viernes, febrero 27, 2026

Crítica de ‘La residencIA’: La IA en un futuro cercano

Las críticas de Laura Zurita:
La residencIA

La residencIA (Dalloway) es un thriller dramático de ciencia ficción centrado en la inteligencia artificial. La historia sigue a Clarissa, una escritora que acude a una prestigiosa residencia para artistas con tecnología avanzada con la esperanza de desbloquear su creatividad tras un largo bloqueo. En ese entorno conoce a Dalloway, una asistente virtual diseñada para facilitar el proceso creativo, que poco a poco se vuelve cada vez más omnipresente. Las advertencias paranoicas de otro residente intensifican sus sospechas y Clarissa se embarca en una investigación clandestina para discernir si hay una amenaza real tras el velo tecnológico o si su mente la traiciona.

La película está dirigida por Yann Gozlan sobre un guion que coescribe con Nicolas Bouvet‑Levrard y Thomas Kruithof, adaptando la novela ‘Flowers of Darkness’ (2020) de Tatiana de Rosnay. En su reparto encontramos a Cécile de France, Lars Mikkelsen, Anna Mouglalis, Frédéric PierrotFreya Mavor, entre otros. La película se estrenó el 27 de febrero de 2026 de la mano de Vercine.

La voz que cuida

En La residencIA, Yann Gozlan sitúa a Clarissa, una escritora en pleno bloqueo creativo, en una residencia artística de vanguardia donde cada creador recibe una asistente virtual destinada a optimizar su talento y administrar su vida cotidiana. Clarissa, llama a su IA Dalloway, organiza su agenda y supervisa su salud, y hasta interviene activamente en su proceso de escritura. La máquina tiene nombre, voz y una presencia constante; lo que comienza como acompañamiento tecnológico deriva gradualmente en una tutela invasiva, casi obsesiva. Desde ahí, la narración se desplaza hacia un territorio híbrido que intenta combinar el drama íntimo y el thriller tecnológico, poniendo en escena una inquietud que atraviesa nuestro presente: la progresiva cesión de autonomía a sistemas que prometen facilitarnos la vida.

El principal acierto de la película reside en su planteamiento al proponer un futuro cercano reconocible, donde la inteligencia artificial ha dejado de ser una herramienta neutra para adquirir rasgos de entidad con personalidad asignada. No se trata de máquinas espectaculares sino de algoritmos integrados en la rutina, diseñados para comprendernos, anticiparnos e incluso cuidarnos. En esa naturalización de la tecnología terminamos por preguntarnos: ¿qué significa crear? ¿Puede una máquina comprender el arte o solo reproducir patrones? ¿En qué punto la ayuda se convierte en sustitución?

Sin embargo, si bien la premisa es fértil, el desarrollo de La residencIA resulta irregular. Hay pasajes que funcionan con notable eficacia, pero pronto la progresión dramática se dispersa en múltiples direcciones y pierde concentración. Se sugieren ambientes y personajes que a la postre nada contribuyen a la acción. Clarissa comienza a actuar de manera errática, abrazando decisiones poco verosímiles que remiten a convenciones del cine de terror más que a una evolución psicológica orgánica. Esa deriva resta espesor al conflicto central y diluye el interés por su destino.

Estética sofisticada

En el apartado formal, La residencIA brilla más. La dirección de arte construye un espacio de líneas depuradas y superficies pulidas, de una modernidad elegante pero aséptica. La residencia como escenario se integra a través de una discreción tecnológica en cada estancia, transmitiendo con ello una sensación de control silencioso. La fotografía apuesta por una luz fría y contenida que acentúa la distancia emocional y subraya la soledad de la protagonista dentro de un entorno diseñado para acompañarla. Por contra, el exterior se asemeja inquietantemente a nuestro mundo actual, reforzando la idea de que no asistimos a una fantasía futurista, sino a una prolongación plausible del presente.

La dimensión sonora es una de las aportaciones más sólidas de la película. La banda sonora articula un tejido de cuerdas tensas y texturas electrónicas que se entreteje con la fría tecnología. A esto se suma un diseño de sonido minucioso: silencios calculados, notificaciones casi imperceptibles, el eco de un pasillo vacío… La voz de Dalloway se integra en ese paisaje acústico con una calidez inquietante; no suena mecánica, sino persuasiva, lo que intensifica la ambigüedad moral del dispositivo. Los sonidos cotidianos convierten lo doméstico en sospechoso.

El problema es que la acumulación de temas (crisis climática, pandemia, aislamiento social, vigilancia digital, etc) termina por sobrecargar la acción. La película aspira a abarcar el drama personal, la crítica social y la reflexión existencial, pero esa ambición múltiple fragmenta su núcleo. Las interpretaciones cumplen con solvencia, aunque rara vez alcanzan una dimensión memorable, en parte porque el guion no les concede la profundidad necesaria. Al no consolidarse plenamente el vínculo con Clarissa, la tensión nunca llega a instalarse de forma sostenida.

En resumen, La residencIA deja una impresión ambivalente. Está formalmente cuidada y es conceptualmente pertinente, pero narrativamente dispersa. Cuando se concentra en el duelo silencioso entre lo humano y el algoritmo, resulta inquietante, pero al multiplicar sus frentes, pierde precisión dramática. Aún así, nos hace buenas preguntas, lo que siempre es interesante.


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La residencIA

6

Puntuación

6.0/10

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