Crítica de ‘Bajo las estrellas de París’: Sobredosis de ternurismo y buenas intenciones

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Bajo las estrellas de París
 

Las buenas intenciones no bastan para hacer una buena película. En Bajo las estrellas de París se le ven de lejos las buenas intenciones a su director (y coguionista) Claus Drexel pero ese es, acaso, su principal problema. Su permanente empeño en construir lo que ya existe para subrayar lo obvio. Tras sus dos últimos largometrajes documentales, Drexel se adentra en el terreno de la ficción para contar una historia que se beneficiaría precisamente de un mayor tono documental y de un menor afán por la puesta en escena y la búsqueda constante del plano estético.

Esta historia, a priori conmovedora, sobre el vínculo entre una vagabunda parisina y un niño extranjero, inmigrante, solo y desconocedor del idioma, acaba resultando fallida por su exceso de barniz sobre la sordidez en la que se desarrolla el argumento. Drexel pasa de puntillas por la auténtica desolación de los dos dramas que quiere retratar, el de la mendicidad de una parisina que, intuimos, ha tenido un pasado mejor y el de la inmigración irregular y su complejo encaje en esta Europa del bienestar de la que, algunos, se sienten tan orgullosos.

Drexel filma en uno de los mejores platós cinematográficos del mundo, la ciudad de París, y lo hace durante gran parte del film valiéndose de las luces del amanecer y del anochecer. En este escenario presenta a sus dos personajes, Christine (Catherine Frot), una mujer huraña que vive aparentemente conforme con su soledad y resignada a su miseria cuya rutinaria existencia se ve interrumpida por la aparición de Suli (Mahamadou Yaffa), un niño perdido en la gran ciudad que busca refugio bajo alguno de los puentes del Sena. Catherine Frot (Dos mujeres), una magnífica actriz que habitualmente me suele encantar, realiza una interpretación tan teatral y tan alejada del naturalismo que no consigo creerme en ningún momento y el niño, Mahamadou Yaffa, con cuya historia resulta imposible no empatizar a menos que no se tenga corazón, tampoco tiene el encanto de otros niños “de película” cuya mirada llena el plano por sí misma.

El vínculo entre los dos personajes se establece demasiado rápido y de una forma no justificada por un guion que continuamente subraya de una manera machacona la indiferencia de la gran ciudad y el grado de invisibilidad de estos seres humanos a los que la sociedad se empeña en no ver. Y no digo que no sea así, sino que el cine nos lo ha contado muchas veces con más sutileza, con más autenticidad y con menos maniqueísmo. Drexel hace que todo sea demasiado evidente y ofrece la película ya masticada para que la digestión de un tema tan duro resulte más fácil. Entre el tremendismo de algunas películas y la edulcoración de Bajo las estrellas de París ha de existir, a buen seguro, un término medio en el que el espectador pueda sentirse libre de pensar por sí mismo.

Súmenle algunas ensoñaciones, ciertas veleidades estéticas (como las imágenes del caleidoscopio) y algunos toques de leve comicidad que no terminan de funcionar y nos encontraremos próximos a un final que, aparte de previsible, acaba resultando grotesco en su paroxismo de subrayados, de ternurismo facilón y de impúdica búsqueda de la lágrima fácil. Las pretensiones poéticas de su plano final se diluyen en un conjunto del que lo que más se agradece es su brevedad: apenas 85 minutos.


¿Qué te ha parecido la película?

 

Bajo las estrellas de París

4

Puntuación

4.0/10

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