-wai, la mini películas de teatro japonesas y sobre todo John Cassavetes.

El mal no existe, la última película del director, presenta una narrativa contemplativa y reflexiva que explora temas como la vida rural, la tradición, la modernización y la brecha entre lo urbano y lo rural. A través de una estética minimalista y un ritmo pausado, la película nos invita a sumergirnos en la vida cotidiana de Takumi, un hombre callado y trabajador que vive con su hija en un pequeño pueblo en las montañas de Japón. El mal no existe destaca por su belleza estética, su profundidad temática y su capacidad para generar reflexión en el espectador.

Uno de los aspectos más destacados de El mal no existe es su ritmo tranquilo y contemplativo. La cámara se detiene en los detalles de la vida cotidiana de Takumi, observando con detenimiento el proceso de cortar leña, y realizar otras tareas cotidianas. También vemos largos paseos a través del bosque, usando el recurso de la educación de la niña para introducirnos en las maravillas del bosque y sus habitantes. Los personajes aparecen a menudo a cierta distancia, encuadrados en la belleza del bosque, como una forma de expresar su deseo de vivir integrados en la naturaleza y en equilibrio con ella. Esta mirada atenta a lo mundano crea una atmósfera de paz y serenidad, invitando al espectador a reflexionar sobre la belleza de la simplicidad y la importancia del tiempo en la vida.

El mal no existe explora la tensión entre la tradición y la modernización, presentando un contraste entre la vida rural de Takumi y el mundo urbano que se presenta en la reunión sobre el nuevo proyecto. La brecha entre estas dos realidades se hace evidente en la forma en que los personajes se comportan y en las ideas que expresan. Los habitantes del pueblo, arraigados a sus tradiciones y costumbres, se sienten amenazados de un elemento disruptivo que puede afectar al mundo que han elegido y con ello el corazón de su vida. No se trata de pueblerinos ignorantes, sino de personas que han hecho una elección, que no quieren se les arrebate.

Un aspecto interesante de El mal no existe es la crítica que se hace a la actitud de los jóvenes consultores que participan en la reunión sobre el proyecto, y, por ende, de los responsables del mismo. Estos personajes, representantes del mundo urbano y de la modernización, se presentan como arrogantes y despegados de la realidad local. Responden con frases hechas y una actitud ideológica sobre la riqueza y el progreso, frente al sentido común de los habitantes del pueblo, que hablan de su realidad concreta.

Crítica de ‘El mal no existe’: Un viaje hipnótico por la belleza y el sentido de la vida

Intención autoral

El mal no existe tiene una vocación decididamente autoral. El comienzo, por ejemplo, nos lleva a un paseo interminable por la canopia del bosque, que está inspirado en el famoso e hipnótico comienzo de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961). El autor se recrea en el montaje lento, complejo y espiral, para superponer distintos significados. Con todo, el ejemplo más claro de esta intención autoral es la manera en la que termina El mal no existe. La película culmina en un final al tiempo abierto e intencionadamente hermético, dejando al espectador la tarea de interpretar su significado. La secuencia necesita ser descifrada utilizando claves que se nos han ido desgranando a lo largo de la película, añadiendo una capa de misterio y reflexión a la narrativa. De hecho, se antoja enigmático en demasía, y la necesidad de resolver el enigma se interpone al desarrollo de la emoción.

El diseño de sonido, que combina con sabiduría unos temas musicales que evocan los ritmos naturales con los silencios vibrantes e intensos, creando unas reacciones casi físicas en el espectador.

Las interpretaciones son intensas y calladas, reflejando el contexto cultural japonés en la que el objetivo son los intercambios educados y discretos entre las personas. En particular, Hitoshi Omika (Takumi) y la encantadora y jovencísima Ryô Nishikawa (Hana) nos regalan unas actuaciones llena de sensibilidad y ricas en matices,

El mal no existe es una película que nos invita a reflexionar sobre la belleza de la vida sencilla y la necesidad de respetar a los seres vivos y los distintos modos de vida. A través de una narrativa contemplativa y una estética minimalista, Ryûsuke Hamaguchi nos ofrece una mirada crítica a la modernización y a la brecha entre lo urbano y lo rural, invitándonos a cuestionar nuestros propios valores y prioridades.


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El mal no existe

7.2

Puntuación

7.2/10

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