Las críticas de Laura Zurita:
Narciso
Paraguay, 1958. Bajo el régimen militar asfixiante del general Alfredo Stroessner, el carismático y misterioso Narciso Arévalos regresa de Buenos Aires con el rock and roll en las venas. Su programa de radio se convierte en una sensación musical y en un símbolo de libertad para la juventud paraguaya, hasta que aparece muerto en la cima de su carrera. Inspirada en el asesinato real del locutor Bernardo Aranda en 1959, la película reconstruye el clima de vigilancia, silencio y represión de los años más duros de la dictadura.
Dirección, guion, producción y montaje: Marcelo Martinessi, basada en la novela homónima de Guido Rodríguez Alcalá. Reparto: Diro Romero (Narciso Arévalos), Manuel Cuenca (Lulú), Mona Martínez (Elvira), Margarita Irún, Arturo Fleitas, Nahuel Pérez Biscayart. Estreno: 2 de octubre de 2026, de la mano de BTeam Pictures.

Un país donde nadie es feliz
Narciso es la historia de un joven paraguayo que vuelve de Buenos Aires con el rock and roll metido en las venas, y que se convierte en una sensación radiofónica justo cuando la dictadura de Stroessner empieza a apretar. El personaje de Narciso está inspirado en Bernardo Aranda, un locutor real que apareció asesinado en su cama en circunstancias muy extrañas, un caso que el gobierno nunca mostró ningún interés en resolver. Narciso empieza con su propio desenlace, una estructura circular que no deja dudas de su vocación dramática: Narciso Arévalo muere una noche, en un punto dulce de su carrera, en un crimen que nunca fue resuelto. La película no investiga el crimen: simplemente nos lo entrega de frente, sin darnos la resolución que el propio régimen nunca quiso dar.
La película presenta un momento concreto en la vida de Paraguay en el que empiezan a soplar los tiempos del cambio. Al principio, la radio (que funciona como metáfora de la sociedad entera ) vibra con la alegría de la música tradicional. Y de pronto aparece el rock and roll, que suena a futuro, a un mundo lejano, a aires de posibilidad y libertad. En la calle se nos anuncia que llega el Rubio a la escena política, el que sabemos que va a ahogar el país en la dictadura más larga de Hispanoamérica, y durante Narciso vemos cómo esa planta nace y germina a pesar de que sabemos que será agostada. Es lo propio de las buenas películas históricas: conocemos el final, y aun así están llenas de tensión.
Mientras Paraguay se ve cada vez más controlado por el Rubio, como llaman a Stroessner sin nombrarlo nunca directamente, hay entre la juventud un ansia de escuchar música moderna que funciona como una manifestación de libertad. Narciso es asimismo un personaje sexualmente flexible en una sociedad donde no hay lugar para erotismos alternativos. Es un hombre que vive a contracorriente en un Paraguay donde la moral oficial rechaza todo lo que es Narciso, sus identidades tanto musical como sexual.
Al tiempo que esto sucede, en Narciso vemos una historia de amor, un amor extraño y apasionado, escondido y sufriente, que se expresa como dolor y violencia. De alguna forma, todo parece doler en este retrato de un país en el que no parece posible ser feliz.

Tensiones escondidas y reprimidas
Narciso es muy oscura, con una coloración turbia que refleja el propio mundo que dibuja: tensiones escondidas y reprimidas, violencia física y estructural. Tiene, además, una fuerte vocación de retrato social, fuertemente impregnada de expresionismo: las figuras aparecen a menudo descoyuntadas, como si el propio encuadre reflejara la tensión en la que viven. Esa oscuridad se traslada también a la fotografía: raramente vemos brillar la luz del sol, y al mismo tiempo se experimenta con la belleza turbia de los cuerpos, con la luz sobre los cuerpos humanos, sugiriendo en ocasiones un cierto eco de sadomasoquismo y de los círculos del infierno.
Los momentos más brillantes de Narciso son los homenajes a la radio clásica: los locutores están orgullosos de su oficio y su magnífica dicción, y sus voces rotundas y melodiosas crean mundos propios. El contraste entre esos profesionales y el propio Narciso, un chavalillo que no se ha formado para esto, es claro, y crea una cierto desconcierto en la radio, que se pueda triunfar de esta manera fácil y ligera. Es magnífico el radioteatro que emiten, que nos remite a momentos gloriosos de la radiofonía: dentro de la propia emisora se representa una adaptación de Drácula, con actores y efectos, y el solo hecho de ver las entrañas de esa grabación ya impresiona. De alguna manera, el horror de esa ficción radiofónica convive con el horror de la dictadura, creando una situación espantosamente bella.
La música, el centro del triunfo de Narciso, está presente en todo momento, alternando entre la música tradicional paraguaya, el rock and roll de los sesenta y el terrible silencio de los momentos que no necesitan subrayados.
En Narciso habita todo un enjambre de personajes, cada uno con su historia y su voz, historias que conviven creando más una maraña de significados que una narración lineal. Es una película coral en la que cada actor llena de vida a su personaje: desde Lulú (Manuel Cuenca, la imagen misma del anhelo) que le da trabajo a Narciso y que parece vivir anclado en el pasado, hasta esos compañeros de trabajo que lo ven todo y no dicen nada. La española Mona Martínez vibra de soledad en el papel de Elvira, que vive una pasión sin esperanza disfrazada de cinismo.
Narciso llegó avalada por el Premio FIPRESCI a la Mejor Película de la Sección Panorama de la Berlinale 2026, y buena parte de la crítica especializada ha alabado a Martinessi, que vuelve con fuerza ocho años después del éxito de Las herederas.
En resumen, Narciso es una película bella y oscura a partes iguales, que convierte un crimen real jamás esclarecido en un retrato más amplio de la represión, el deseo y la libertad asfixiada bajo una dictadura. Su fuerza está en su capacidad de sugerencia, en una estructura coral que se construye como una maraña de voces antes que como una línea recta, y en una fotografía que hace de la oscuridad su propio lenguaje. Un drama rabioso y desesperado, que hace algo hermoso mirando lo que no se puede nombrar.
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