Las críticas de Laura Zurita:
El drama
Emma y Charlie son una pareja felizmente prometida que ve cómo la semana de su boda se desmorona después de que una revelación inesperada ponga a prueba todo lo que creían saber el uno del otro.
El drama está escrita y dirigida por Kristoffer Borgli. En el reparto encontramos a Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie y Hailey Gates, entre otros. La película está distribuida por Diamond Films, y se estrena en España el 29 de mayo de 2026.

Un juego con consecuencias
El drama empieza como una de esas historias de parejas jóvenes a las que la vida parece sonreírles. Son jóvenes, atractivos, tienen buenos trabajos, estabilidad económica y una vida cuidadosamente construida. Se quieren y van a casarse. Todo está preparado para el gran día, que la propia película define como “una representación en su misma esencia”: la boda entendida no solo como celebración, sino también como representación, como una puesta en escena social de la felicidad. La boda pende sobre los personajes, y esa circunstancia da una urgencia a la situación y a la película.
En medio del torbellino de preparativos, cenas elegantes y encuentros con amigos, comienza un juego aparentemente inocente que acabará teniendo consecuencias enormes. Y ahí empieza realmente la película.
A partir de ese momento van apareciendo cosas que estaban escondidas bajo la superficie, y los personajes van desplegando partes más o menos disimuladas de su personalidad. Entre los secundarios se despliega una gama de reacciones y respuestas. Uno de los personajes resulta profundamente intransigente, casi fanático; otro intenta negociar, suavizar, ser diplomático. Poco a poco entendemos que no estamos viendo solo una historia sobre un conflicto concreto, sino también sobre las grietas morales, emocionales y culturales que ya existían antes de que todo estallara. En los personajes se observan diferencias culturales muy marcadas. Confrontados a una situación difícil, reaccionan desde lugares profundamente determinados por el país en el que han crecido, por su educación y por la forma en que entienden el miedo, la culpa y la responsabilidad.
Lo interesante es que la película nunca simplifica a sus personajes, que están definidos con precisión. Son buenas personas, o al menos quieren verse así, pero debajo de esa imagen aparecen el resentimiento, el orgullo, el miedo y pequeñas formas de egoísmo cotidiano. Los protagonistas están admirablemente dibujados y llenos de capas. Cada conversación revela algo nuevo, y muchas veces lo más importante no es lo que dicen, sino lo que intentan ocultarse a sí mismos.
La película introduce algo especialmente interesante para un espectador europeo. En Estados Unidos las armas y su uso forman parte de una realidad tristemente cercana y relativamente frecuente. Eso condiciona inevitablemente la mirada moral de los personajes. Charlie es extranjero, tiene otro contexto, y muchas de sus reacciones nacen precisamente de ahí, de la extrañeza y el alejamiento. Pero también modifica la experiencia del espectador español o europeo, que probablemente contempla la situación desde una sensibilidad distinta. La película juega con ese desfase y obliga a preguntarse hasta qué punto nuestras convicciones morales dependen del lugar desde el que miramos el mundo.
Cada espectador vivirá El drama de manera distinta. Las conversaciones posteriores, las interpretaciones y hasta la simpatía hacia unos personajes u otros estarán profundamente definidas por el propio trasfondo emocional de quien la vea. Cuando hablamos de cine siempre hablamos también de nosotros mismos, y Kristoffer Borgli entiende muy bien esa idea. La película funciona casi como un espejo incómodo en el que las reacciones del público dicen tanto de la obra como de quien la observa.
Límite de la irritación
Kristoffer Borgli vuelve a demostrar aquí algunas de las virtudes y defectos que ya estaban presentes en Sick of Myself (2022) y en Dream Scenario (2023). Le fascinan las situaciones incómodas que empiezan siendo casi absurdas y terminan revelando algo muy cruel sobre las relaciones humanas. Introduce una premisa incómoda, la deja crecer lentamente y obliga al espectador a permanecer dentro de ella mucho más tiempo del que resulta confortable.
Durante un tramo da la sensación de que El drama casi se prolonga demasiado. Como en sus trabajos anteriores, Borgli se acerca peligrosamente al límite de la irritación. Pero aquí hay algo distinto: parece un director más maduro, más consciente del ritmo y de cuánto puede tensar la cuerda antes de romperla. Llega muy cerca del agotamiento emocional, pero esta vez sabe detenerse a tiempo. Y eso permite que el final de la película funcione especialmente bien. Es un cierre abierto, porque no conocemos realmente el destino último de la pareja, pero al mismo tiempo deja perfectamente definido el campo emocional en el que vivirán a partir de ahora.
Todo esto sucede dentro de una estética que podría pertenecer perfectamente a una comedia romántica sofisticada: apartamentos luminosos, cenas elegantes, ropa impecable y una Nueva York cálida y lujosa. Y precisamente ahí nace uno de los contrastes más interesantes de la película. Bajo esa superficie pulida y hermosa se desarrolla un auténtico infierno interior. Las decoraciones parecen de cuento contemporáneo mientras los personajes atraviesan tormentas emocionales cada vez más violentas.
La interpretación de Robert Pattinson y Zendaya resulta fundamental para que todo funcione en la película. Ambos transmiten sentimientos genuinos y una complicidad muy creíble. El amor entre ellos se siente real, y precisamente por eso el deterioro emocional resulta doloroso de observar. Cuando esa estructura empieza a resquebrajarse, el efecto es evidente porque sentimos que había algo verdadero sosteniéndola. Pattinson construye un personaje en el que el horror, el amor y la pena se convierten en un torbellino que amenaza con destruirlo por dentro. Zendaya, en cambio, aporta indefensión, miedo y una constante tensión entre sinceridad y autoprotección. Ambos atraviesan un desarrollo lleno de dureza, dudas y emociones contradictorias, y tanto ellos como el director saben aprovechar toda esa riqueza interpretativa para hacer de esta película algo memorable. Los actores secundarios los apoyan y acompañan de manera discreta e inteligente.
El drama es incómoda, cruel por momentos, y memorable por el conflicto que plantea, la pareja protagonista y la manera en que convierte una crisis íntima en algo reconocible sobre qué significa conocer a otra persona, el pasado y la responsabilidad.
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