Crítica de ‘La silla’: Impotencia en la casa

Las críticas de Laura Zurita:
La silla

Daniel Lonces es un joven escritor de novelas de misterio que ha conseguido todo lo que deseaba en la vida, (bueno casi todo). Ha alcanzado lo que siempre ha soñado: es popular, le requieren con frecuencia en los medios de comunicación, está casado con una mujer que le quiere, tiene un precioso niño pequeño y se dedica a lo que le gusta, ¿qué más puede pedir?

Por supuesto, esta idílica (o quizá no tanto) existencia se verá inesperadamente truncada. Un día, realizando una pequeña prueba para una de sus novelas quedará accidentalmente atado a una silla sin posibilidad de soltarse. Poco a poco la situación se complicará de forma imprevisible y Daniel tendrá que luchar contra las circunstancias, en inferioridad de condiciones, para salvar su vida y la de los seres que ama. Una situación que progresivamente va adquiriendo tintes dramáticos, en una espiral de intriga, dolor y tensión.

La silla está escrita y dirigida por Ángel de la Cruz. En el reparto encontramos a Jaime Lorente, Christina Ochoa, Eva Rufo, Rodrigo Poisón, Alba de la Fuente, Estíbaliz Veiga, Santiago Molero, Marcelo Carvajal, Marta Fuenar y Pedro Martell, entre otros. La película está distribuida en España por AF Pictures.

La sillaHorror en una casa normal

Muchas películas de terror necesitan monstruos, fantasmas o conspiraciones imposibles para generar angustia. La silla apuesta por algo mucho más sencillo y quizá por eso más inquietante: el horror que puede surgir dentro de una casa normal, durante un día cualquiera, a partir de un accidente absurdo. No hay aquí fuerzas sobrenaturales ni asesinos omnipotentes. El enemigo principal es la vulnerabilidad humana y la fragilidad de una vida cotidiana que puede romperse en cuestión de segundos.

Daniel Lonces, un exitoso escritor de novelas de misterio, parece haber alcanzado la vida perfecta. Tiene reconocimiento público, una carrera deseada, una esposa que le quiere y un hijo pequeño. Todo aquello que muchos consideran éxito. Pero la película deja claro desde el principio que esa aparente estabilidad tiene algo frágil, incluso artificial. Basta una pequeña decisión aparentemente inocente —dejarse atar a una silla como parte de una prueba para una novela— para que todo se derrumbe.

Lo interesante es que la película construye el terror desde un universo completamente reconocible. La acción transcurre en una casa bonita pero corriente, durante el sofocante puente de julio madrileño, sin artificios espectaculares ni grandes mecanismos externos de amenaza. Daniel toma esa decisión en un ambiente de confianza, junto a su esposa, y precisamente ahí reside parte de la inquietud: cualquiera podría verse atrapado por una concatenación absurda de errores y casualidades.

A partir de ese momento, la película entra en una espiral de tensión cada vez más incómoda. El personaje queda reducido a una situación de absoluta indefensión mientras el tiempo avanza y las posibilidades de escapar se agotan. El hijo pequeño de la pareja, todavía incapaz de hablar o comprender plenamente lo que ocurre, se convierte además en un elemento angustioso constante. Su presencia incrementa el estrés del espectador porque intuimos el peligro sin que él pueda hacer nada para ayudar. La película juega muy bien con esa sensación de impotencia prolongada, obligándonos a contemplar cómo pequeños problemas cotidianos se transforman en amenazas enormes.

Dura lo justo

Durante una parte del metraje, La silla consigue algo difícil: mantener una tensión física y psicológica sostenida a partir de una premisa extremadamente limitada. El director entiende que el verdadero motor del relato no son los giros espectaculares, sino la ansiedad progresiva. Los intentos fallidos y el paso del tiempo añadido aumentan una sensación de malestar que termina impregnando toda la película.

También se agradece cierta lucidez narrativa. La historia sabe que su premisa tiene un recorrido concreto y evita alargarse innecesariamente cuando la situación empieza a agotarse. En tiempos donde muchos thrillers sobreviven a base de giros interminables y finales inflados, resulta refrescante encontrar una película que comprende cuál es exactamente su fuerza y cuándo debe terminar.

Ahora bien, el guion tiene sus fallos. Hay varios elementos excesivamente convenientes para que la trama continúe funcionando. El personaje de la madre de un niño fallecido aparece de forma algo forzada y con motivaciones difíciles de sostener, casi exclusivamente porque la historia necesita que esté ahí. Su salida de la película también desafía bastante la lógica. Del mismo modo, una amante despechada sobrevuela el relato tomando decisiones muy cuestionables, mientras que ciertos fallos tecnológicos ocurren exactamente en el peor momento posible. Son mecanismos claramente diseñados para incrementar la tensión, y llevar a un final que deja asimismo algún hilo suelto.

Sin embargo, La silla logra que esas costuras importen menos de lo habitual porque, llegado cierto punto, el espectador ya está completamente atrapado en la angustia de la situación. La lógica deja de ser lo principal; lo importante es la sensación física de desesperación que transmite la puesta en escena.

Jaime Lorente está en el centro de la película, desde un punto de vista físico (él y la silla dominan casi todo el metraje) pero también interpretativo. El actor consigue transmitir agotamiento, miedo, rabia y vulnerabilidad sin apenas margen de movimiento, en un trabajo especialmente exigente que probablemente figura entre los más sólidos de su carrera hasta la fecha. Su interpretación evita caer en el histrionismo excesivo y mantiene siempre una humanidad reconocible.

La silla no es una película perfecta, pero sí una propuesta con personalidad. Tiene buenas ideas, entiende muy bien cómo generar incomodidad psicológica y, sobre todo, sabe no excederse. Su terror nace de algo muy simple: la conciencia de que el mundo cotidiano puede volverse amenazante sin necesidad de monstruos.


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La silla

5.3

Puntuación

5.3/10

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