Las críticas de Daniel Farriol:
Mother Mary
Mother Mary es un drama psicológico británico que está escrito y dirigido por David Lowery (A Ghost Story, El caballero verde). La intensa relación entre la cantante de pop Mary y Sam, una antigua amiga suya, diseñadora de moda, que se vuelven a reunir tras la necesidad de la primera de un vestido para su nueva gira de conciertos.
Está protagonizada por Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, Kaia Gerber, Atheena Frizzell y Jessica Brown. La película se ha estrenado en España el día 31 de julio de 2026 de la mano de Elástica Films, aunque tuvo su preestreno unos días antes dentro de la programación del Atlántida Film Festival.

Dos mujeres frente a frente
El cineasta David Lowery posee una de las voces autorales más personales del cine reciente y, sin embargo, cada uno de sus proyectos es completamente distinto a los anteriores como atestiguan sus incursiones en el noir criminal de Ain’t Them Bodies Saints (2013), el existencialismo sobrenatural de A Ghost Story (2017) o la fantasía medieval de El caballero verde (2021), por citar solo tres de sus películas más redondas. Su cine suele ser poético y abstracto, pero a menudo intercala esas películas con otras producciones mucho más comerciales y de carácter familiar que realiza para Walt Disney Pictures. Esa extraña dualidad le permite sorprender con cada nuevo trabajo, algo que también sucede con su última obra, la compleja y a ratos fascinante, Mother Mary.
En esta ocasión, Lowery afronta un drama psicológico que parece teatralizado a la vieja usanza que abraza inesperadamente lo fantástico y el terror. Por eso podríamos dividir la película en dos partes diferenciadas que poseen una concepción formal casi antagónica. La primera mitad nos narra el tortuoso reencuentro entre Mary (Anne Hathaway), una cantante de éxito, y Sam (Michaela Coel), una prestigiosa diseñadora de moda. Ambas habían colaborado estrechamente en el inicio de la carrera musical de la primera, pero su amistad se truncó cuando sus caminos artísticos se separaron. Del amor al odio hay un paso.

La metáfora del vestido color sangre
Mother Mary nos explica su relación a través de un puesta en escena austera que nos remite a los juegos de espejos del cine de Bergman o a los diálogos de subtexto incandescente de Virginia Woolf. Lowery se toma su tiempo en la descripción de los personajes, dejando siempre espacio para el misterio con huecos que será el propio espectador quien deberá cumplimentar. Mary y Sam se enfrentan dialécticamente en un combate de reproches, miedos y arrepentimientos, donde es la segunda la que golpea con más fuerza, desde el resentimiento de sentirse abandonada.
La trama parece estancarse en ese reencuentro infinito donde el mundo exterior deja de importar, pero contemplar a esas dos mujeres despojadas de cualquier vestimenta social, es al mismo tiempo doloroso y tremendamente bello. Se respira clasicismo en las imágenes por esa apuesta teatral que hace el director en una película que nada a contracorriente, desafiando a estos tiempos urgentes a través del diálogo, los silencios y las miradas que cargan el peso del pasado. Esta es una historia de amor y reconciliación.
En un momento dado, casi sin avisar, la película pasa de la sobriedad escénica al delirio fantástico, de tono pretencioso y místico, aunque también visualmente deslumbrante. Lo hace atravesada por una historia de fantasmas que se transforma en una metáfora sobre el mito japonés del unmei no akai ito, es decir, la conexión emocional entre dos personas simbolizada por un hilo rojo. Aquí es un vestido rojo a modo de espectro dickensiano que a los más cinéfilos les hará recordar con una sonrisa en los labios la película In Fabric (Peter Strickland, 2018).

La catarsis del perdón
En esta segunda mitad, Lowery despliega un arriesgado imaginario fantasmagórico que logra sortear el ridículo para rozar lo sublime. Si el espectador logra conectar en la primera mitad con el padecimiento interior de los personajes es posible que acepte el viaje nigromántico posterior, pero si los personajes no te importan lo suficiente, será complicado que mentalmente encuentres un sentido elegíaco a esta deriva argumental casi metafísica.
La propuesta del director es ambiciosa y radical, gran parte de su seducción radica en lo atmosférico (visual y sonoro) más que en la propia trama, lo que puede conllevar a opiniones muy dispares a la salida del cine según sea la implicación emocional que haya tenido cada espectador durante el proceso de tensión y catarsis. En mi caso, las sensaciones son contradictorias y, aunque en general me interesa su solemnidad estética, sí que me hubiera gustado profundizar más en algunos de los temas que se ponen sobre la mesa.
Mother Mary muestra el martirio de la protagonista en busca del perdón de su vieja amiga, de ahí la estética religiosa del vestuario. Anne Hathaway brilla en el reflejo corporal de su angustia existencial (atención a la desgarradora escena del baile sin música), pero también cuando se muestra como una diva de la música sobre los escenarios (ella misma interpreta las canciones). Las secuencias de los conciertos tienen una espectacular puesta en escena, pero esa parte más videoclipera me interesa menos. Mother Mary es una obra insólita, excesiva e irregular, pero su capacidad de riesgo y su fascinante envoltorio visual la hacen merecedora de nuestra atención.

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