Atlàntida Film Fest 2020: Crítica de ‘Pink Wall’: Amor y desamor en seis actos

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en el Atlàntida Film Fest 2020: 
Pink Wall
 

Al final es una cuestión de fe. Uno puede creer en las medias naranjas, en las almas gemelas o en los amores inquebrantables que lo soportan todo. Y como es una cuestión de fe, no seré yo quien trate de convencer a nadie de en qué puede o no creer, pero el cine y la literatura, tal vez no en ese orden, nos han metido en la cabeza desde la infancia determinados arquetipos sentimentales de los que, tarde o temprano, uno debe liberarse. Las relaciones afectivas entre dos personas (no sólo de pareja, ocurre lo mismo con los amigos, con los hermanos, con los padres o con los hijos) están sometidas a la zozobra que provocan las tormentas vitales y ¡ay de quien nunca sufra una!

El (hasta ahora) actor Tom Cullen escribe un guion para lanzarse a dirigir su primer largometraje en el que desmenuza una relación de pareja en seis escenas, seis momentos vitales que suceden en cada uno de los seis años de la relación entre Jenna (Tatiana Maslany) y Leon (Jay Duplass), una productora con una importante dosis de ambición profesional y un asistente de fotografía que no termina de dar el paso para establecerse por su cuenta.

Ambos se conocen, se atraen, se divierten y, a partir de ahí, comienzan a compartir su vida hasta que llega la crisis. Pero Cullen no se detiene demasiado ni en el encantamiento inicial ni en estancamiento final. Es el “mientras tanto” lo que ocupa la mayor parte del metraje, las instantáneas de cada año en las que posa su cámara para explorar a los dos personajes, sus interacciones entre ellos y los demás y como se van estableciendo las diferentes dinámicas de dominio que, de una forma u otra, determinan sus afectos y desafectos.

Cullen subvierte el orden narrativo temporal y ofrece las secuencias desordenadas, comenzamos en una comida familiar en el cuarto año de relación para pasar a continuación a contemplar cómo se conocieron. Un momento del quinto año de pareja, luego otra conversación durante su tercer año, una cena de amigos durante el segundo año y finalmente, la última secuencia, que será la única que se atenga al orden cronológico para que los espectadores coloquen todas las piezas del puzle.

Tanto el guion como la dirección abordan la historia con un sobrio equilibrio entre crudeza e intimismo. Cullen expone a sus personajes sin red ante los conflictos vitales. Ni los juzga ni los justifica. Y tanto Maslany como Duplass entran al juego con un soberbio derroche de autenticidad, sin miedo a los riesgos interpretativos, asumiendo cada momento como parte de unas vidas que han hecho suyas. Son ellos los que se miran continuamente el ombligo, son ellos los que tratan de justificar su mediocridad, los que se encuentran y desencuentran en mitad de sus estupideces y sus genialidades, los que se debaten entre la generosidad y el egoísmo.

Realizada con formas y maneras del cine indie americano a pesar de tratarse de una producción británica dirigida por un galés, Pink Wall encuentra su mayor valor en la pareja protagonista y sus excelentes interpretaciones para esta prometedora ópera prima a la que el único pero que cabe poner es una mayor dosis de profundidad en algunas de las conversaciones, fundamentalmente aquellas en las que intervienen otros personajes, en las que bajo una apariencia transgresora se dan visiones demasiado arquetípicas de la masculinidad y la feminidad o clichés sobre la paternidad/maternidad que están ya demasiado gastados.

 


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