Crítica de ‘El hombre perfecto’: Entre la comedia romántica y la ciencia ficción

Las críticas de José F. Pérez Pertejo:
El hombre perfecto

Hace décadas, uno podía aventurarse a asegurar que una película como El hombre perfecto era pura ciencia ficción y que lo que en ella se plantea no va a ocurrir nunca. Hoy en día, tras la transformación social de los últimos veinte años fruto de la progresiva digitalización de absolutamente todo y de la invasión de la inteligencia artificial a terrenos de la vida que parecían impensables más allá de la mente de algún escritor de género fantástico, no me atrevo a dudar de que haya algo que no sea posible.

Y es precisamente ese carácter de posibilidad verosímil (en el plazo temporal que cada uno quiera poner) lo que hace que la nueva película de la directora alemana María Schrader no se quede en la amable comedia romántica que parece ser y se rebele como un film trascendente que, además de divertirnos, puede llevarnos a inquietantes reflexiones.

El punto de partida argumental es sencillo, Alma (Maren Eggert) es una mujer sin pareja ni hijos que, sobrepasados los cuarenta, vive volcada en su trabajo como investigadora en el Museo de Pérgamo de Berlín donde lidera un estudio sobre los orígenes de la escritura humana en las tablillas cuneiformes de las culturas mesopotámicas. Con el incentivo de recibir un importante presupuesto para sus investigaciones, Alma recibe la propuesta de participar en un curioso proyecto científico: durante tres semanas deberá convivir con un robot humanoide que ha sido diseñado, inteligencia artificial mediante, para ser su pareja ideal: el hombre que le haga feliz.

Es así como de repente aparece en su vida Tom (Dan Stevens), un tipo que a su incuestionable atractivo físico suma toda una serie de cualidades que, desde presupuestos teóricos basados en la estadística podrían hacer feliz a cualquier mujer  (existen humanoides femeninos diseñados exactamente con los mismos presupuestos teóricos para hacer felices a hombres, que no se altere nadie).

En ese planteamiento de la inteligencia artificial como catalizador de la felicidad artificial (pero ¿felicidad al fin y al cabo?) es donde radica la base de todo el meollo ideológico del film. El primer obstáculo que ha de vencer Tom (y el proyecto en sí) es el escepticismo de Alma que la lleva a situarse, aunque sea por pura cabezonería, en contra de todo lo que se le plantee. Es ahí cuando entran en juego todos los mecanismos de la comedia romántica para hacer avanzar la trama de una forma que, aunque caiga en algunos de los clichés del género, resulta tan divertida como cinematográficamente eficaz. No es pertinente hablar de ninguna secuencia concreta pero hay varias que pueden llevarnos a la carcajada.

Y ese puede ser uno de los hándicaps del film, que su agradable visionado lleve a algunos espectadores a pensar que están viendo un mero producto de entretenimiento y desatiendan todos los planteamientos ideológicos que trascienden lo argumental para poner en cuestión temas tan intemporales como si debería ser aceptable la felicidad a cualquier precio o generada de cualquier manera, incluida la artificial.

¿Puede una persona inteligente, con ambiciones intelectuales y afectivas que superen la mera satisfacción del deseo (no me refiero únicamente al sexual, pero también) ser feliz con alguien diseñado artificialmente para complacer cada pequeño momento vital? ¿Con alguien programado para ofrecer soluciones (inmediatas y eficaces) a cada problema por cotidiano que sea, para anticiparse a las apetencias, para prepararnos siempre el desayuno perfecto, el baño perfecto o disponer en nuestras vidas el orden perfecto de las cosas? ¿Alguien físicamente atractivo que además haya sido programado para compartir afinidades culturales, deportivas, ideológicas o del tipo que sean y esté siempre dispuesto a conversar sobre aquello que nos apetece? ¿Podrían ser felices con alguien así? ¿Inquietante? Pues plantéenselo.

María Schrader dirige con buen ritmo y se mueve como pez en el agua por el género sin caer en los edulcoramientos hollywoodienses que repugnan a determinado tipo de espectador y encantan a otro. No son ajenos al excelente funcionamiento del film sus dos intérpretes protagonistas, el cada vez más versátil Dan Stevens (las primeras nociones que tengo de él se remontan a la serie Downton Abbey) y la actriz alemana Maren Eggert cuyo fantástico trabajo fue galardonado con el Oso de Plata a la mejor interpretación en el más reciente Festival de Berlín.

Tuve ocasión de ver la película en la pasada edición de la SEMINCI de Valladolid. En aquel momento escribí que me parecía probable que la película tuviera una buena distribución y fuera estrenada en salas comerciales. Me equivoqué. Y me revienta equivocarme (no por la equivocación, que también) porque eso significa que los distribuidores nuevamente han despreciado un producto CINEMATOGRÁFICO y nos lo han largado para que lo veamos en la tele. Estoy harto de estos continuos desprecios al CINE, estoy harto de plataformas y estos nuevos métodos de apreciar el séptimo arte que los modernos llaman «de consumo audiovisual». He leído recientemente que alguna de estas plataformas que atentan contra el cine tiene problemas económicos. Lo celebro. Por mí se pueden ir todas a freír espárragos. Perdónenme el desahogo. O no me lo perdonen, me trae sin cuidado.

Estamos ante una película muy fácilmente recomendable a casi todo tipo de públicos pues, a pesar de todo el meollo ideológico que tan sólo hemos apuntado, es francamente divertida y muy agradable de ver. Así que, véanla, aunque sea en la puñetera tele.

El hombre perfecto

8

Puntuación

8.0/10

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