AMFF 2026. Crítica de ‘Kokuho. El maestro del kabuki’: Disciplina y sacrificio

Las críticas de Daniel Farriol en el AMFF 2026:
Kokuho. El maestro del kabuki

Kokuho. El maestro del kabuki es una drama japonés que está dirigido por Lee Sang-il (Hula Girls, Rage), con guion de Satoko Okudera, adaptando la novela «Kohuko» de Shûichi Yoshida. Año 1964, Nagasaki. Kikuo Tachibana, un joven marcado por la violencia al ser hijo de un yakuza, es acogido por una familia de maestros del kabuki tras sufrir una violenta tragedia. Desde ese momento, su vida se transforma en un ejercicio de extrema disciplina y sacrificio para convertirse en el mejor actor de Onagata (intérprete de personajes femeninos) de la historia, compitiendo con el heredero legítimo de la familia.

Está protagonizada por Ryô Yoshizawa, Ryûsei Yokohama, Ken Watanabe, Mitsuki Takahata, Shinobu Terajima, Min Tanaka, Nana Mori, Ai Mikami, Masatoshi Nagase, Emma Miyazawa, Soya Kurokawa, Keitatsu Koshiyama, Kyûsaku Shimada y Takahiro Miura. La película se ha incluido a partir del 7 de agosto de 2026 como parte de la Sección Arts de la programación del Atlàntida Film Festival, de la mano del Filmin.

Un meticuloso acercamiento al teatro tradicional japonés

No es fácil adentrarse en el mundo de Kokuho. El maestro del kabuki sin un conocimiento previo de la cultura japonesa, pero el director Lee Sang-il logra impregnar su película de una épica dramática absorbente que te impide apartar la mirada. La palabra japonesa kokuho puede traducirse al español como «tesoro nacional», un título de honor que se otorga a aquellos maestros en las artes tradicionales japonesas que las dominan a la perfección. Por otro lado, la palabra kabuki se refiere a una forma de teatro japonés interpretado solo por hombres incluso en los roles femeninos, algo que se conoce como onnagata. Esos tres conceptos son básicos conocerlos antes para acercarse a la película.

La trama nos presenta a Kikuo, un joven actor onnagata que es hijo del líder de un clan yakuza. Tras contemplar el asesinato de su padre a manos de una banda rival, es acogido en su casa por Hanjiro Hanai (el siempre fantástico Ken Watanabe), un prestigioso actor de kabuki que descubre su talento emergente y decide convertirse en su maestro para que siga sus pasos. Kikuo deberá competir desde pequeño con Shunsuke, el hijo del actor, ya que ambos desean convertirse en el mejor onnagata de su generación, pero esa historia de rivalidad, disciplina y sacrificio, también esconde una bella historia de amistad y admiración mutua. 

Hombres interpretando roles femeninos

Kokuho. El maestro del kabuki tiene una duración de 174 minutos y se convirtió en la película japonesa de acción real más taquillera de la historia del país nipón logrando seducir a más de 14 millones de espectadores. También fue nominada al Oscar al mejor maquillaje y alcanzó otro récord en los Premios de la Academia de Cine de Japón al llevarse 10 estatuillas a casa. Todo un fenómeno social que al mundo occidental nos puede pillar un poco por sorpresa si solo nos quedamos admirando el exotismo de la propuesta o con la singularidad de ver a hombres «disfrazándose» de mujeres.

Y es que convertirse en onnagata implica muchas más cosas. Para empezar requiere de un entrenamiento diario estricto para dominar los movimientos, la danza o el falsete de la voz. Es un trabajo tremendamente exigente que demanda poner todos los sentidos para lograr una transformación completa encima del escenario, no es simplemente parecerse a una mujer cuando se actúa sino que se busca la representación del ideal de la feminidad en sí misma. Se podría comparar el entrenamiento para ser onnagata con el de las geishas que, pese haberlas considerado en muchos sectores simplemente como mujeres de compañía, en realidad, son mujeres cultas que deben dominar distintas artes tradicionales y recibir una formación constante para desempeñar su trabajo.

Exigencia y rivalidad

La película muestra de refilón el proceso de aprendizaje cuando Kikuo y Shunsuke son todavía unos niños, recibiendo los gritos y golpes de su maestro Hanjiro Hanai cuando no logran ejecutar un movimiento a la perfección. Dominar la técnica implica mucho sacrificio físico, adaptar los músculos a las posturas teatralizadas de las obras, y adoptar una feminidad que los actores no poseen en su vida cotidiana. Sin embargo, la película prefiere centrarse en las renuncias externas, en cómo la obligación a tiempo completo para convertirse en onnagata complica mantener relaciones sociales sanas.

Las casi 3 horas de película alternan lo que ocurre dentro y fuera del escenario. Las representaciones de obras clásicas de la tradición del teatro Kabuki como ‘La doncella garza’, ‘La doncella de la Glicinia’, ‘Los amantes suicidas de Sonezaki’ o ‘Dos leones’, se nutren de la relación cambiante entre los propios protagonistas y cobran un sentido alegórico mediante largas secuencias que nos permiten acercarnos a este arte milenario. Los que no conozcan previamente las obras no podrán captar todas las sutilezas en esa interacción entre realidad y ficción, pero en muchos momentos se enfatizan tanto que resultan evidentes para cualquier espectador. La dirección de arte, la fotografía, el vestuario y la música son apabullantes, te transportan a un estado mental cercano a los sueños, se trata de dejarse llevar.

De esa manera, Kokuho. El maestro del kabuki consigue que esos fragmentos de las representaciones no se vean como algo aislado del resto de la narrativa, son estampas vivas de la rivalidad, la pasión, el tormento y la complicidad de los dos personajes protagonistas, interpretados de manera convincente por unos espléndidos Ryô Yoshizawa y Ryûsei Yokohama que se prepararon durante 18 meses para sus respectivos papeles.

La creación de un mito

En la parte negativa podemos comentar que la película tiende al exceso y lo melodramático, y que los personajes femeninos son relegados a un plano meramente funcional. Ambas cosas son perdonables si asumimos la propia naturaleza del teatro kabuki que centra el relato, ya que las obras suelen ser dramas operísticos, repletos de excesos lacrimógenos, donde las mujeres no tienen espacio (su presencia en las obras fue prohibida a principios del siglo XVII y sigue así hasta hoy). De todas formas, cualquier espectador que decida ver la película habrá asumido estos aspectos inherentes a la propia idiosincrasia de la cultura tradicional nipona.

Además de la precisión en las excelentes recreaciones escénicas del teatro kabuki, la película brilla en la representación histórica del país durante 50 años y en sus dolorosas apreciaciones sobre la amistad y el arte. Los dos protagonistas se debaten constantemente entre talento y herencia, con sus vidas fluctuando de manera alterna entre el éxito y el fracaso con un equilibrio desigual donde el destino parece ponerlos a prueba para destruir su vínculo. Se aman, se traicionan, se odian, se admiran y se necesitan. Pero encima del escenario son perfectos. Es la búsqueda de esa perfección artística la que Lee Sang-il describe como la excelencia que obliga a renunciar a una vida más allá de las tablas, convertirse en «tesoro nacional» implica no ser nada más, la persona deja de existir para transformarse en mito. Parecido al sacrificio final en una obra kabuki.

Kokuho. El maestro del kabuki es una obra monumental, apasionante y transformadora, pero también exigente y finalmente agotadora para los que no sentimos una fascinación total hacia el kabuki, eso sí, la experiencia merece mucho la pena y te mete el gusanillo.


¿Qué te ha parecido la película ‘Kohuko. El maestro del kabuki’?

Kokuho. El maestro del kabuki

7.6

Puntuación

7.6/10

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