Centenario Alain Resnais: Crítica de ‘La vida es una novela‘ (1983)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
La vida es una novela

Son principalmente dos las circunstancias que llaman la atención al acercarse al noveno largometraje de Alain Resnais, La vida es una novela. En primer lugar su flamante reparto que incluye a estrellas internacionales como Vittorio Gassman, Geraldine Chaplin, el cantante de ópera Ruggero Raimondi o la aparición, por primera vez en una película de Resnais, de un cuarteto de intérpretes que se convertirán a partir de aquí en presencias habituales en muchas de sus películas posteriores: Fanny Ardant, André Dussolier, Pierre Arditi (que ya había tenido un pequeño papel en Mi tío de América) y Sabine Azéma que, además, acabará convirtiéndose años después en la segunda esposa de Alain Resnais.

Por otra parte, La vida es una novela es la segunda película consecutiva de Resnais tras Mi tío de América con el mismo guionista, Jean Gruault, con quien haría una tercera tan solo un año después: El amor ha muerto. Esto es algo insólito en Resnais quien, en lugar de guionistas, prefería contar con escritores profesionales diferentes para sus películas, si bien había repetido, de forma discontinua, con Jean Cayrol en Noche y niebla y en Muriel y con el escritor español Jorge Semprún en La guerra ha terminado y Stavisky.

Estas dos circunstancias que podrían pasar por anecdóticas o como meros apuntes de preproducción no son tales si se estudian en el conjunto de la filmografía de Resnais en la que se marca, a principio de los ochenta del pasado siglo y precisamente con estas tres películas, un cambio (si no brusco, sí sustancial) en un cine que, sin perder muchas de sus señas de identidad estilísticas, sus preocupaciones temáticas o su espíritu experimentador con las formas del lenguaje cinematográfico se haría, a partir de aquí, más accesible al gran público al aligerar las complejidades que el montaje confería a obras como El año pasado en Marienbad o Te amo, te amo por citar solo un par de ejemplos.

¿Significa esto que La vida es una novela sea una película convencional de fácil comprensión para el gran público? No. Radicalmente no. Su disposición argumental en tres niveles narrativos diferentes situados en tres momentos temporales diferentes y de los cuales dos se sitúan en el plano de la realidad y uno en el de la imaginación de unos chiquillos basta para comprender que no estamos ante un film ni convencional ni acomodaticio a formas clásicas del lenguaje cinematográfico. Pero, aun así, el aire desenfadado de al menos dos de los niveles narrativos y el primer acercamiento de Resnais al género musical hacen que La vida es una novela tenga una digestión más ligera para el espectador medio que muchas de las películas previas de su director.

Como se ha anticipado, La vida es una novela es, en realidad, tres películas en una. Por un lado nos situamos entre 1914 y 1919 (es decir, desde poco antes del inicio hasta poco después del final de la Primera Guerra Mundial), un rico aristócrata de nombre Forbek (Ruggero Raimondi) reúne a sus amigos en una explanada para contarles que planea construir un conjunto de edificaciones con la pretensión de que se conviertan en un templo de la felicidad. Cinco años después, tras la guerra, les reúne de nuevo en una de las edificaciones del inacabado proyecto para celebrar una fiesta de inauguración. Forbek ya no es el hombre feliz y seguro de sí mismo que conocimos en la secuencia inicial, sigue enamorado de Livia (Fanny Ardant) que, en lugar de atender a su requerimiento de matrimonio, se casó con Raoul (André Dussolier). Forbek parece seguir empeñado en conseguir su sueño de la felicidad universal y para ello hace ingerir a todos sus invitados un bebedizo somnífero que les borrará la memoria y los devolverá al estado mental que tenían de recién nacidos. En realidad, es difícil saber si su objetivo sigue siendo hacer feliz a todo el mundo o vengarse de la traición de Livia.

En un segundo nivel narrativo nos encontramos en el año 1982 (un tiempo contemporáneo al del rodaje de la película), la mansión de Forbek se ha reconvertido ahora en el Instituto Holberg, un centro educativo para críos donde hacen lo que quieren y “pagan mucho para aprender poco”. Allí, durante las vacaciones, se dan cita una serie de educadores de supuesto prestigio, llegados de diferentes lugares de Europa, para celebrar una especie de congreso sobre la educación de la imaginación. Entre ellos están Walter Guarini (Vittorio Gassman), Nora Winkle (Geraldine Chaplin), Robert Dufresne (Pierre Arditi), Claudine Obertin (Martine Kelly) y Elisabeth Rousseau (Sabine Azéma). El congreso, que no es más que una colección de ideas descabelladas acerca de la educación de los niños y que bien podría ser una crítica (de Gruault y Resnais) a todas las teorías pedagógicas que nos han conducido al desastre de los sistemas educativos actuales, pronto deja de ser lo más importante y, fundamentalmente a través de estos cinco personajes, se convierte en una comedia con tintes musicales y enredos amorosos al modo de algunas de las comedias de Shakespeare en las que unos personajes intrigan para que otros se enamoren y desenamoren entre sí.

Por último, en un tercer nivel narrativo mucho menos elaborado argumentalmente y básicamente realizado mediante planos estáticos, se nos sitúa en una ambientación medieval, con estética de cómic a base de decorados que parecen de cartón piedra, y que no son más que el producto de la imaginación de los niños que pasan las vacaciones en el instituto. Estas ensoñaciones, vinculadas con «El príncipe valiente» y otros cuentos infantiles, no suponen un gran aporte a la coherencia interna del film aunque, en cierto modo, sirven para cerrarlo.

Resnais insistió en diferenciar los dos principales espacios temporales a través del tratamiento de la imagen, para lo cual el director de fotografía Bruno Nuytten (que cinco años después debutaría como director de cine con la excepcional La pasión de Camille Claudel) utilizó dos tipos de película diferente, más saturada y contrastada para el periodo más antiguo y más tenue y plana para el momento contemporáneo.

Ni que decir tiene que los tres niveles del relato no se suceden uno al otro, sino que, en virtud del montaje, se presentan intercalados haciendo que La vida es una novela en su conjunto sea una película desconcertante. La trama argumental ambientada en 1919 no acaba de rematar con ninguna conclusión y parece conformarse con la observación de los personajes, fundamentalmente del cada vez más enajenado Forbek. El arco argumental contemporáneo es, sin embargo, notablemente más festivo; las interpretaciones son mucho más desenfadadas y aunque todos parecen tomarse muy en serio a sí mismos, Gruault y Resnais se divierten jugando con sus personajes: Pierre Ardite es un clown, Sabine Azéma una ingenua adorable, Geraldine Chaplin una casamentera y Vittorio Gassman un seductor de manual. Con estos intérpretes, dos o tres canciones y varios momentos corales, todo cuanto acontece en el presente resulta un amable anticipo de lo que serán, pocos años después, algunas de las celebradas películas musicales de Resnais.


La vida es una novela está actualmente disponible en la plataforma Mubi. En España fue editada por el sello Vella Visión en un DVD con una buena calidad de imagen y sonido (para tratarse de un DVD de hace más de quince años). Actualmente está descatalogada pero puede encontrarse en alguna página web de coleccionistas y ventas de segunda mano.

La vida es una novela

7.5

Puntuación

7.5/10

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